Furgón de cola

Por Redacción

Para sorpresa de nadie, en opinión de las consultoras internacionales más prestigiosas la Argentina perdió competitividad en el curso de los años finales de la gestión del presidente Carlos Menem. Según una, el Institute for Management Development (IMD) que acaba de difundir un informe sobre el tema, de los 47 países estudiados, la Argentina figuraba en 1999 en el lugar número 33 luego de haber ocupado el número 30 el año anterior y el 28, por encima de Italia, en 1997. No es que aquí se hayan producido grandes cambios negativos en el período así supuesto, es que muchos otros países, entre ellos Italia, España y Chile, lo aprovecharon plenamente para mejorar su desempeño. Sin embargo, mientras los europeos se disciplinaban a fin de preparar sus respectivos países para la moneda común, el euro, desafío que los obligó a reducir sus déficit y modernizar su legislación, el presidente Menem y sus colaboradores subordinaron virtualmente todo a la «re-reelección», maniobra que los llevó a pactar con los caciques de la CGT y grupos empresarios cortesanos, lo cual, huelga decirlo, no contribuyó en absoluto a hacer de la Argentina un país más competitivo.

Para muchos políticos y, obvio es decirlo, intelectuales y líderes religiosos, la idea misma de la competitividad tanto dentro del país como en el plano internacional es mala porque, insisten, hay otros valores muchísimo más importantes, de ahí las connotaciones un tanto siniestras que atribuyen a palabras como «eficiencia». Creen que los distintos países deberían cooperar los unos con los otros en lugar de competir, y señalan que la «globalización» – por que es de ésta que se trata -, está ampliando la brecha que separa a los acomodados de los pobres. En principio tienen razón, pero por desgracia ningún país puede darse el lujo de negarse a participar en la especie de carrera que se ha desatado a menos que esté dispuesto a pagar un precio sumamente alto por el privilegio. Además, no se puede llegar a cierto punto para entonces resistirse a avanzar un sólo centímetro más: por ser cuestión de un proceso dinámico, los países que no resulten capaces de evolucionar al mismo ritmo que otros no tardarán en verse marginados. En efecto, de aplicarse las pautas de los años ochenta a la Argentina actual, los más la considerarían un país sumamente competitivo, pero, claro está, ya estamos en el siglo XXI y los cambios de hace poco, como los supuestos por las privatizaciones y la estabilización de la moneda a raíz de la puesta en marcha del plan de convertibilidad, no impresionan a nadie.

De todos modos, el que a partir de 1997 el gobierno menemista haya actuado como si creyera haber terminado sus tareas y por lo tanto tuviera derecho a descansar un poco, no se debió a dudas filosóficas o metafísicas similares a aquellas que, según parece preocupan a ciertos obispos y dirigentes progresistas contrarios al «economicismo», actitud que, desde luego, no les impide quejarse por los resultados a su juicio magros de las medidas impulsadas por quienes no comparten sus escrúpulos. Lo mismo que la obsesión «re-reelecionista» y la falta de interés por combatir la corrupción sistemática, fue una consecuencia de la incapacidad de los líderes del movimiento gobernante para entender los cambios que sería necesario llevar a cabo para que el país se adaptara a las nuevas exigencias planteadas por la «globalización». Conforme al IMD, si bien las reformas realizadas durante el primer período de Menem, cuando fue frenada la inflación y se hizo un esfuerzo notable por atraer a los inversores extranjeros, arrojaron frutos duraderos, otros factores, entre ellos la evasión fiscal, la corrupción, la labor de los parlamentarios y el desprecio generalizado por la ciencia y la educación, han sido más que suficientes para neutralizar los beneficios así conseguidos. Desafortunadamente, es mucho más fácil eliminar la inflación de lo que es concretar una suerte de revolución ética, pero a menos que los honestos encuentren la forma de derrotar a los ladrones la posibilidad de que la Argentina logre figurar entre los países más competitivos del mundo seguirá siendo muy pero muy escasa.