Inflación castrense
A las Fuerzas Armadas les falta dinero, equipamiento y doctrinas apropiadas para los tiempos que corren, a menos que uno incluya la propuesta por el jefe del Ejército, el teniente general César Milani, de ponerlas al servicio del proyecto supuestamente “nacional y popular” de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Con todo, si bien a causa de tales deficiencias las Fuerzas Armadas están virtualmente paralizadas, lo que no les falta son espadones. Aunque el Ejército cuenta con menos soldados rasos que en otras épocas –17.000 frente a los 72.400 que había en 1983–, la merma así supuesta no ha impedido que aumentara el número de generales. Por el contrario, ya suman 55. Pero la inflación no se limita al generalato. Según informa el Centro Nueva Mayoría, una consultora que se especializa en temas militares, mientras que en nuestro país hay en efecto un oficial cada tres soldados, en Brasil hay uno cada ocho, en Chile uno cada nueve y en Colombia uno cada 23. O sea: hay una sobrepoblación de caciques. La proliferación de generales que ha sido impulsada por Milani, con el apoyo decidido de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tendría sentido si se planeara reintroducir pronto el servicio militar obligatorio, pero no existen motivos para suponer que el gobierno haya pensado en volver el reloj atrás a 1994, cuando el entonces presidente Carlos Menem logró mejorar su imagen aboliendo la colimba. Parecería que tantos uniformados han ascendido en el escalafón castrense sólo porque es mucho más barato premiarlos así de lo que sería gastar dinero en la materia militar costosa que necesitaría el Ejército para ponerse al día. A pesar de una década en que el gobierno nacional ha hecho de las Fuerzas Armadas el blanco de una campaña de propaganda antimilitar virulenta, para los oficiales de carrera es mucho más prestigioso ser general que coronel, aun cuando los así designados siguieran cumpliendo las mismas tareas. Puede suponerse, pues, que Milani y Cristina han llegado a la conclusión de que los ascensos casi colectivos que han dispuesto les servirán para congraciarse con subordinados que de otro modo protestarían contra la politización flagrante de las Fuerzas Armadas por parte de los kirchneristas. Para sorpresa de nadie, una proporción significante de los generales flamantes proceden de la misma área que Milani, la de Inteligencia que, en el mundillo militar, suele tener menos que ver con el intelecto que con la acumulación de información acerca de las actividades ajenas. Puesto que en nuestro país los militares tienen prohibido por ley el espionaje interno, sería de suponer que los generales que se formaron en Inteligencia se dedican a hurgar en los asuntos de sus homólogos de los países vecinos o, en el caso de los más expertos, en lo que está ocurriendo en lugares más alejados. ¿Es así? Pocos lo creerán. Lo más probable es que los militares se hayan mofado de las barreras legales erigidas para salvaguardar el sistema democrático para continuar investigando a quienes a su entender son subversivos, además, claro está, de recabar información que un día podría resultarles útil sobre la vida de políticos, sindicalistas y empresarios. La voluntad de Cristina de invertir una parte importante de su capital político en Milani ha motivado mucha especulación. ¿Le vale más el respaldo que el teniente general estaría en condiciones de brindarle que “la política de los derechos humanos” que durante años fue una de sus banderas principales? Por lo demás, no puede sino entender que las dudas suscitadas por el nivel de vida acomodado del jefe del Ejército podrían afectar a un gobierno tan notoriamente corrupto como el suyo. Así y todo, la presidenta eligió apoyarlo, acaso por prever que, al entrar el país en una etapa sumamente difícil, le convendría contar con la colaboración de las Fuerzas Armadas, ya que, desde su punto de vista, tanto la Policía como la Gendarmería distan de ser confiables. De ser así, Cristina se habrá sentido tentada por la idea de que los hasta hace poco despreciados militares desempeñen en la Argentina un papel parecido a aquel de sus homólogos en la Venezuela chavista, donde, guiados por asesores cubanos, constituyen el brazo armado de la cada vez más surrealista “revolución bolivariana”.