Ideas erróneas

Por Redacción

Para el presidente Néstor Kirchner todo es bastante sencillo: «No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos», obviedad ésta con la que nadie discreparía pero que parece basarse en un planteo equivocado, el de que la depauperación de la mitad de la población del país se debió principalmente a la voluntad de gobiernos anteriores de subordinar los intereses de sus compatriotas más vulnerables a aquellos de los ricos acreedores extranjeros. Por supuesto que no fue exactamente así. El aumento realmente vertiginoso de la pobreza, para no hablar de la indigencia, que se produjo en el transcurso de la gestión de Eduardo Duhalde fue en buena medida consecuencia del default festivo declarado por su antecesor, el entonces presidente Adolfo Rodríguez Saá, que se las arregló no sólo para defraudar a quienes habían comprado bonos de nuestra deuda, sino también para advertir a los tentados a invertir en el país de que, lejos de ver respetados sus derechos, podrían ser tratados como especuladores enemigos que merecerían ser despojados en nombre del pueblo. Si bien Kirchner no parece compartir la idea de que la implosión de la economía argentina haya sido obra de acreedores desalmados, al hablar como si creyera que los interesados en minimizar sus pérdidas están pidiendo más hambre y exclusión brindó la impresión de estar buscando un pretexto para negarse a procurar negociar una salida del impasse actual.

El flamante gobierno de Kirchner, como los anteriores, se encuentra frente a una paradoja: cuanto más dispuesto esté a pagar las deudas del país, más probable será que quienes operan en los mercados internacionales lleguen a la conclusión de que la Argentina sí ha cambiado y que les convendría arriesgarse, de esta manera suministrándonos los recursos imprescindibles para cualquier lucha contra «el hambre y la exclusión». En cambio, si por motivos de política interna o de convicciones ideológicas Kirchner insiste en hacer gala de su intransigencia, más reacios serán a suponer que el país ha aprendido algo de la experiencia de los dos años últimos y menos propensos serán a considerar las eventuales ventajas de invertir, lo que reduciría la posibilidad de que la recuperación resulte lo bastante fuerte como para incidir en el nivel de vida de millones de hambrientos y excluidos. No es una cuestión de elegir entre los argentinos pobres por un lado y los acreedores extranjeros crueles por el otro porque en última instancia ambos sectores quieren la misma cosa: una Argentina que por fin se haya convertido en un «país normal» que esté en condiciones de manejar sus deudas y por lo tanto no tenga ninguna necesidad de negociar perdones con el Fondo Monetario Internacional o de tratar de hacer valer su propia debilidad, «amenazando» a los demás con crisis todavía más atroces a menos que acepten entregarle dinero o, lo que es lo mismo, se resignen a perder la mayor parte de los montos ya entregados.

Igualmente contradictoria es la actitud de Kirchner hacia el manejo de las cuentas nacionales. Aunque se afirma partidario del principio que fue reivindicado repetidamente por Margaret Thatcher, hija de un almacenero que solía referir al consejo de su padre de «cumplir la sabia regla de no gastar más de lo que entra», también se pronuncia contra «los ajustes», contrasentido que según parece no le preocupa mucho. Sin embargo, si el presidente está sinceramente decidido a erigirse en un dechado de rectitud fiscal tendrá forzosamente que «ajustar» en algunos ámbitos, desgracia que sin duda será aprovechada por sus adversarios. Sucede que tanto aquí como en todos los demás países del mundo, un mandatario responsable no tiene más opción que la de impedir que sus propios subordinados y gobernadores locales gasten demasiado, lo que, huelga decirlo, significa que con frecuencia tendrá que obligar a los más entusiastas a conformarse con lo que el Estado esté en condiciones de permitirles, o sea, a «ajustar». Desafortunadamente, el problema no es sólo semántico: por haber adquirido la palabra «ajuste» una carga simbólica tan pesada, su uso excesivo ya ha contribuido mucho a agravar nuestras dificultades y con toda seguridad perjudicará al gobierno encabezado por Kirchner.


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