Indignidad
COLUMNISTAS
La muerte del fiscal Nisman ha conmovido a la República. La hipótesis del suicidio no convence a nadie, ni siquiera a los comprometidos a sostenerla. La falta de residuos de pólvora en la mano del extinto y todas las demás circunstancias que rodearon el lamentable hecho son contundentes y de muy difícil refutación.
Pero, más allá de la gravedad del hecho individual, el marco que lo encuadra es lo que debe avergonzar más a la República. Se está hablando del encubrimiento de nada menos que del crimen más horrendo producido en el país, un asesinato colectivo de cientos de personas por motivos de odio racial; después de años de investigación, la única pista más o menos creíble que la Justicia argentina encontró acusa precisamente al país con el que nuestro gobierno acuerda un tratado insólito para colaborar en la investigación… tratado que nuestro Poder Legislativo aprueba con las mayorías incondicionales que nos vemos obligados a padecer y que hasta ahora están pidiendo por favor que aprueben los cofirmantes, a pesar del tiempo transcurrido desde la suscripción. A más de la actitud genuflexa demostrada (entre enfáticas declaraciones de soberanía), tal parece ser un proceso encaminado a encubrir o dificultar la investigación.
Resulta difícil justificar la decisión, ni aun por las supuestas ventajas económicas para el país o las políticas para el gobierno, de que la víctima pacte con el imputado como agresor y después se canse de pedirle por favor que ratifique el pacto. Es probable que ellos lo encuentren divertido.
Solamente aquellos guiados en forma manifiesta o larvada por la barbarie antisemita pueden dejar de reconocer que el atentado a la AMIA fue a la vez contra la Argentina y contra nuestro pueblo, dentro de cuya comprensión caben, afortunadamente, todas las confesiones religiosas y todas las razas.
Y ¿qué decir de la mayoría regimentada de incondicionales y obsecuentes legisladores que ratificaron ese indigno pacto? Se acostumbraron a aceptar órdenes y a no pensar por sí mismos a cambio de determinadas ventajas que todos sabemos temporales, aun ellos mismos, y estarán, con muy pocas excepciones, dispuestos a cambiar de camiseta en favor del próximo mandamás, tal como lo hicieron, sin vergüenza alguna y obviamente sin remordimientos, cuando cesó el presidente Menem, a quien con igual obsecuencia sirvieron y hoy denuestan.
Hace 80 años la Argentina era el país líder de Sudamérica, por su desarrollo económico, la pujanza de su clase media, su excelente sistema educativo y la alfabetización de su pueblo. Desde entonces, con tenacidad digna de mejor causa, sin pausa y sin prisa, se perseveró en el desgobierno, la insensatez, la improvisación y la corrupción, llegando, como es lógico, a la postración en que nos encontramos. Solamente con prolijidad y sin genialidades, Brasil hace muchos años que nos superó, Colombia y Chile lo han hecho más recientemente y Perú puede ser el próximo. Y en el camino se perdió también la dignidad.
FÉLIX E. SOSA
Abogado
FÉLIX E. SOSA