“Había una vez…”

Redacción

Por Redacción

Había una vez una bruja. Habitaba en un castillo color rosa que le había sido prestado por el pueblo. Esta bruja era muy inteligente y tenía una habilidad muy grande para distorsionar los acontecimientos que se sucedían a diario, a la vez que rememoraba permanentemente el pasado pero relataba su propia historia del mismo, donde se definía como la más bella, más buena, más querida y más exitosa de todas las brujas (y brujos). Era muy locuaz y le gustaba verse permanentemente rodeada de cortesanos que aplaudían a rabiar cada uno de sus desvaríos; y aunque muchos pensaban que estaba loca, no lo admitían en público, pero sí lo susurraban a menudo. Ella solía sentarlos frente a si casi todos los días (muy variopinto el auditorio) y les relataba lo dichosos que eran ellos por tener una bruja tan maravillosa que los supiera conducir y les regalara tantos años de bonanza y prosperidad. Eso sí, fuera del castillo habitaba mucha gente humilde que veía cómo les resultaba muy dificultoso cubrir sus necesidades básicas mes a mes, pero para muchos de ellos tenía asignadas grandes partidas presupuestarias con nombres rimbombantes: “Plan puntero”, “Plan hoy no me levanto”, “Plan tengo fiaca y me quedo”, “Plan pagame y te aplaudo”, y muchos más. Los cortesanos aplaudían y asentían con la cabeza cada vocablo de su bruja mandataria, sobre todo si (con mucho odio y rencor) se refería a brujos y brujas que habían habitado anteriormente el castillo o a quienes no pensaban como ella. Terminados estos actos diarios, recurrentes y tediosos todos huían en masa a comprar en alguna cueva cercana al palacete una moneda extranjera que se fabricaba en un país con el que alguna vez habían tenido relaciones carnales. ¡Época de prosperidad! Vaya que sí. Lamentablemente no recuerdo cómo termina este cuentito (o no lo sé), sólo espero que sea con final feliz y nos deje una enseñanza (como en las fábulas). Jorge R. Cañizares DNI 11.612.108 Neuquén


Había una vez una bruja. Habitaba en un castillo color rosa que le había sido prestado por el pueblo. Esta bruja era muy inteligente y tenía una habilidad muy grande para distorsionar los acontecimientos que se sucedían a diario, a la vez que rememoraba permanentemente el pasado pero relataba su propia historia del mismo, donde se definía como la más bella, más buena, más querida y más exitosa de todas las brujas (y brujos). Era muy locuaz y le gustaba verse permanentemente rodeada de cortesanos que aplaudían a rabiar cada uno de sus desvaríos; y aunque muchos pensaban que estaba loca, no lo admitían en público, pero sí lo susurraban a menudo. Ella solía sentarlos frente a si casi todos los días (muy variopinto el auditorio) y les relataba lo dichosos que eran ellos por tener una bruja tan maravillosa que los supiera conducir y les regalara tantos años de bonanza y prosperidad. Eso sí, fuera del castillo habitaba mucha gente humilde que veía cómo les resultaba muy dificultoso cubrir sus necesidades básicas mes a mes, pero para muchos de ellos tenía asignadas grandes partidas presupuestarias con nombres rimbombantes: “Plan puntero”, “Plan hoy no me levanto”, “Plan tengo fiaca y me quedo”, “Plan pagame y te aplaudo”, y muchos más. Los cortesanos aplaudían y asentían con la cabeza cada vocablo de su bruja mandataria, sobre todo si (con mucho odio y rencor) se refería a brujos y brujas que habían habitado anteriormente el castillo o a quienes no pensaban como ella. Terminados estos actos diarios, recurrentes y tediosos todos huían en masa a comprar en alguna cueva cercana al palacete una moneda extranjera que se fabricaba en un país con el que alguna vez habían tenido relaciones carnales. ¡Época de prosperidad! Vaya que sí. Lamentablemente no recuerdo cómo termina este cuentito (o no lo sé), sólo espero que sea con final feliz y nos deje una enseñanza (como en las fábulas). Jorge R. Cañizares DNI 11.612.108 Neuquén

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