Jesús
Por Carlos Fuentes
He recibido numerosas cartas -muchas de acuerdo, muchas también de desacuerdo- con motivo de mi artículo, «México, Roma y un matrimonio legal», publicado en Reforma el pasado 6 de julio. Hay algo que me llama la atención en las cartas críticas. Todas rechazan, en nombre de la fe, mi posición agnóstica. Pero la mayoría critica, sobre todo, mi crítica al Estado Vaticano. Lo que parece quedar fuera de la discusión es, para mí, lo más importante. Es la figura de Jesús y su presencia viva entre (o quizás sobre todo entre) los agnósticos y los que se atreven a separar la institución clerical de la figura de Jesús.
No quiero pasar por alto, precisamente, un fenómeno que distinguió a una parte de la cultura contemporánea. El temperamento religioso sin fe religiosa. Lo encarnan artistas como el cineasta español Luis Buñuel y el sueco Ingmar Bergman; escritores como el argelino-francés Albert Camus. Pero también los intelectuales con fe, pero una fe puesta en cuestión, no aceptada pasivamente sino debatida a fin de profundizarla. Es el caso del novelista británico Graham Greene y de los franceses Francois Mauriac y Georges Bernanos. Hay, en fin, los teólogos que no aceptan las verdades recibidas y los lugares comunes del cristianismo de manera sumisa y piadosa, sino que los sujetan a examen. Pienso en los teólogos protestantes Hans Kuhn y Paul Tillich y en el sacerdote católico brasileño Leonardo Boff, expulsado por dudar y debatir. Para mí nadie encarna mejor lo que trato de decir que la filósofa francesa Simone Weil, judía conversa al cristianismo, para la cual Jesucristo es el Dios extranjero, el Dios otro, el Dios escondido, el Dios trascendente de los Evangelios. La búsqueda de Cristo, más que su aceptación a ciegas, es la nota común de estos ejemplos que doy, iluminados acaso por la profunda sabiduría de Pascal cuando pone en boca de Cristo estas palabras: «Si no me hubieras encontrado, no me buscarías».
Esta búsqueda y, en medida pareja, esta presencia, es lo que animó mi artículo en Reforma y lo que, mayoritariamente, quedó fuera de las cartas dirigidas a la redacción del periódico. Quisiera abundar en el tema. Una distinguida lectora me pide que, si soy ateo, deje a los creyentes en paz. Ellos no se meten con mi agnosticismo. No puedo seguir, sin embargo, un consejo inspirado, sin duda, por la buena voluntad. ¿Por qué? Porque para mí, ateo, Jesús es una presencia, conflictiva, pero real. ¿No es éste el triunfo de Cristo, que nos importe tanto a los que no pertenecemos a ninguna grey religiosa? ¿No es éste el pronóstico del destino de Jesús en las sociedades modernas -a menos que lo frustren, una vez más, los fariseos, los sepulcros blanqueados, los beatos con orejeras, los que arrojan la primera piedra?
Busco en vano un personaje histórico más completo. Las figuras que con paso más recio han cruzado el escenario del tiempo carecen, por su intensa actividad externa, de la dimensión espiritual interna de Jesús. Los místicos mismos, dada la intensidad de su vida interior, no poseen el lugar en la plaza que ocupa Jesús como ser histórico activo. La singularidad de Jesús es que la permanencia, fama o valor de su obra nacen de la oscuridad y el anonimato. Nada, ni los Evangelios, ni San Pablo, ni la mismísima Iglesia Romana, pueden arrebatarle a Jesús su condición de hombre humilde, desprovisto de poder, desnudo de lujos, que gracias a su humildad y pobreza se convirtió en el más poderoso símbolo de la salvación humana.
De todas las interpretaciones en torno de la personalidad de Jesús, la que más me atrae es la que se fija en el hombre que vivió entre los hombres y aquí, en la Tierra, dio las pruebas más serias y perdurables de lo que significa ser humano entre los humanos. Jesús como núcleo activo de las posibilidades y contradicciones humanas es para mí el más constante y entrañable de los Cristos. El hombre que predica simultáneamente la inocencia y la bondad, pero también la furia activa contra los fariseos y los mercaderes del templo. El Jesús que nos pide «dar la otra mejilla» y el que dice traer la guerra y no la paz. El Jesús que pide «dejad que los niños vengan a mí» y el que nos urge abandonar padre y madre para actuar en el mundo.
