Haití y las tragedias de su historia

Haití es un país devastado -pero no solamente por el terremoto-. La historia de ese país -el primero de América Latina que declaró su independencia de Francia en 1804- es una de las tragedias más longevas de nuestra historia, tan rica en tragedias. Por lo pronto, Puerto Príncipe ya fue destruido por completo por un terremoto similar al de ahora, en 1700 -pero en ese momento la ciudad más importante y capital de la colonia era el actual Cap Haitien, en la costa norte de la isla-.

La Isla de Saint Domingue fue descubierta por Colón en su primer viaje, en 1492, y fue la primera colonia poblada permanentemente por los invasores, que la llamaron La Española y empezaron por exterminar a los originarios taínos. Luego, especialmente cuando fueron expulsados los «bucaneros» (1) franceses que se habían establecido en el extremo occidental de la isla, comenzó la importación de esclavos y su explotación en condiciones tan terribles que en pocos años morían: era más barato traer nuevas partidas de africanos de su patria que dar condiciones de vida razonables a los que ya estaban arraigados -es un decir-. Muchos esclavos habían nacido en África («importación directa») y trajeron sus idiomas que, mezclados al francés, constituyen el «créole» -que es reconocido como idioma oficial en Haití y tiene su literatura propia- y una forma peculiar de animismo, el «vudú», que se hizo mundialmente famoso como forma de magia negra propia del país antillano. Trabajaban en las plantaciones de caña de azúcar -y más tarde, café- que hicieron de la isla la colonia más rica de toda América Latina. Pero había 20 veces más esclavos miserables que hombres libres que usufructuaron toda la riqueza -que también hizo la de la metrópolis francesa-. También había una casta subalterna, la de los mulatos libres -que se sentían infinitamente superiores a los negros negros y entraron en conflicto con ellos durante las luchas por la libertad-, que sólo podía obtenerse a través de la independencia.

Cuando podían, los esclavos huían a las montañas y se hacían «cimarrones» y poco a poco los bucaneros se retiraron a la Isla Tortuga, una pequeña isla cerca de la costa norte de Haití, donde crearon un Estado prácticamente independiente que dio material para tantas historias de piratas.

Cuando estalló la revolución en Francia los blancos se dividieron en monárquicos y republicanos pero nadie quería perder sus esclavos, que, en cambio, creyeron que el lema de «libertad, igualdad, fraternidad» se aplicaba también a ellos. Grave error. El obispo Maury, en 1791, dijo en la Asamblea Nacional: «Si tuvierais que perder anualmente 200 millones de libras que actualmente recibís de vuestras colonias: si no tuvierais el monopolio del comercio con vuestras colonias para proveer vuestras fábricas, mantener vuestra flota, desarrollar vuestra agricultura, pagar vuestras importaciones, satisfacer vuestras ansias de lujo, restablecer vuestro equilibrio comercial con Europa y Asia, os lo digo francamente vuestro reino se hallaría irremisiblemente perdido». Libertad, igualdad, fraternidad…

En 1794 finalmente fue abolida la esclavitud, pero Napoleón la restableció y su general Leclerc propuso eliminar a todos los negros mayores de doce años de las montañas haitianas y a la mitad de los de las llanuras (los esclavos).

Los esclavos se sublevaron. La sublevación pronto se transformó en una carnicería en la que murieron o huyeron casi todos los blancos -casi todos los propietarios de esclavos- pero muchos más de éstos. Quedaron los mulatos y unos pocos negros libertos. Restablecida la esclavitud, los esclavos haitianos debieron derrotar no sólo a los franceses sino que también, bajo la conducción del ex esclavo Toussaint Louverture, llegaron a derrotar a las tropas inglesas desembarcadas en el sur al abrigo de los conflictos internos y se aliaron con los españoles contra y derrotaron a las tropas enviadas por Napoleón -con ayuda de las enfermedades tropicales- aunque Louverture fue tomado prisionero y murió en Francia, de tuberculosis. Haití fue desde entonces boicoteada y traicionada por todas las potencias «blancas» -incluso España, dueña de la mitad oriental de la isla, y por Estados Unidos, porque nadie estaba dispuesto a tolerar una república de ex esclavos en un sistema económico basado en la esclavitud-. En especial, el liberal Thomas Jefferson -tercer presidente de Estados Unidos y él mismo propietario de esclavos- prohibió el comercio con Haití. El país no fue reconocido por nadie como tal. La economía decayó y el país cayó en una larga serie de dictaduras, guerras civiles y revueltas.

Uno de los datos más increíbles de la historia haitiana es que Francia le cobró a Haití por el reconocimiento de su independencia, después de haber sido derrotada militarmente. En 1814 Francia le exigió a Haití una indemnización de 150 millones de francos oro, que en 1838 rebajó a 90 millones. Cuando Haití aceptó el reclamo, Francia la reconoció como nación independiente y comenzó a percibir las cuotas de la indemnización que Haití terminó de pagar en 1883.

