El sabor de la memoria: La historia de la heladería que marcó a generaciones en Viedma
Gelati Napoli abrió su puertas en 1976. Luego de 30 años, cerró su local. Actualmente, renovados, deleitan con sus sabores artesanales a turistas y locales en Las Grutas.
Hay sabores que funcionan como un disparador. No llegan solos: traen una vereda, una espera corta, una mano adulta señalando la vitrina. En Viedma, durante más de tres décadas, ese ritual cotidiano tuvo un nombre propio: Gelati Napoli. No fue solo una heladería. Fue un punto de encuentro. Un lugar donde la ciudad hacía una pausa y el tiempo parecía acomodarse alrededor de un cucurucho.
La historia empieza lejos de Río Negro, pero se arraiga definitivamente acá. Nora lo cuenta con una calma que solo dan los años y el trabajo hecho. La idea fue de Néstor Sixto, su marido, cuando todavía eran novios. Él vendía materias primas para heladerías, conocía el oficio desde adentro y supo leer, antes que muchos, que había espacio para un helado distinto.

El 5 de enero de 1976, Gelati Napoli abrió sus puertas por primera vez, en un local frente al hospital. Era otra época y otra forma de trabajar. La fábrica funcionaba dentro del mismo local: una fabricadora, una mesada, pocos elementos y muchas horas. Todo se hacía ahí. Todo se aprendía haciendo.
Horario que cambió el pulso
En aquellos años, las heladerías abrían de tarde y cerraban temprano. Gelati Napoli rompió esa lógica: abría desde las diez de la mañana hasta pasada la medianoche. La respuesta fue inmediata. Filas. Números. Gente esperando. Una escena que muchos todavía recuerdan. No era solo el horario: era el helado. Artesanal, hecho en el día, con una base sólida y espacio para crear. Dulce de leche inolvidable. Arroz con leche. Mate cocido. Sabores que hoy parecen habituales y que en 1976 eran una rareza. Néstor era creativo, inquieto, curioso. De los que no repetían fórmulas por comodidad.

Crecer con la ciudad
El crecimiento llegó rápido, pero nunca fue sencillo. La fábrica se trasladó a la zona de 25 de Mayo y Boulevard Contín. Incluso la construcción fue parte del entramado social: la losa del techo la realizaron estudiantes de una escuela de oficios, una forma de abaratar costos y, al mismo tiempo, de construir junto a otros.
Con el tiempo llegaron más locales, más empleados, más responsabilidades. En su etapa de mayor expansión, Gelati Napoli llegó a tener entre 70 y 80 personas trabajando, entre fábrica y puntos de venta. Viedma y Las Grutas, dos ritmos distintos, dos exigencias diferentes.

En la costa, la temporada era intensa. Todos los días parecían sábado. La logística era permanente. El teléfono sonaba a cualquier hora. “Vivías corriendo”, resume Nora y en esa frase entra una forma de vida entera.
El helado vuelve al mar
Después de la pandemia, la historia encontró una continuidad inesperada. Alejandra, la hija, decidió retomar el legado familiar y volver al oficio desde otro lugar. La nueva Gelati Napoli abrió en Las Grutas, donde el helado dialoga con el verano, el mar y el paseo nocturno.

Hubo que empezar de nuevo. Equipamiento nuevo. Recetas afinadas. Una mirada contemporánea. Pero la base —esa que se construyó en los setenta— sigue intacta. Hoy los sabores hablan de este tiempo: frutos del bosque patagónicos, pistacho, chocolate Dubai, lemon pie con receta propia, tiramisú. Helado artesanal, hecho en el día, fresco. “El helado tiene que estar vivo”, dice Nora. “Esponjoso, no un bloque duro”.
Lo que queda
Lo más fuerte no está en la vitrina. Está en lo que despierta. En la gente que se detiene a contar una escena mínima de su infancia. En el recuerdo de una salida familiar. En una ciudad que todavía se reconoce en ese sabor.
Gelati Napoli fue —y sigue siendo— más que una heladería. Fue parte del paisaje afectivo de Viedma durante más de tres décadas. Un lugar donde el frío dulce ordenó la memoria colectiva. Y eso, aunque pasen los años, no se derrite.

Hay escenas que Nora recuerda con una precisión que no es visual sino sensorial. El sonido metálico de la cuchara al hundirse en la batea. El vapor frío al abrir una heladera. El gesto concentrado de quien prueba todos los días, aun cuando el cuerpo ya pide otra cosa. Porque el helado, para ella, nunca fue solo un producto: fue un oficio que se aprende con el paladar atento y con el tiempo encima.
También hay anécdotas mínimas, casi domésticas, que sobreviven al paso de los años. Clientes que volvían siempre por el mismo gusto. Chicos que crecieron y regresaron con sus propios hijos. Gente que se detenía más de la cuenta, no por el helado, sino por la conversación. Gelati Napoli funcionó así: como un lugar donde no hacía falta apurarse demasiado.

Tal vez por eso, cuando hoy alguien menciona ese nombre, no habla solo de sabores. Habla de una ciudad más chica, de veredas compartidas, de encuentros repetidos. De un tiempo en el que ir a tomar un helado era también una forma de estar. Y en esa persistencia —en ese recuerdo que vuelve sin pedir permiso— Gelati Napoli sigue existiendo, más allá de los locales y las fechas, como una marca indeleble en la memoria colectiva de Viedma.
Sostener en un país inestable
Sostener fue, muchas veces, más complejo que crecer. Pasaron los años difíciles, las crisis económicas, los noventa, el 2001. Hubo momentos de enorme tensión, decisiones límite, pero una prioridad que nunca se negoció: cumplir con la gente que trabajaba.
Tras la muerte de Néstor, en 1990, Nora continuó al frente del proyecto durante muchos años. El cansancio se fue acumulando. La exigencia no aflojaba. Y llegó el momento de decidir. Gelati Napoli cerró sus puertas alrededor de 2007, después de más de 30 años de historia. No fue un final abrupto, sino el cierre de una etapa.
Hay sabores que funcionan como un disparador. No llegan solos: traen una vereda, una espera corta, una mano adulta señalando la vitrina. En Viedma, durante más de tres décadas, ese ritual cotidiano tuvo un nombre propio: Gelati Napoli. No fue solo una heladería. Fue un punto de encuentro. Un lugar donde la ciudad hacía una pausa y el tiempo parecía acomodarse alrededor de un cucurucho.
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