“Hay que bajar a los infiernos para ser feliz”

Un diálogo íntimo con la cantante, de 93 años, que este mes estrena “La luna grande”, un trabajo discográfico basado en los poemas de Federico García Lorca.

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A los 93 años la cantante Chavela Vargas echa a andar nuevos proyectos: para este mes está anunciada la salida de su CD “La luna grande”, trabajo discográfico basado en poemas del granadino Federico García Lorca. Costarricense, pero transterrada por años a México, el impulso de “la Vargas”, vuelta a los escenarios en los años 90 de la mano de la artista mexicana Jesusa Rodríguez y el director de cine español Pedro Almodóvar tras décadas de automarginación, no cesa. En los últimos años aparecieron dos libros sobre su vida: “Y si quieres saber de mi pasado y “Las verdades de Chavela. Su último álbum de canciones “Por mi culpa”, acompañada por sus amigos cantantes Joaquín Sabina, Eugenia León y Lila Downs, data de 2010. Ahora, cuando su voz desgarrada se apresta a respirar dentro de los versos de García Lorca, creo oportuno desempolvar uno de los muchos diálogos que mantuve con “la Vargas” en su tierra “tica” de San Joaquín de Flores. “Nací para partir. Rompí parámetros y me aventé a la vida. Yo no soy conformista, soy muy rebelde”. La frase sirve como carta de presentación de una mujer que pasó de la Costa Rica aldeana de fines de los `30 al tumultuoso México, de la popularidad al “retiro”, y del olvido de nuevo a la cumbre. Aplaudida en el Olimpia de París, homenajeada en Argentina (fue distinguida en 1999 como Visitante Ilustre de la ciudad de Buenos Aires), entre sus muchos galardones fue también galardonada por la Universidad de Alcalá de Henares: “Se me nombró excelentísima señora e ilustrísima; nunca me habían dado un título como ser humano”. Por si fuese poco, un pueblo de Burgos tiene una calle con su nombre. En medio del diálogo Chavela arma una escena en la que un caminante desorientado le pregunta a un vendedor de diarios por la carretera: “Tome por allí, por la calle Chavela Vargas y no se pierde. Pasando la placita encontrará usted la carretera”. Y concluye con tono burlón: “Ahí quedé yo, ve?, quedé en la calle”. La hija de Herminia Lizano y Francisco Vargas, eligió muy pronto ir detrás de una estrella con música de marimba. “Mi madre era de una familia muy buena de España y mi padre un ranchero que murió joven. Mi infancia era soñar. Nunca jugué con muñecas, me levantaba de noche a buscar serenatas o a mirar el río. En ese tiempo había muchos prejuicios, miedo al qué dirán”. A la niña de mirar profundo las cosas le fueron quedando lejos: “De niña estuve ciega. Cuando iban a ponerme nitrato de plata en los ojos para secarlos, me curó un indio con hierbas. Lo indios son lo único puro que queda, tienen una gran sabiduría”. Cuando la calle se hizo estrecha, la niña viaja a México; allí desempeña muchos oficios hasta convertirse en “la Vargas”: “Llegué a los 17 años buscando porvenir y fue una lucha desesperada, no conocía a nadie. Un día raro en la vida se te aparece el destino y cambia todo, empiezas a tener un nombre y a descubrirte como una artista diferente. Así llegué, no pareciéndome a nadie”. Chavela amasa un estilo propio en el modo, según escribió el escritor mexicano Carlos Monsiváis, en que “matiza las canciones y les extrae fervores y rencores”. Una forma despojada que ella explica así: “Conozco mi estilo pero no lo puedo decir. Empecé a cantar y a actuar sin necesidad de brillantes, al contrario, me fui desvistiendo de cosas. Lo mío es muy de adentro, es inventar un decir para expresar el dolor”. Lo diferente, siempre paga derecho de piso: “Cuando empecé a cantar con jorongo (poncho) me dijeron horrores, que me ponía esa cosa de indio; pero en España lo consideran un rito. Cuando me lo pongo entro en otra dimensión; voy a celebrar, son dos horas de sacrificio en el escenario”. El arrastre de palabras mordidas en cada uno de los temas que interpreta, surge de una combinatoria de sentimientos deshilachados entre lo murmurado y lo vociferante. Pero también de los silencios: “Usted sabe, me enloquece esa cosa de cantar con el silencio, de masticar las palabras, de tragárselas en lugar de echarlas para afuera”. Cuando en su calle de recuerdos cruza la figura de García Lorca, se demora en elogios: “Esa es la soledad; la soledad más sola del mundo, la de Federico García Lorca”. Chavela habla de Lorca y no es forzado pensar que Lorca hablaba de ella; mejor dicho, de alguien como ella. En su “Teoría del Duende” Lorca ejemplificaba el acto creador con una mujer que bebía un gran vaso de aguardiente como fuego y se sentaba a