La historia haitiana es demasiado compleja para resumirla aquí y sus continuas guerras civiles no son demasiado interesantes salvo para un estudioso de la historia de un país que empezó siendo el más rico de la región y terminó siendo el más pobre. Es una historia dolorosa de éxitos y fracasos -Simón Bolívar se asiló en Haití en 1815, cuando tuvo que huir de Venezuela (antes de su separación en dos países)-, de conquistas y reconquistas, en la que intervienen los negros y los mulatos, los franceses y los británicos, los españoles y los estadounidenses. Por ejemplo, éstos ocuparon Haití durante 20 años, entre 1915 y 1935, como siempre por razones humanitarias y para contrarrestar los intereses financieros alemanes, que también se asomaron por allí en cierto momento. En 1937 el país fue invadido por los dominicanos gobernados por otro aliado de Estados Unidos, Rafael Leónidas Trujillo, que masacró a 30.000 haitianos. Finalmente, en 1957 asumió la «presidencia» Papa Doc, François Duvalier, quien gobernó brutalmente el país, se proclamó presidente vitalicio en 1961 y fue seguido por su hijo Baby Doc, Jean-Claude Duvalier, que finalmente fue derrocado por una sublevación popular en 1986. Papa Doc fue el creador del siniestro grupo paramilitar Tonton Macoute, que sembró el terror en el país y después siguió siendo útil a los sucesores de los Duvalier, los sucesivos golpistas «democráticos».

Jean Bertrand Aristide -un ex sacerdote que «optó por los pobres» y fue, probablemente, el primer líder verdaderamente popular desde Toussaint Louverture- fue el primer presidente democráticamente electo por el 60% de los votos en 1991 y prontamente depuesto después de sólo ocho meses en el gobierno por los militares con apoyo de Estados Unidos; sin embargo, volvió a la presidencia en 1994.

En el 2004 se repitió el tratamiento de Aristide, que había sido reelegido en el 2001, pero ya estaba políticamente desprestigiado, económicamente acosado y asfixiado por el FMI. Aristide fue nuevamente expulsado bajo acusaciones de autoritarismo y corrupción -con Francia jugando de ladero de Estados Unidos y obteniendo luego la legitimación del Consejo de Seguridad de la ONU-. Aristide había tenido la imprudencia de reclamarle a Francia la devolución de la «indemnización» que le había pagado Haití en el siglo XIX que, al valor actual de la moneda, eran unos 21.000 millones de dólares.

Desde entonces el país se hundió aún más en el caos y la miseria, de la que nunca había logrado salir. En ese caos, en vez de tratar de restituir la democracia, personificada en Aristide, intervinieron las Naciones Unidas para tranquilizar los ánimos. Desde entonces el país tiene un presidente formal, René Préval, pero está virtualmente ocupado por un destacamento de las Naciones Unidas, Minustah (Misión Internacional de la ONU para la Estabilización de Haití), unos 3.400 hombres, entre policías y militares, enviados allí después de que el país se «desestabilizara» una vez más a causa de la deposición de Aristide, que era demasiado «progre» para el gusto de los que lo deportaron a la República Centroafricana. Ahora, la Minustah está «reforzada» por 10.000 marines enviados por Estados Unidos sin consulta con la ONU, que a su vez quiere duplicar las fuerzas de «estabilización» -que por su parte, y para vergüenza del mundo entero, fueron acusadas de toda clase de tropelías- y ahora serán duplicadas. La Minustah está integrada por tropas de varios países (los «cascos azules»), ya empleadas en otros lugares de conflictos agudos como la ex Yugoslavia y Chipre. Entre los Cascos Azules siempre se destacaron los argentinos, cuya participación rápida y eficaz en el reciente desastre fue generalmente encomiada. Así como nadie habla de la eficaz y rápida ayuda de los cubanos y los israelíes.

Después del período esclavista concentracionario digno de los campos de trabajo nazis, Haití nunca alcanzó llegar mucho más allá de una economía de subsistencia, con la excepción de unas pocas familias que se habían apoderado de todo con la ayuda de cuanta potencia colonialista no podía tolerar que a una república de esclavos le fuera bien. Llegó a exportar sangre para transfusiones a Estados Unidos hasta que el sida arruinó también ese «negocio». Exportó café y arroz hasta que, recientemente la economía arrocera fue liquidada por la importación de arroz subsidiado desde Estados Unidos. Una vez más, los campeones del ultraliberalismo subvencionaban a sus propios productores con el efecto -deseado o no, poco importa- de liquidar a los de otro país, como también hicieron con México, que ahora debe importar maíz y amontonar a sus campesinos en los suburbios de las ciudades. Así crecieron México DF y Puerto Príncipe, en forma caótica y careciendo de infraestructura suficiente -guardando las distancias entre ambas, por supuesto-.

Cuando se produjo el terremoto -que los brujos vudú no habían logrado predecir- el 80% de la población haitiana vivía por debajo de la línea de pobreza y el 50% era considerado indigente. La tasa de analfabetismo es también del orden del 50%. El principal ingreso de divisas es el de las remesas de los haitianos escapados al exterior -muchos a Estados Unidos-.

Haití no es un país pobre: tiene riquezas minerales que despiertan la codicia de las grandes potencias y que tal vez estén en la raíz de las continuas luchas -además del deseo de los poderosos de seguir explotando a la mayoría de la población como si siguieran siendo esclavos-.

 

(1) Los «bucaneros» vivían de producir una especie de charqui llamado «bucan». Recién se dedicaron a la piratería junto a los filibusteros de Tortugas cuando se los expulsó. La otra clase de piratas eran los «corsarios», que robaban barcos al servicio de potencias reconocidas. La Constitución nacional argentina de 1853 atribuía al Congreso nacional el derecho de «otorgar patente de corso».

 

TOMÁS BUCH

(*) Físico y químico

TOMÁS BUCH


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