Iniciativa cuestionable

A menos que el grueso del peronismo lo respaldara, la candidatura de Cavallo a vicepresidente socavaría sus esfuerzos por reactivar la economía, al obligar a sus rivales a criticar su gestión con vehemencia.

Redacción

Por Redacción

Puesto que, ya antes de volver al Ministerio de Economía que había abandonado luego de un conflicto con el entonces presidente Carlos Menem, Domingo Cavallo había planteado la conveniencia de convocar a elecciones nacionales para llenar el espacio que había dejado Carlos «Chacho» Alvarez, ofreciéndose él mismo para el cargo vacante, podría considerarse bastante lógica la idea de los delarruistas que quisieran que en octubre la ciudadanía tuviera una oportunidad para consagrarlo vicepresidente de la Nación. Podrían señalar que, siempre y cuando Cavallo triunfe, se solucionarían los problemas supuestos por la ausencia de una persona debidamente elegida que en determinadas circunstancias pudiera suceder a Fernando de la Rúa. Si bien siempre es de esperar que el vicepresidente nunca se vea llamado a reemplazar a su jefe formal, es claramente mejor que si el presidente queda incapacitado u opta por renunciar la sucesión fuera automática y no que se produjeran discusiones en cuanto a su legitimidad.

Pero, obvio es decirlo, los impulsores de esta alternativa no pensaban en restaurar la normalidad constitucional que fue rota por Alvarez. Lo que querían hacer era aprovechar el prestigio de Cavallo que como aspirante a la vicepresidencia podría arrastrar a muchos a votar por otros candidatos aliancistas y fortalecer a De la Rúa que, en su opinión por lo menos, sería la figura dominante del binomio hipotético. ¿Estarían en lo cierto? De acceder Cavallo a la vicepresidencia resultaría inamovible, lo cual podría ser muy bueno para el país, pero no serviría para aumentar el poder de De la Rúa, hombre cuya fragilidad reciente se ha debido menos a lo precaria que es su base de sustentación que al hecho de que sea un político que vive obsesionado por el fuego fatuo del «consenso». En cuanto a otro objetivo de los partidarios de la iniciativa, el de impedir que el eventual senador Raúl Alfonsín llegara a ser presidente interino, se trataría de una manera un tanto pusilánime de alejar al archienemigo del «neoliberalismo» de la Casa Rosada: si los delarruistas le temen tanto, deberían luchar contra su influencia en el seno de la Unión Cívica Radical, convenciéndolo de que por muchos motivos ya es hora de que finalmente se jubile de la política activa.

Al país le convendría contar con un vicepresidente y, de ser éste Cavallo, los beneficios para el gobierno serían evidentes, sobre todo si su presencia ayudara a hacerlo más coherente y menos propenso a dejarse asustar por los esporádicos ataques alfonsinistas, pero a esta altura las ventajas para el propio Cavallo no serían tan claras. Por el contrario, a menos que el grueso del peronismo también decidiera respaldarlo, su candidatura socavaría sus esfuerzos por reanimar la economía nacional, porque los comprometidos con sus rivales se verían constreñidos a criticar su gestión con la vehemencia electoralista que es habitual en todas las latitudes. En vista de que las campañas electorales son intrínsecamente divisivas, a Cavallo no le sería posible mantenerse fiel a su estrategia de actuar como un líder independiente apoyado no sólo por sectores aliancistas determinados, sino también por muchos peronistas y dirigentes de agrupaciones provinciales.

Antes de estallar la crisis política que fue resuelta por su incorporación al gobierno, Cavallo pudo apostar a una elección vicepresidencial por considerarla una forma acaso heterodoxa pero aun así promisoria de obligar a la Alianza a modificar su manejo poco feliz de la economía del país. Ya que es un «superministro» pertrechado de poderes especiales, no le es necesario intentar utilizar una vía de acceso que le pareció apropiada en las semanas que siguieron a la renuncia de Alvarez y la situación económica se empeoraba día a día. Asimismo, si bien es comprensible que a los delarruistas más fervorosos no les guste demasiado la situación actual en la que a juicio de muchos Cavallo es el socio mayor de una empresa conjunta, se trata de una realidad que es con toda seguridad preferible a aquella que enfrentarían si el ministro perdiera las elecciones que tienen en mente, fuera a raíz de sus propios errores o, peor, porque los votantes aprovecharan la oportunidad para subrayar su disconformidad con la gestión del presidente mismo.


Puesto que, ya antes de volver al Ministerio de Economía que había abandonado luego de un conflicto con el entonces presidente Carlos Menem, Domingo Cavallo había planteado la conveniencia de convocar a elecciones nacionales para llenar el espacio que había dejado Carlos "Chacho" Alvarez, ofreciéndose él mismo para el cargo vacante, podría considerarse bastante lógica la idea de los delarruistas que quisieran que en octubre la ciudadanía tuviera una oportunidad para consagrarlo vicepresidente de la Nación. Podrían señalar que, siempre y cuando Cavallo triunfe, se solucionarían los problemas supuestos por la ausencia de una persona debidamente elegida que en determinadas circunstancias pudiera suceder a Fernando de la Rúa. Si bien siempre es de esperar que el vicepresidente nunca se vea llamado a reemplazar a su jefe formal, es claramente mejor que si el presidente queda incapacitado u opta por renunciar la sucesión fuera automática y no que se produjeran discusiones en cuanto a su legitimidad.

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