Impuestos o muerte
El que el presidente de la República se haya creído constreñido a dirigirse al país por la cadena nacional de radio y televisión para explicarle a la ciudadanía que los impuestos realmente son necesarios, como si se tratara de una novedad revolucionaria, puede tomarse por un síntoma alarmante del estado de la sociedad argentina actual. La Argentina corre peligro de disgregarse no por el accionar de un movimiento político «subversivo» o la presión extranjera, sino porque las personas que en última instancia la conforman sólo se sienten miembros de la misma comunidad cuando juega la selección nacional de fútbol. Tiene razón Fernando de la Rúa al señalar que la evasión impositiva refleja la convicción generalizada de que no se puede confiar en nadie pero que «si ninguno de nosotros cree en ninguno de nosotros, este país desaparece», porque no es concebible uno en el que tanto los individuos como los distintos sectores nieguen tener responsabilidad alguna por el destino de los demás.
¿Ya hemos llegado a este extremo? Es evidente que el presidente cree que sí, motivo por el cual su discurso en torno de los impuestos se vio salpicado de advertencias casi apocalípticas. Con todo, no parece entender que no le será posible modificar la situación a menos que tome medidas realmente severas contra aquellos que además de dar la espalda a los demás violan las leyes existentes. Para empezar, el gobierno tendrá que asegurar que los grandes evasores vayan directamente a la cárcel luego de un proceso que, a diferencia de los tradicionales, no se prolongue durante lustros como si la lentitud de por sí garantizara la justicia. Por supuesto, este destino ha sido previsto para los grandes evasores desde hace muchísimos años, pero hasta ahora el único que efectivamente ha sido puesto entre rejas ha sido el ex secretario de Turismo menemista Omar Fassi Lavalle. ¿A qué se debe esta anomalía absurda? Sin duda a que legisladores y jueces, además de trabajar a un ritmo más apropiado para el siglo XIX español que para el siglo XXI argentino, propenden a considerar la evasión una mera travesura y por lo tanto son reacios a dar a las autoridades las armas que les permitirían combatirla con eficacia.
Como De la Rúa entiende muy bien, la prédica antiimpositiva puede ser perversa, pero así y todo se basa en mucho más que el egotismo sin límites que es la característica de tantos grupos. No es fantasioso creer «que en este país los impuestos siempre han ido a parar a los bolsillos de unos pocos», o sea, a aquellos de políticos, sindicalistas y sus amigos empresarios. No sólo es cuestión de corrupción en el sentido corriente de la palabra. Aquí, los ingresos de los legisladores, sobre todo en las provincias más pobres, son asombrosamente elevados, lo mismo que los fondos que despilfarran según criterios clientelistas. Pues bien: es comprensible que a muchos ciudadanos que distan de ser ricos no les guste en absoluto verse despojados en beneficio de un sector que, a juzgar por los resultados concretos, podría incluirse entre los más ineficientes del planeta entero. En efecto, aunque la evasión masiva no constituyera un problema, al país le convendría reducir drásticamente los costos de mantener funcionando las instituciones políticas para que guardaran cierta relación con los habituales en las democracias más prósperas de América del Norte, Europa y Oceanía.
Los países viables se mantienen cohesionados gracias a un contrato tácito entre los gobernantes y la ciudadanía. En la Argentina, la mayoría parece haber llegado a la conclusión de que «los políticos» en su conjunto -ya no se trata de los líderes de un partido determinado sino de toda «la clase política»- han elegido desconocer el acuerdo para dedicarse a enriquecerse y a repartir privilegios entre sus amigos y familiares, de forma que tiene el derecho a actuar de la misma manera, repudiando sus obligaciones hacia la sociedad y de este modo contribuyendo a destruirla. De la Rúa quiere que los ciudadanos confíen en él y que lo muestren pagando sus impuestos a fin de revertir esta tendencia nefasta, pero por desgracia le será necesario ofrecerles mucho más que palabras para convencerlos de que «les habla con la verdad».