Inoportuno, como siempre

Un gobierno del tipo imaginado por Alfonsín no tendría razón de ser, a menos que se propusiera respaldar un programa económico duro

Por Redacción

Como si el gobierno del presidente Fernando de la Rúa ya no tuviera bastantes problemas, el caudillo vitalicio de la UCR, Raúl Alfonsín, se las ha ingeniado para darle otro más planteando la conveniencia de sustituirlo cuanto antes por otro de «unidad nacional» que sería consensuado con distintas fuerzas políticas, sindicales y empresarias. Por supuesto que esta nueva idea del ex presidente no cayó del todo bien en el gobierno efectivamente existente: si bien ciertos integrantes han pensado en modificarlo, los cambios que tienen en mente supondrían el alejamiento definitivo de Alfonsín. Tampoco ha motivado demasiado interés entre los peronistas. Puede que a los sindicalistas y a aquellos empresarios con tiempo libre suficiente como para participar en organizaciones a su entender representativas les haya gustado la propuesta pero, a menos que el PJ la cohoneste, serán escasas las posibilidades de que llegue a prosperar.

Aunque desde el punto de vista de su autor este nuevo «aporte» ha resultado provechoso al permitirle acercarse al centro del escenario, desde aquel del país en su conjunto su valor es nulo por basarse en la «concertación», modalidad que ha sido intentada en docenas de ocasiones en las que ha resultado ser peor que inútil. Que éste haya sido el caso es lógico. Como Alfonsín sin duda entiende muy bien, el propósito de la concertación corporativa consiste precisamente en fortalecer el statu quo. Puesto que los obsesionados por lograrlo siempre lo han reivindicado en momentos en que la necesidad de cambios profundos ha sido patente, los esfuerzos reiterados por conseguir «la unidad nacional» convocando a los firmemente identificados con los intereses creados más poderosos han contribuido enormemente a frenar la evolución del país.

De todos modos, a esta altura un gobierno del tipo imaginado por el ex presidente Alfonsín no tendría ninguna razón de ser, a menos que se propusiera respaldar un programa económico sumamente duro, mostrando a la ciudadanía que cuenta con el pleno apoyo de virtualmente todo el liderazgo político, sindical y económico. Sin embargo, nadie ignora que lo que Alfonsín quiere no es impulsar el «plan de déficit cero» ni nada parecido sino, por el contrario, frustrarlo, reemplazándolo por una lucha general contra los ajustes. De más está decir que una estrategia de esta clase, basada en la noción un tanto surrealista de que el pueblo unido nunca será derrotado por «los mercados», sería suicida. Por cierto, no convencería a los banqueros locales y extranjeros a prestarle al Estado el dinero que le permitiría postergar el ajuste algunos días. Antes bien, serviría para convencer a los ya persuadidos de que la Argentina no tiene remedio de que, dadas las circunstancias, no les queda más alternativa que la de dejarla caer en «default».

Es fácil entender que Alfonsín no ha querido darse por vencido y sería absurdo criticarlo por su fidelidad a sus opiniones de antes, aunque éstas difícilmente podrían estar más anticuadas. El que durante toda la gestión de De la Rúa haya desempeñado un papel nefasto, provocando crisis tras crisis al ponderar las presuntas ventajas de una devaluación o reclamando el aumento del gasto público justo cuando el país se encontraba sin crédito, se debe al consentimiento de sus correligionarios que, herederos de una tradición caudillista, nunca han comprendido que a todos los grandes partidos del mundo les conviene renovar periódicamente la conducción, jubilando con todos los honores a aquellos líderes cuyo ciclo ya ha terminado. En política suelen resultar muy peligrosos los ex mandatarios que se niegan a dar un paso al costado, sobre todo si, como en este caso, han protagonizado fracasos impresionantes y por lo tanto se sienten obligados a borrarlos de la memoria colectiva emprendiendo iniciativas ambiciosas nuevas. En las democracias maduras, los partidos serios saben mantener a raya los riesgos así planteados marginando a tales «caudillos» aun cuando hayan sido incomparablemente más exitosos que Alfonsín pero, como los acontecimientos recientes nos han recordado, tendrá que transcurrir mucho tiempo más antes de que la Argentina pueda incluirse en dicha categoría.