Intereses opuestos

La Argentina y el Brasil saben que sería un grave error que las diferencias entre ambos países, por cuestiones políticas o económicas, se transformen en conflictos.

Redacción

Por Redacción

Aunque el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini y su homólogo brasileño Celso Lafer están resueltos a minimizar las diferencias entre los dos socios principales del Mercosur, las declaraciones cuidadosamente vagas que ambos formularon en el curso de sus reuniones recientes en Buenos Aires no pudieron disimular el hecho de que sus respectivas estrategias difícilmente podrían ser más divergentes. Por cierto, es inútil fingir creer que la eventual creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que está impulsando el presidente estadounidense George W. Bush sea compatible con el Mercosur, o que sea posible negociar la integración de la Argentina en ella «profundizando» éste. Como entienden muy bien tanto el presidente Fernando de la Rúa como su equivalente brasileño Fernando Henrique Cardoso, la consolidación del ALCA presupondría la virtual eliminación de las barreras proteccionistas que, desde el punto de vista brasileño, constituyen la razón de ser del pequeño mercado común sudamericano. Si bien existen otros factores – el Mercosur podría servir para promover el intercambio cultural y en ocasiones es útil como un foro en donde discutir cuestiones vinculadas con la ecología – no pesan mucho en el pensamiento de los dirigentes nacionales actuales.

Igualmente distintas han resultado ser las posturas de los dos países frente a asuntos como la violación de los derechos humanos por parte de la dictadura cubana, con los brasileños aseverándose en favor de la abstención «tradicional» en la reunión de la ONU en la que la Argentina podría manifestar su desaprobación de la conducta de los gobernantes de la isla, y la decisión de Canadá de prohibir la importación de carne brasileña por temor al mal de la «vaca loca»: por motivos patentes, a nuestro país no le convendría dar la impresión de no tomar demasiado en serio un problema que está sembrando pánico en Europa, reduciendo drásticamente el consumo de carne vacuna. Sin embargo, de averiguar una comisión fitosanitaria enviada por Estados Unidos, Canadá y México que no hay indicios del mal en el Brasil, la Argentina podría agregar su firma a una nota mercosureña contraria a la acusación original que, claro está, carecería de importancia.

Por debajo de las fórmulas diplomáticas melifluas, pues, las diferencias entre los dos países son tan grandes que sería un tanto absurdo afirmar que la Argentina y el Brasil estén siguiendo el mismo camino. Por el contrario, últimamente las contradicciones han sido más notables que las coincidencias, lo cual, dadas las circunstancias, es natural y no debería ser motivo de preocupación: si hay algo que los gobiernos de ambos países comparten, es la conciencia de que sería un grave error permitir que las diferencias se transformen en conflictos. También lo sería que nuestro gobierno – o el brasileño – modificara su posición sin otro propósito que aquel de complacer al vecino. Por ahora cuando menos, los intereses argentinos y brasileños no pueden considerarse idénticos, pero el intercambio de notas de protesta no ayudaría a solucionar o a atenuar las discrepancias.

De éstas, la principal tiene que ver con el futuro del Mercosur que, lo reconozca o no el canciller, se vería seriamente amenazado si llegara a prosperar el ALCA. Mientras que el Brasil sigue apostando al proteccionismo – su economía es considerada la más cerrada del mundo -, la Argentina se ha convertido en defensora firme del comercio libre, criticando con vehemencia las prácticas egoístas de la Unión Europea y los Estados Unidos que al trabar nuestras exportaciones agrarias han contribuido mucho a frenar el crecimiento de la economía, de ahí el interés del gobierno por el ALCA que, siempre y cuando avanzara más allá de la etapa verbal, podría ofrecernos una vía de acceso a mercados incomparablemente más lucrativos que el supuesto por el Mercosur, es decir, por el Brasil. Esta diferencia fundamental se eliminaría si el gobierno brasileño optara por una apertura auténtica, equiparable con la emprendida por Chile, pero en tal caso el Mercosur en su estado actual dejaría de tener sentido por constituir un bloque de dimensiones económicas demasiado modestas como para brindar a sus miembros ventajas realmente significantes.


Aunque el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini y su homólogo brasileño Celso Lafer están resueltos a minimizar las diferencias entre los dos socios principales del Mercosur, las declaraciones cuidadosamente vagas que ambos formularon en el curso de sus reuniones recientes en Buenos Aires no pudieron disimular el hecho de que sus respectivas estrategias difícilmente podrían ser más divergentes. Por cierto, es inútil fingir creer que la eventual creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que está impulsando el presidente estadounidense George W. Bush sea compatible con el Mercosur, o que sea posible negociar la integración de la Argentina en ella "profundizando" éste. Como entienden muy bien tanto el presidente Fernando de la Rúa como su equivalente brasileño Fernando Henrique Cardoso, la consolidación del ALCA presupondría la virtual eliminación de las barreras proteccionistas que, desde el punto de vista brasileño, constituyen la razón de ser del pequeño mercado común sudamericano. Si bien existen otros factores - el Mercosur podría servir para promover el intercambio cultural y en ocasiones es útil como un foro en donde discutir cuestiones vinculadas con la ecología - no pesan mucho en el pensamiento de los dirigentes nacionales actuales.

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