Horacio Licera presenta sus incorrecciones literarias

El autor editó en un libro sus columnas publicadas en el diario “Río Negro” entre 2003 y 2008. Lo presenta mañana en Quimhue Libros, de Roca.




Estas cosas pasan. Todo el tiempo pasan. Pasan delante de nuestros ojos y nosotros ni siquiera nos damos cuenta. Incluso, más de una vez, somos parte. ¿Qué no? Por la luz que me alumbra que sí.

Horacio Licera encontró la escritura en las cartas que les enviaba desde Mendoza sus amigos de Buenos Aires. En esas hojas les contaba de qué la iba la vida en tierras del buen sol y el buen vino, lugar donde había ido a parar para estudiar Diseño. Eran los años 70.

Licera escribía peripecias y vivencias no siempre ajustadas a la realidad y eso las hacía más interesantes aún. Lo sabía él y sus amigos.

Muchos años después, ya radicado en Roca, ciudad a la que llegó para trabajar en el área de Diseño y diagramación del diario “Río Negro”, aquella escritura de lo cotidiano en clave de humor tuvo otra vida, más intensa y formal, en la forma de columna semanal en suplemento cultural del “Río Negro” y bajo el nombre “Por la luz que me ilumina”.

Otros tantos años después de “colgar” la columna, el propio autor le dio una tercera vida a esa escritura. Ahora como antología de aquellas columnas reunida en un libro: “Mojar la medialuna en el café con leche y otras incorrecciones”.

Editado por el Fondo Editorial Municipal de Roca y que será presentado mañana a las 20:30 en la librería Quimhue, de Roca. Acompañará al autor Alicia Bosani y contará con la interpretación de Mariana Corral.

A Horacio Licera le pasa lo que a todos: su vida es un cúmulo de cotidianeidades sin interés alguno, al menos a simple vista. Pero lo que no a todos les pasa y por suerte (para nosotros, al menos) a Licera sí es que Licera va más allá de la simple vista. Se detiene en esas cotidianeidades y escribe sobre ellas. Y lo hace con humor.

Escenas de la vida social se suceden en cada texto reunido y son abordados por su autor con lucidez y astucia. Ponen ante nosotros situaciones habituales de nuestras vidas, pero desenfocadas de esa simple vista y miradas con ojos sagaces. ¿Cómo afronto el ridículo? ¿Qué hago en una fiesta de desconocidos? ¿Cómo hago para zafar de esto o lo otro? se pregunta. Y sus respuestas son geniales.

“Es una columna que habla de nada”, dice Licera de su propio trabajo, publicado entre 2003 y 2008 en el suplemento cultural del “Río Negro”. Tiene razón Licera, pero a medias. No hablan de nada a simple vista, peor dicen mucho cuando se mira esa cotidaneidad desde otro ángulo. Como esos cuadros donde se trata de enfocar la mirada para descubrir la figura y una vez logrado eso ya es imposible dejar de verla. Así son los textos de Licera. Y nos deja pensando y preguntando “pero cómo es que no lo pensé antes”.

“Son como monólogos” sugiere a modo de segunda explicación. Monólogos protagonizados por hombres, “los hombres como una cofradía de tipos torpes”, desliza. Dice Licera que pensando en las columnas es como aprendió a reírse de sí mismo, acaso como el líder de esa cofradía. ¿Que no, que no es así? Por la luz que me ilumina que sí lo es.

Lo que sigue es una columna inédita de Horacio Licera:

Mal de ojos

Hay días en que nos levantamos con el ojo izquierdo y la realidad aparece algo desdibujada, gris, como difusa. Ponemos lo mejor de nuestro ánimo pero la vida sigue igual, pálida y atormentada... Nos quedamos pensando si esta última frase se nos había ocurrido a nosotros o era un tango de Homero Espósito, cuando desde el fondo escuchamos la voz finita de una neurona pragmática: ¿No estarán sucios los anteojos?.

¡Efectivamente, mire!, los pobres estaban más sucios que sobremesa de vikingos.

Los limpiamos y una brisa de felicidad inundó nuestro rostro al mismo tiempo que los diáfanos rayos del sol nos auguraban un hermoso día por venir. Bueno, después de pasar ese momento aciago entre un tango y una publicidad de lava vajilla, pensamos que no era la única vez que los anteojos nos daban un sobresalto.

A punto estábamos de tomar nuestra pastilla rosa cuando le herramos al vaso de agua. Quisimos rectificar la maniobra pero la mesa giró hacia arriba, mientras la frutera parecía diminuta. En ese segundo pensamos que quizás ya era hora de aumentar la dosis, pero fue ahí cuando nos dimos cuenta que se nos había salido una lente del armazón. Que momento!

Pasa el tiempo y no nos acostumbramos a los anteojos. Se caen, se rayan, los olvidamos, se rompen, se pierden y cuando hay un momento de paz ya es hora de volver al oftalmólogo para aumentar las dioptrías.

Los anteojos son la primera prótesis a que nos somete esta vida con vencimiento y por eso no todos los exhiben con igual sinceridad. Pudimos detectar tres tribus: Los negadores, Los Yque? y Los Nomeimporta.

Los negadores viven como si fuera debajo de agua, ven todo nublado todo el tiempo pero no hacen exhibición de lentes. Saludan a medio mundo por las dudas, y si alguien en la vereda de enfrente levanta la mano para llamar a un taxi, también lo saludan levantando la mano. Algunos dicen que su oído y su olfato se agudizan con tal de no sacar los anteojos.

Los Yque? son desafiantes y los usan montados en la cabeza como si fueran un complemento de la indumentaria. Claro que si también usan para el sol y para ver lejos su cabeza va a parecer un exhibidor de óptica.

Por último están los Nomeimporta. Estos ya se rindieron a la evidencia y usan los anteojos colgando con una tirita, como un babero que convengamos es lo mismo que tener un cartel en el pecho que diga: soy viejo, miope y pierdo los anteojos.

Para esta tribu, cuando llega el invierno, es riguroso seguir este orden: primero la campera después la bufanda, a continuación los audífonos del celular, le siguen los anteojos con tirita y finalmente el sombrero. Cualquier maniobra rápida que no contemple este órden puede desatar un caos. Hacer que los anteojos queden enterrados debajo de la campera y la bufanda cuando los necesitamos urgente. Que no se puedan poner por arriba del sombrero, que la bufanda esté arriba y no lleguemos a calzarnos los lentes o sacarnos los anteojos y ahorcarnos con los audífonos mientras arrastramos el sombrero al suelo que para un señor grande es un territorio siempre lejano e inhóspito.

Y cuidado, no se vaya a olvidar de sacárselo para comer porque va a ser demasiado tarde cuando mire hacia el pecho para ver donde le cayó el mostachol con salsa a la putanesca.

Quizás no todo sea tan dramático, ya sabemos que la realidad es según el cristal con que se mire...pero a nosotros, le puedo asegurar, nos faltan varias dioptrías.


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