cantar sin aliento, con la garganta abrasada sobre el andamiaje de la canción “para dejar paso al duende furioso”. Ahora, por la voz áspera de la ternura desfilan imágenes polvorientas de la Revolución Mexicana en los corridos “Juan Charrasqueado” y “Simón Blanco”. El tema de México se impone siempre en sus charlas, ya que sería en tierra azteca donde llegó a triunfar de la mano de “Macorina”, canción que es un himno de rebeldía del siglo XVII que ella interpreta con arreglos propios. Con memorables interpretaciones de “La Llorona” o “Luz de luna”, se adueñó de escenarios: “En el año 53 hice una temporada muy hermosa; actué en Acapulco, en el Champagne Room de La Perla donde iba todo Hollywood; canté en la boda de Elizabeth Taylor con Mike Todd; luego me contrataron para ir a Nueva York”. La cantante entrecierra los ojos para abrir la calle de la noche, donde se imprimen rostros amigos: “Éramos unos bohemios sublimes: con Pepe Jara y Agustín Lara íbamos al bar Tenampa. México tiene raíces profundas, su canto es desgarrarse, es abrir puertas, abrir mundos. México te enseña a vivir”. Y de todos ellos, la emoción en la voz privilegia un nombre, el compositor José Alfredo Jiménez. “Era un filósofo, compuso una canción bellísima sin darse cuenta de lo que había hecho… (canta versos de “Las Ciudades”:) ‘Te vi llegar y sentí la presencia de un ser desconocido. Te quise amar y tu amor no era fuego ni era lumbre,/ las distancias apartan, las ciudades destruyen las costumbres’”. Y abre los ojos desmesuradamente: “En un escenario de Sevilla tomé conciencia de la letra. ¡Y se me paró el pelo! La canté como nunca porque a media canción me fui dando cuenta qué decía José Alfredo y le canté a ese ser desconocido. Una canción tan bella como los temas de Atahualpa Yupanqui…”. Por las calles de Chavela hay amistades de lujo: el narrador Juan Rulfo, la poeta Pita Amor, el bolerista Álvaro Carrillo y los pintores Frida Kahlo y Diego Rivera: “Viví unos años en su casa. Yo cantaba mientras ellos pintaban. Siempre estaban de juerga. Diego le tomaba el pelo al mundo, era una vida encantadora, uno iba formándose un criterio de las cosas con mucho amor hacia el arte”. Pero si encontró luz, también se topó con puertas con doble llave. Fue un tiempo en que la cantante tropezaba dos veces con el mismo vaso. Lo dice sin autocompasión: “Esa parte de mi vida en México fue desastrosa. Estrenaba un coche el viernes y el lunes ya no tenía nada. Me emborrachaba y me iba a cantar por las calles. Llegaba tarde al show. El tequila conversadito con limoncito y sal me hacía bien a la garganta. Y todo se me perdonaba. Hubo una época en que decían que México era mío. Fui católica pero cambié por la religión hindú; me curaron del alcohol y me enseñaron cosas maravillosas”. Y retoma el tema del alcohol con tono socarrón y confidencial: “Yo tomaba tequila. Todo me lo tomé. Por eso no quedó nada en México. Porque si te iba bien te emborrachabas, y si te iba mal, también”. Pasaron años y un día regresó a los escenarios y a fuerza de talento y personalidad recobró su lugar. Chavela no solo canta, sino que aparece en varias películas, entre ellas “La soldadera” del mexicano Salvador Bolaños, y “La flor de mi secreto” y “Carne trémula” de Almodóvar. También filma en Argentina en un viaje que pasó desapercibido: “Fuimos a la Patagonia para la filmación de la película ‘Grito de piedra’ de Werner Herzog. Con él caminábamos, platicábamos mucho. La pasé bien pero lo mío no es el cine, me cansa. Hay que repetir una escena mil veces y al final la cosa se enfría. A mí me gusta lo espontáneo”. Respecto a Argentina, además de la admiración por Yupanqui, el placer que le causa andar por las calles de Buenos Aires y su amistad con Susana Rinaldi, en sus discos se contabilizan varios temas de autores locales: “Negra María” (Manzi-Demare), “Así” (Sandro-Anderle), “Canción de las simples cosas” (Tejada Gómez-Isella). Cuando deslizo la idea de que su voz aguardentosa se presta para el tango, dice haberlos cantado: “Es difícil, lo hice estilo ranchera. Al tango me gusta escucharlo y verlo bailar”. En el callejón de la canción ciudadana se cuela Discépolo y esa cuerda vivencial que alude al desencuentro. En ese punto donde convergen el debe y el haber, se para Chavela en sus disquisiciones: “Estamos hablando de una angustia existencial y yo soy esa angustia. Somos todos. Algunos nos damos cuenta. Sufrimos porque nacimos desesperados, sin encontrar la paz que no es la paz del amor, de la pareja, sino que es una paz que no se presenta. Por eso digo que una vez perdí el alma”. ”. (Télam)

Jorge Boccanera


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