Idealismo y corrupción
El principio resumido por la frase “roban pero hacen”, una variante de la atribuida a Maquiavelo según la cual “el fin justifica los medios”, nunca ha sido ajeno a la política argentina. Se basa en la idea de que, a cambio de una buena gestión, la ciudadanía debiera permitir que los gobernantes responsables de colmarla de beneficios se apropien de una tajada de la riqueza generada. Se trata, pues, de un pacto tácito cuya vigencia dependerá de los resultados. Si todo va viento en popa, los acusados de corrupción, excepción hecha de algunos “emblemáticos” elegidos para servir de chivos expiatorios, se saldrán con la suya. Pero si un gobierno no logra satisfacer las expectativas, por lo común exageradas, que él mismo ha estimulado, quienes se sienten defraudados no tardarán en pedirles a sus integrantes devolver lo presuntamente robado. Puesto que han fracasado virtualmente todos los gobiernos nacionales, es normal que, al aproximarse el final de un mandato, proliferen las denuncias de corrupción y comiencen a actuar más fiscales y jueces, incluyendo a algunos que hasta entonces parecieron reacios a arriesgarse hurgando en asuntos que afectaban a miembros del gobierno. He aquí la razón por la que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus allegados siguen insistiendo en que el “proyecto” con el que están comprometidos es irreversible. Tienen que hablar así porque, de lo contrario, no podrían justificar, en el contexto del código de valores imperante en el mundo político nacional, la acumulación por parte de la familia presidencial de un patrimonio cuya magnitud es desconocida pero que, según algunos, se mide en miles de millones de dólares. Sin embargo, aunque es comprensible que los kirchneristas quisieran convencerse de que, a pesar de la inflación, la recesión, la pobreza en aumento, el aislamiento financiero y todo lo demás, su gestión ha sido positiva, las consecuencias para el país de su voluntad de continuar gobernando como si su ciclo apenas hubiera comenzado, mandando al Congreso un proyecto de ley tras otro para que la mayoría automática los aprobara, no podrán ser buenas. Así lo entienden los dirigentes de agrupaciones opositoras como el Pro, la UCR y el Frente Renovador del diputado Sergio Massa que ya han advertido que, en cuanto tengan la oportunidad, derogarán o revisarán leyes recién aprobadas como las de Hidrocarburos, Abastecimiento, el Código Civil y las vinculadas con las normas procesales. Dan por descontado que el activismo legislativo del oficialismo se debe más a la voluntad de Cristina de mostrar que su poder no se ha reducido y también, desde luego, de prepararse para enfrentar, cuando estén en el llano, una ofensiva judicial aún más fuerte que la que ya está en marcha. Si no fuera por la gran preocupación que, sin duda alguna, siente una presidenta que se ve acorralada por denuncias impactantes que incidirán en su futuro personal y aquel de sus familiares, el gobierno que ella domina procuraría colaborar con las agrupaciones opositoras para asegurar que la transición sea lo menos traumática posible. Sería de su propio interés y, huelga decirlo, aquel del país, que sus sucesores recibieran una “herencia” manejable. Aun cuando los kirchneristas siguieran tomando en serio su propio “relato” setentista, entenderían que no les convendría dejar el poder en medio de una crisis económica fenomenal que, tal y como están las cosas, ya parece inevitable. Pero, claro está, dicha alternativa les parece inaceptable porque se creen obligados a continuar dando a entender que todas las arbitrariedades que han cometido en el transcurso de los últimos once años se han debido a su voluntad de impulsar cambios encaminados a hacer de la Argentina un dechado de justicia social inclusiva. Para ellos, será una cuestión de orgullo, de amor propio, de aferrarse a la noción de que en verdad no sean corruptos hipócritas, como dicen los partidarios de la moral burguesa, sino idealistas que subordinaron todo al bienestar nacional y popular. Hasta la reelección triunfal de Cristina en octubre del 2011, la mayoría pareció avalar las pretensiones oficiales en tal sentido, pero, desgraciadamente para los kirchneristas, desde entonces tanto ha cambiado que sólo cuentan con el apoyo de una minoría que propende a achicarse cada vez más.
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