“Honrar la tarea docente y a la mujer”

Redacción

Por Redacción

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En vísperas del inicio de clases y del Día de la Mujer, quiero recordar a Santa María González de Bello, Pety, mujer a quien la fuerza íntima de la vocación la condujo a la misión educadora. Se desempeñó en la Escuela Nº 7 de frontera, asentada en la Lipela, entre Cuyín Manzano, la Confluencia y Villa Llanquin.

Nació en Entre Ríos, en la estancia paterna La Unión, ubicada en el poblado de San Jaime de la Frontera.

Realizó la primaria en una escuela de campo ubicada a cinco kilómetros de la estancia, distancia que recorrían a caballo o en un carro ruso.

Realizó el secundario en la Cristo Redentor, Escuela Normal de las Monjas de Gante, en Paraná, en donde era pupila al igual que sus hermanas mayores.

Luego de recibirse de maestras, las hermanas escribieron al Ministerio de Educación para solicitar trabajo: la mayor consiguió ingresar a la recién inaugurada escuela de Maquinchao, y por ello Pety pidió trabajar por estas zonas sureñas, donde permaneció hasta mayo de 1960, año en que retornó a Entre Ríos para trabajar en escuelas de esa provincia.

En esa época conoció a Elio Bello, el maestro mayor de obras con quien se casó en 1961. Recién casados, vivieron en Paraná, donde él se dedicó a realizar cursos de vialidad.

Cuando Vialidad Nacional lanzó la convocatoria para tomar mano de obra aplicada, Elio fue elegido entre los postulantes, y como destino optó por Neuquén. Primero vino solo, para luego traer a su esposa con su hijo mayor de, por aquel entonces, cuatro meses y medio.

Se asentaron en Valle Encantado, en la confluencia de los ríos Limay y Traful. Así es como, a comienzos de la década del 60, Pety y su familia se encontraban en La Lipela, que significa “cantera de cobre”.

Pero el paraje aún no contaba con establecimiento educativo. Por ello, junto con Natalio Nader, policía de la zona, maduraron la idea de dar educación a los niños del lugar. Es así que iniciaron esta loable tarea en un salón que le daba la institución policial, hecho con cantoneras –troncos de madera con forma bombé– por donde se filtraba el intenso frío de la región. Ella y el señor Nader lo acondicionaron, le pegaron papeles a modo de parches y lo pintaron. Así comenzó el anhelado sueño: los niños se trasladaban 12 kilómetros para asistir a clases, por caminos de cornisa.

Al principio Pety hacía “dedo”, luego adquirió un Renault 4L con el que llevaba, además de su pequeño hijo, a todos los alumnos que podía. “Nunca llegamos tarde”, afirmó, orgullosa.

Entre las acciones destacadas de esta docente podemos nombrar la fabricación de un mimeógrafo –especie de pequeña imprenta que opera con esténciles– con una lata de dulce de batata. Gracias a este invento los alumnos pudieron tener sus trabajos.

En la zona también había familias enteras que no conocían el dinero, habituadas al trueque. Por esta razón, Pety solicitó a la revista “La Obra” que le proporcionara réplica de dinero para que sus alumnos, al jugar al almacén, aprendieran el valor del mismo. También pudo enseñarles a los adultos a vender la lana en Bariloche.

Los actos escolares se hacían a la intemperie porque no había SUM; como también se organizó un equipo de fútbol con los niños de la escuela. El señor Nader junto con ella cruzaban a los niños por el caudaloso río Limay con su canoa para que pudieran concurrir a clases. También recuerda la figura de don Jaime de Nevares, quien visitaba el paraje y atendía las necesidades de toda la población.

El hijo menor del matrimonio nació allí, en la cordillera. Como no hubo maestra que la reemplazara, Pety, a los 17 días de haber dado a luz (por cesárea), tuvo que retomar el dictado de clases, con el bebé en el moisés. La Escuela Provincial Nº 7 de La Lipela fue clausurada el 14 de marzo de 1969 por despoblación del lugar.

Por ello fue reubicada, primero en otros colegios, y en 1970 en la Escuela 232 de Bouquet Roldán. Comenzó dando sus clases en un anexo, en el salón de la capilla del barrio.

Luego volvió a la escuela, en donde fue maestra titular. Esta escuela estaba ubicada en un barrio que contaba con muchos problemas sociales: ella y sus maestras contenían con amor y paciencia a los niños de la calle que solían dormir en la escuela. Es digno de destacar que por el lapso de dos años hizo doble turno sin cobrarlo.

Quiero terminar esta síntesis de esta tarea inmensa con palabras pronunciadas por una de sus compañeras al cumplir 25 años de enseñanza:

“Es como todo maestro por sendas espinosas pero sin perder nunca de vista su única meta: el niño. Dedicó muchas horas a su tarea, nunca dijo que lo realizado era suficiente, jamás se limitó a su horario de trabajo”.

Huelgan las palabras ante tamaña labor docente. Sobra la humildad, el compromiso con la tarea. En su nombre, ¡feliz Día de la Mujer!

Beatriz Carolina Chávez

DNI 6.251.256

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