Esta es la fuerza incomparable de Jesús. Desde la pobreza, la humildad y el anonimato, predica algo más que la salvación del mundo. Predica la salvación en el mundo. Nos ofrece un mundo como oportunidad de salvación, no como tierra condenada fatalmente al mal. La vida eterna, así concebida, es en realidad una dimensión espiritual del deseo humano. La prédica ultraterrena de Jesús se desvanece frente al poder de su ejemplo terreno. Este es un hombre que lleva a su más alto estadio la aspiración humana como manera de vivir juntos, prestarnos atención unos a otros, no transigir con la hipocresía, el fariseísmo y el simonismo que al cabo mancharon a la Iglesia creada en su nombre.
La contingencia de Jesús es su grandeza. Su vida secreta y oscura es la condición de su eternidad. Su contacto personal es con los más indignos y los más incrédulos. No le predica a los convencidos. No dogmatiza. Sus contradicciones mismas se lo impiden. Porque actúa en el tiempo, Jesús nos empuja a creer en el tiempo. Hay en sus palabras una extraordinaria fe temporal, pues aun cuando la eternidad aparezca como horizonte de sus palabras, es el futuro humano la meta del discurso de Cristo. La fe de Jesús es una exigencia para que trabajemos en el mundo. El cielo de Jesús es la solidaridad con el prójimo, no un empíreo celeste. El infierno de Jesús es la injusticia en la Tierra, no un averno profundo en llamas. Lo que Jesús extiende a la vida eterna son los valores de la vida en el mundo. La metáfora misma de la resurrección es la manera de decirnos que estamos obligados a completar la vida, no sólo a continuarla, y que la continuidad de la vida a pesar de la muerte es la realidad de la vida eterna. La salvación está en el mundo. El infierno está en el mundo. Y el mundo se ha encargado de darle la razón a Jesús. Jesús no resucitó a los muertos. Resucitó a los vivos.
Dos mil años de traiciones no han logrado matar a Jesús. Qué poco duraron los imperios del mal, el Reich alemán destinado a un milenio según Hitler, el futuro comunista prometido por la burocracia soviética. ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?, preguntó con sorna Stalin. Pues muchas más que el Kremlin. Pero esos ejércitos de la fe cristiana existen a pesar de, no gracias a, la institución vaticana. Esta aprovecha, administra, pero no alcanza a apropiarse de la figura de Jesús, que constantemente rebasa a la Iglesia. Jesús es el perpetuo reproche a la Iglesia. Pero la Iglesia tiene que tolerar a Jesús para seguir siendo. Jesús se le escapa a la Iglesia porque se convierte en un problema para los que, como yo, estamos fuera de la Iglesia. A la caza de herejes e incrédulos, la Iglesia no ha podido reservarse a Jesús porque Jesús extiende los valores de la vida eterna a los valores de la vida en el mundo y allí se vuelve algo más que un frágil Dios que se hizo humano. Se convierte en el Dios cuya fuerza es su humanidad. Y es la humanidad de Cristo lo que lo mantiene vivo para una modernidad que puede tener temperamento religioso sin fe religiosa.
Simone Weil se pregunta, ¿se puede amar a Dios sin conocerlo? Y contesta: sí. Es la respuesta a la terrible pregunta de Dostoievsky: ¿se puede conocer a Dios sin amarlo? Ivan Kamarazov contesta: sí. Este es el dilema y sólo Jesús lo resuelve. Una persona no es Dios, pero Dios puede ser una persona. De allí que millones de hombres y mujeres crean en Jesús y sean su fuerza, más allá de las Iglesias y las clerecías. Jesús no resucita a los muertos. Resucita a los vivos. Y repito: Jesús es el corrector de pruebas de la vida humana.
He recibido numerosas cartas -muchas de acuerdo, muchas también de desacuerdo- con motivo de mi artículo, "México, Roma y un matrimonio legal", publicado en Reforma el pasado 6 de julio. Hay algo que me llama la atención en las cartas críticas. Todas rechazan, en nombre de la fe, mi posición agnóstica. Pero la mayoría critica, sobre todo, mi crítica al Estado Vaticano. Lo que parece quedar fuera de la discusión es, para mí, lo más importante. Es la figura de Jesús y su presencia viva entre (o quizás sobre todo entre) los agnósticos y los que se atreven a separar la institución clerical de la figura de Jesús.
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