Guerra de monedas

La idea de una canasta de monedas reivindica la política argentina de conservar independencia.



Las monedas no sólo sirven para comprar y vender bienes o servicios. También llevan una carga emotiva que es muy débil en el caso de algunas, como la lira italiana, la peseta española y, de más está decirlo, el peso argentino, pero poderosa en el de otras como el marco alemán, la libra esterlina y el dólar estadounidense. Por eso, el debate en torno de la conveniencia de dolarizar por un lado o de respaldar la convertibilidad, con una canasta de monedas en la cual el euro cumpliría un papel muy importante, tiene connotaciones que exceden las meramente económicas. Cuando el presidente Carlos Menem, hombre que no pretende ser un experto en lo que es un tema sumamente complejo, insiste en la presunta necesidad de dolarizar por completo la economía nacional, está pensando en algo más que la estabilidad financiera futura. Lo que se propone es la virtual integración de la Argentina al "imperio norteamericano" so pretexto de que dicho destino es de todos modos inevitable y que por lo tanto deberíamos abrazarlo. Asimismo, la razón por la cual en el curso de su visita relámpago a España el ministro de Economía, Domingo Cavallo, aseguró al jefe del Gobierno, José María Aznar, que en un par de años la Argentina podría emprender lo que calificó de un "proceso de euroización" mediante la inclusión del euro en una canasta de monedas tuvo mucho que ver con su deseo de congraciarse con su anfitrión y, a través de él, con los demás europeos.

En cierta manera, la variante propuesta por el "superministro" equivale a la reivindicación de la política tradicional argentina de intentar conservar la independencia asumiendo una posición equidistante entre las grandes potencias de turno, con la diferencia de que en la actualidad se trata de dos democracias cabales, los Estados Unidos y la Unión Europea, no de una alianza democrática que se enfrente con una nación totalitaria de aspiraciones expansionistas. Asimismo, descarta la alternativa siempre fantasiosa representada por el Mercosur aunque, a fin de mantener tranquilos a los brasileños, ha dicho que el real podría tener el honor de ser incorporado a la hipotética canasta. Tal actitud refleja la confianza que Cavallo dice sentir en las perspectivas frente al país y contrasta llamativamente con el pesimismo de quienes afirman que al país no le queda otra "solución" que la de integrarse plenamente a alguno que otro bloque, sea éste el estadounidense o el brasileño.

Aunque es imposible prever qué ocurrirá en el futuro, por ahora cuando menos no existen motivos genuinos para creer que la independencia -la cual dista de ser sinónimo de aislamiento- sea un concepto anacrónico en una edad dominada por gigantes. Países mucho más pequeños que la Argentina, entre ellos Suiza y Noruega, para no hablar de Singapur e Islandia, país cuyos 270.000 habitantes constituiría una minoría en algunas municipalidades bonaerenses, han prosperado sin formar parte de ningún bloque económico internacional. Si bien es factible que andando el tiempo estos países se sientan obligados a adherir ya a la Unión Europea, ya, en el caso de Singapur, a una entidad supranacional asiática que aún no ha sido planteada, también lo es que puedan seguir disfrutando de su autonomía muchas décadas, acaso siglos, más.

La depresión anímica que ha pesado sobre la Argentina desde hace algunos años se ha manifestado no sólo en la economía sino también en la evolución de la política, en la cultura y en el deseo de muchos de emigrar. Otro síntoma del mismo mal ha consistido en la fascinación que tantos parecen sentir por esquemas salvadores que, en el fondo, implicarían la transformación de la Argentina en una provincia de una suerte de superestado regida desde Washington o desde Brasilia. Puesto que Cavallo está convencido de que en la raíz de la crisis argentina que perpleja tanto a los políticos y pensadores locales como a los observadores extranjeros está la pérdida de confianza en la capacidad propia para solucionar los muchos problemas que nos ha dejado un siglo signado por la insensatez populista, es lógico que sus propuestas se hayan basado en su resistencia instintiva a aceptar los planteos de los dolarizadores vinculados con el ex presidente Menem o los mercosuristas del ala alfonsinista de la Unión Cívica Radical.


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