Hay que pasar el invierno
Es perfectamente normal que en invierno haga frío y en verano calor. También lo es que periódicamente la temperatura baje o suba mucho en cuestión de horas, con el resultado de que aumente de golpe la demanda de energía para calefacción o para mantener funcionando los acondicionadores de aire, provocando así dificultades cada vez mayores a un sistema que desde hace años opera al borde del límite, pero parecería que tales cambios naturales siempre toman al gobierno kirchnerista por sorpresa. Aunque el ministro de Planificación, Julio De Vido, jura que “no hay problemas energéticos”, el “comité de emergencia” conformado por los responsables de suministrar lo necesario ha advertido que, si la ola de frío de turno dura más de un par de días, muchas fábricas tendrán que soportar cortes totales de gas. Según informan los voceros de distintos sectores industriales, desde hace varios meses dejan de recibir las cantidades de gas que requieren para mantener la producción al nivel previsto. Puesto que el gobierno está resuelto a continuar estimulando el consumo popular a fin de difundir la sensación de que la economía está creciendo nuevamente a un muy buen ritmo, y por los mismos motivos no tiene ninguna intención de adoptar medidas que perjudicarían a los usuarios residenciales, se teme que la situación se agrave mucho en las semanas próximas. Por lo demás, una vez pasado el invierno, los industriales tendrán que prepararse para los cortes que serán ocasionados por los esporádicos golpes de calor propios del verano cuando, de prosperar los planes gubernamentales, el país debería de estar disfrutando de un boom de consumo impresionante. No es ningún secreto que la falta de energía constituya uno de los flancos más débiles del “modelo” kirchnerista, realidad que, por tratarse de la obra de un gobierno de procedencia en buena medida santacruceña, es un tanto extraña. Parecería que, a comienzos de su gestión como presidente, Néstor Kirchner logró convencerse de que le sería fácil obligar a las empresas del sector de que les convendría invertir muchísimo dinero en exploración y en la producción de energía como señal de gratitud por haber podido lucrar en los años noventa del siglo pasado. Huelga decir que no lo hicieron. Antes bien, se limitaron a hacer lo mínimo necesario con la esperanza de que andando el tiempo el gobierno reconociera que ninguna empresa se resignará a operar indefinidamente a pérdida. Las consecuencias de la “estrategia” oficial no tardaron en hacerse sentir. La producción local de petróleo y gas natural ha caído tanto que hemos tenido que importar cantidades crecientes, a precios de mercado, desde Bolivia y Venezuela, socios comerciales que, merced a sus propios problemas internos, distan de ser confiables. Por desgracia, la posibilidad de que el gobierno emprenda una política energética seria es nula. Son tan grandes las distorsiones provocadas en el transcurso de más de siete años de cortoplacismo terco que sería traumático cualquier intento de adoptar una estrategia racional. Como han señalado repetidamente ex funcionarios que se han especializado en temas energéticos, en los centros urbanos más importantes, incluyendo desde luego el supuesto por la capital federal, los residentes pagan mucho menos por el gas o electricidad que consumen que sus equivalentes en Brasil, Chile y otros países de la región. Puesto que duplicar las tarifas o más tendría un impacto devastador en millones de hogares, tanto el gobierno actual como sus sucesores inmediatos no tendrán más alternativa que la de apostar a aumentos graduales que a lo sumo servirían para atenuar levemente los problemas. Quienes sí se encargarán de pagar un precio económicamente viable por la energía serán los industriales, por ser menos inmediato el impacto político de sus penurias y porque sus voceros son reacios a quejarse en público por miedo a las previsibles represalias gubernamentales. Así las cosas, no es fácil ver cómo el gobierno kirchnerista se las arreglará para que la economía siga creciendo con el vigor que sea preciso para que se celebren las próximas elecciones presidenciales en medio de una fiesta consumista descomunal y una tasa de crecimiento anual rayana en el 9%, meta ésta que se atribuye al ex presidente y hombre fuerte del gobierno de su esposa.