¿Hacia la anarquía?

Además de fomentar la violencia, la debilidad manifiesta del gobierno está reduciendo las posibilidades de éxito de su propia política económica.

Por Redacción

Estaba en lo cierto el banquero Eduardo Escasany cuando advirtió que si el Estado no asegura la vigencia de la ley «se entroniza la anarquía» y al señalar, si bien indirectamente, que en los meses últimos la actitud nada firme del gobierno del presidente Fernando de la Rúa ha contribuido a estimular un clima de violencia cotidiana no sólo por el auge del delito sino también «por el hecho de que cualquier reclamo se expresa vulnerando el derecho d los demás: cortes de rutas, de aeropuertos, de calles, etc». Por supuesto, Escasany, que aprovechó la convención anual de la Asociación de Bancos de la Argentina para manifestar su inquietud por lo que está ocurriendo en el país, dista de ser la única persona que se haya sentido preocupado por la falta de seguridad. Millones se sienten más consternados aún porque entienden que, a diferencia de los banqueros, si el país se hundiera en la anarquía no les sería dado salvar nada.

Aunque se puede comprender la resistencia a ordenar medidas represivas de un gobierno que depende de un ala política que está dominada por individuos que a veces insinúan que se sienten tentados a sumarse a las protestas violentas contra el «modelo» y que están deseosos de hacer gala de sus sentimientos antiautoritarios oponiéndose a la intervención de la Gendarmería, lo único que ha logrado el Poder Ejecutivo es estimular a los militantes que, sabedores de que lo peor que podría sucederles sería tener que charlar algunas horas con Juan Pablo Cafiero o participar en alguno que otro programa televisivo, están proliferando a lo ancho y lo largo del país, garantizando así que haya nuevos enfrentamientos. Es de suponer que tarde o temprano reaccione por entender que si se niega a hacer respetar la ley se verá remplazado por otro que no titubearía en cumplir con este deber fundamental, pero sería preferible que lo hiciera antes de producirse algunos episodios mucho más luctuosos que los registrados hasta ahora.

Además de fomentar la violencia, la debilidad manifiesta del gobierno está reduciendo las posibilidades de éxito de su propia política económica. Lo comprendan o no De la Rúa y sus colaboradores, las variaciones del «riesgo-país», este índice que tanto fascina a todos, se deben no sólo a las presuntas dificultades para comunicarse con los financistas neoyorquinos del ministro de Economía Domingo Cavallo y a la evolución del déficit fiscal, sino también a la impresión de que la Argentina está por hundirse en un mar de conflictos sociales. En efecto, será natural que inversores informados de que algunos huelguistas de Aerolíneas Argentinas se las arreglaron para apropiarse de un jumbo, que en diversas provincias los cortes de ruta se han hecho permanentes y que un gobierno dividido no se anima a hacer respetar la ley, opten por esperar algunos meses o años más. También lo será que el espectáculo brindado por quienes han hecho de la xenofobia su bandera de lucha haga pensar a algunos españoles que les convendría trasladar sus inversiones a un país que les sea menos hostil.

Por muchas razones, es del interés de la inmensa mayoría que tanto aquí como en el exterior se difunda la convicción de que a pesar de sus muchos problemas coyunturales la Argentina sigue siendo uno de los «países emergentes» más promisorios. Sin embargo, muchísimas personas – políticos, activistas «clasistas», comentaristas y eclesiásticos -, están claramente resueltas a proclamar tanto a sus compatriotas como a los demás que el país está encaminándose hacia una catástrofe. Esta campaña autodestructiva ha resultado ser tan eficaz que ya son muchos los economistas extranjeros que sospechan que la Argentina podría estar por protagonizar el próximo gran colapso. Puede que se hayan equivocado y que hayan sido víctimas de nada más siniestro que el gusto nacional por las exageraciones, pero aun así sus temores ya nos habrán privado de una cantidad enorme de recursos. Asimismo, por ser tan importante la confianza, no cabrá duda de que el clima de violencia que se ha creado ha contribuido a agravar la recesión y de este modo a perjudicar a todos, incluyendo, obvio es decirlo, a los muchos que apenas tienen lo suficiente como para subsistir.