Guerreros comerciales

Por Redacción

Tendrá razón la Cancillería cuando critica, con la vehemencia que ya le es habitual, a Estados Unidos y a la Unión Europea por sus prácticas proteccionistas, pero es poco probable que las quejas en tal sentido que los funcionarios acaban de formular sirvan para que los países desarrollados dejen de demandar a la Argentina ante la Organización Mundial de Comercio. Aunque a través de los años el proteccionismo agrícola europeo, impulsado principalmente por los gobiernos sucesivos de Francia, nos ha causado un sinfín de dificultades, el virtual bloqueo de las importaciones ordenado por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, ha violado tantas reglas que es escasa la posibilidad de que los árbitros de la OMC fallen a favor de la postura asumida por el gobierno nacional. Según los especialistas en la materia, si no fuera por la cantidad extraordinaria de medidas tomadas por Rusia, la Argentina sería el país más proteccionista del mundo. Si bien no ha sido muy importante el impacto en el comercio internacional del intento del gobierno kirchnerista de impedir el ingreso de productos, e incluso insumos, foráneos, los norteamericanos, europeos y japoneses temen que haga escuela el ejemplo así brindado, lo que agravaría todavía más la crisis económica que, como señaló la Cancillería, tiene su epicentro en los países más ricos pero que amenaza con frenar el crecimiento de China y la India. De todos modos, la Argentina no está en condiciones de librar una guerra comercial contra el resto del planeta que, por cierto, no se limitaría al intercambio de bienes. En un mundo cada vez más interconectado, intentar “vivir de lo nuestro” supondría perpetuar la pobreza de más de la mitad de la población. Por lo demás, por razones pragmáticas, es riesgoso dejarse tentar por la noción de que siempre es necesario reaccionar frente al proteccionismo ajeno erigiendo barreras defensivas con miras a perjudicar a socios considerados desleales, ya que, con frecuencia, las represalias de tal tipo resultarán contraproducentes, provocando más daños a nuestra economía que a cualquier otra, sobre todo si son tan grandes y diversificadas como las de Estados Unidos y la Unión Europea que, a pesar de sus problemas recientes, generan el 40% del producto mundial. Por supuesto, para un gobierno como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que está convencido de que la confrontación es una fuente inagotable de poder y por lo tanto aprovecha todas las oportunidades para iniciar conflictos con otros países, los presuntos beneficios políticos de embestir contra Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, acusándolos de ser responsables de todos los males de la economía internacional, serán más que suficientes para compensar las desventajas ocasionadas por el aislamiento, pero puesto que nuestra prolongada decadencia se debe en gran medida a la negativa nacionalista a acompañar las tendencias mundiales, sería mejor que por una vez optara por privilegiar los intereses concretos por encima de los meramente políticos. También es un error tratar los problemas planteados por el comercio desde una óptica principista, para entonces procurar ponerse en el papel de víctima inocente de una especie de conspiración internacional. Según las circunstancias, todos los países procuran proteger sectores determinados por motivos políticos o sociales, pero a menos que se hayan resignado al estancamiento, lo hacen de manera muy selectiva, ya que la experiencia les ha enseñado que los costos del aislamiento comercial suelen ser muy pero muy elevados, como en efecto nos han sido. Cuanto más pequeña sea una economía, mayores resultarán ser los beneficios del comercio internacional. Puesto que las dimensiones de la economía argentina son inferiores a las de Noruega, un país con apenas cinco millones de habitantes, para prosperar tendría que aumentar mucho su participación en las exportaciones mundiales que, a pesar de las hazañas del complejo sojero, sigue siendo mínima. Asimismo, como debería haber aprendido el gobierno del experimento alocado ensayado por Moreno al prohibir el ingreso de una gran variedad de bienes, la industria local no puede ser autosuficiente porque para funcionar depende de insumos importados, a veces de apariencia menor pero así y todo imprescindibles.


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