Guerra en el aire

Que el acto terrorista más grave de todos los tiempos haya desatado paranoia es natural, pero es de esperar frialdad en las reacciones.

Por Redacción

Las víctimas mortales y sus deudos aparte, en los países occidentales quienes más han sentido las secuelas inmediatas de los atentados sanguinarios contra las Torres Gemelas neoyorquinas y el Pentágono han sido las empresas aeronáuticas y sus clientes. En los días que siguieron a la atrocidad, la cantidad de pasajeros se redujo drásticamente no sólo en Estados Unidos sino también en muchos otros países, lo cual ha obligado a las grandes compañías aéreas a revisar sus planes y a comenzar a despedir a miles de empleados. Además de Swissair, que ya fue obligada a suspender sus operaciones, otras empresas podrían caer en bancarrota a causa de una reacción que podría calificarse de irracional, porque es poco probable que los autores de los atentados intenten llevar a cabo otros ataques similares, pero que es comprensible. Por limitado que sea el peligro de que un pasajero suicida procure convertir un avión en un arma devastadora, el que algunos ya lo hayan hecho es más que suficiente como para sembrar miedo.

Además de tener que acostumbrarse a medidas de seguridad más severas, acaso comparables con las que ya eran habituales en Israel, los pasajeros habrán de convivir con la posibilidad sin duda remota de que el avión en que viajen sea derribado por haberse desviado de la ruta programada. Esta alternativa drástica ya fue aprobada en principio para su propio país por el presidente norteamericano George W. Bush cuando autorizó a dos generales a tomar la decisión correspondiente si creen que es una cuestión de impedir un desastre en gran escala. Si bien es de suponer que su intención era propagandística, la orden sirvió para alarmar aún más a los muchos que ya estaban preocupados por lo que podría ocurrirles una vez en el aire. También ha estimulado a los gobernantes de otras naciones a pensar en iniciativas idénticas, lo cual naturalmente ha inquietado a los que quizás confiarían en el buen sentido de sus propios compatriotas pero que no tienen motivos para sentirse seguros de que otros compartan su respeto por la vida humana.

En nuestro país, una variante de la medida tomada por Bush está siendo impulsada por el Ministerio de Defensa. Aunque sus motivos tienen más que ver con la lucha contra el narcotráfico y el contrabando que con el peligro de un ataque aéreo terrorista contra una ciudad argentina, la catástrofe del 11 de setiembre ha renovado el interés por el tema de muchos funcionarios y legisladores. Con todo, si bien es evidente que la idea de poder derribar sin miramientos aquellos aviones que se aparten de las rutas normales atrae a algunos, los jefes de la Fuerza Aérea han dejado saber que en su opinión introducir legislación en tal sentido sería negativo no sólo por el riesgo de que se produzcan errores mortales, sino también porque al caer un avión podría perderse mucha evidencia valiosa. Como señalan, mientras que la Armada puede detener a un buque luego de intimidar a la tripulación con algunos disparos de advertencia sin matar a nadie, a la Fuerza Aérea no le es dado emularla. Se trata de una actitud que es mucho más realista que la asumida por los halcones.

Que el acto terrorista más espectacular de todos los tiempos haya desatado cierta paranoia en el mundo entero es natural, pero es de esperar que las reacciones concretas se caractericen por la frialdad. Puesto que cuando del tráfico aéreo se trata el objetivo principal es impedir que un pasajero pueda tomar el control de un avión, la mejor defensa consistirá en imposibilitar el acceso a la cabina del piloto y, en efecto, en Estados Unidos y Europa están invirtiéndose grandes sumas en blindarlas. Asimismo, la presencia de agentes de seguridad armados y cámaras de video contribuirían a disuadir a secuestradores en potencia. Son medidas que sin duda resultarán más eficaces que la supuesta por la amenaza de derribar a cualquier avión considerado sospechoso aunque, claro está, por ser de naturaleza defensiva carecerán de la contundencia de la orden de Bush que, si bien ha puesto nerviosos a muchos pasajeros, difícilmente impresionaría a terroristas suicidas que podrían encontrar irresistible la oportunidad para protagonizar lo que de todos modos sería una catástrofe impactante.