Guerra nada limpia
De imponerse en EE. UU. el "todo vale" en la lucha contra un enemigo despiadado, el Estado mismo no tardará en comportarse como una banda terrorista.
Cuando el presidente norteamericano George W. Bush afirmó que quería a Osama Ben Laden «vivo o muerto», no sólo subrayaba con un toque folclórico su condición de tejano adoptivo, sino que también señalaba que en la «guerra contra el terrorismo» su país no respetaría las reglas propias de épocas de paz o de conflictos convencionales. Y, en efecto, hace poco se reveló que poco después de los atentados del 11 de setiembre Bush había ordenado a la CIA matar a Ben Laden,»cueste lo que cueste», haciendo caso omiso de los límites que los norteamericanos se habían autoimpuesto cuando confiaban más en la capacidad de sus servicios de seguridad para desbaratar con medios menos expeditivos a cualquier organización terrorista antes de que perpetrara atrocidades en gran escala en territorio estadounidense. Además, en Estados Unidos ya se han comenzado a debatir las reglas que deberían acatarse durante los interrogatorios de sospechosos: por ahora cuando menos, no hay muchos que estén dispuestos a ir mucho más allá del uso de ciertas drogas, admitiendo lo que según las definiciones habituales es la tortura, aunque algunos sí han planteado la conveniencia de exportar, por decirlo así, a los más peligrosos a países menos escrupulosos como Arabia Saudita para que les saquen información que pudiera salvar a inocentes.
Si bien pocos creerán que los policías y otros agentes de seguridad de Estados Unidos siempre han respetado al pie de la letra las leyes escritas -al fin y al cabo, es notoria la brutalidad que impera en las superpobladas cárceles y en ciertas unidades policiales-, el que tal código de conducta exista y que sectores influyentes insistan en tomarlo muy en serio constituyen barreras contra la barbarie que es necesario defender. La experiencia argentina en este sentido es paradigmática. De imponerse el principio de que todo vale en la lucha contra un enemigo despiadado, el Estado mismo no tardará en comportarse como una banda terrorista más, lo cual sin duda le reportaría algunas ventajas operativas pero lo haría a un costo político y social desastrosamente elevado aun cuando el enemigo no sea «interno», como era el caso aquí, sino mayormente externo como en aquel de los «fundamentalistas islámicos». No es fácil distinguir entre un terrorista por un lado y un presunto simpatizante por el otro, y en ciertas circunstancias puede resultar irresistible la tentación de ampliar la ofensiva hasta abarcar a sectores enteros de la población, a menos que los líderes políticos frenen a los resueltos a hacerlo.
En última instancia, los cambios que se produzcan en Estados Unidos y por lo tanto en el resto del mundo a raíz de la matanza de miles de personas a manos de fanáticos suicidas dependerá de las dimensiones que alcance el peligro. Cuanto mayor sea la amenaza planteada por el terrorismo «de alcance internacional» -es decir, de origen islamista- y más salvajes los ataques cometidos en nombre de lo que para algunos es una guerra santa, más nocivas serán las consecuencias legales y éticas porque, como es natural, la ciudadanía sentirá que no habrá otra alternativa que la de subordinar cada vez más a su propia seguridad. Así las cosas, tal vez lo peor que podría ocurrir sería que los gobiernos occidentales encabezados por el estadounidense se cansen demasiado pronto de perseguir a organizaciones apenas identificadas que todavía no han traducido sus planes asesinos en acciones concretas, conformándose con castigar de manera espectacular a ciertos terroristas «emblemáticos» como Ben Laden. De mantenerse el conflicto en un nivel de baja intensidad, la ciudadanía se acostumbraría a que no se tratara de un período de emergencia, sino de una lucha permanente en la que los encargados de enfrentar a los terroristas no tengan que reconocer límite alguno. En cambio, una campaña realmente decidida pero de duración limitada contra todas las agrupaciones terroristas y los gobiernos que les den protección, ofrecería por lo menos la posibilidad de restaurar la vigencia incuestionada de las libertades públicas y el pleno respeto por los valores civilizados, aun cuando, como suele suceder, en ocasiones éstos sean aprovechados por quienes los desprecian.