Juegos riesgosos

De haberse aprobado el plan oficial hace una semana, los costos sociales hubieran sido menores.

Por Redacción

Aunque parecería que el grueso de la «clase política» nacional se ha resignado a que dadas las circunstancias al país no le queda otra opción que la de intentar ir hacia el déficit cero porque de lo contrario podría experimentar un desastre sólo comparable con el desatado por el gobierno del presidente Raúl Alfonsín al negarse por motivos ideológicos a hacer frente a la marejada hiperinflacionaria, son muchos los radicales, frepasistas y peronistas que se creen obligados a resistir lo inevitable hasta el último momento con el propósito ya de saldar algunas cuentas pendientes con Domingo Cavallo, ya de asegurarle al electorado que ellos personalmente no comparten la responsabilidad por las penurias por venir porque hicieron lo posible por defender al pueblo contra la furia de «los mercados». Puede que la actitud así asumida sea comprensible a la luz de las trayectorias populistas de tantos radicales y frepasistas y, en el caso de los senadores del Partido Justicialista, del hecho de que según las reglas del sistema vigente sean opositores y por lo tanto es lógico que se opongan a las iniciativas gubernamentales, pero nada de esto significa que tengan derecho a pasar por alto las probables secuelas para la sociedad de lo que están haciendo.

Por supuesto, si fuera meramente una cuestión de la voluntad de un dirigente determinado de diferenciarse de un gobierno que ha perdido el apoyo de los sectores que lo habían votado, las consecuencias de los alardes de principismo que están produciéndose y, tal vez, del respeto que sienten algunos por los trámites parlamentarios rutinarios, no serían demasiado graves. Sin embargo, al actuar de este modo buena parte de los integrantes del Senado, el resultado global de sus maniobras dilatorias ha sido sumamente negativo. Lejos de contribuir a suavizar el ajuste, las largas demoras han servido para garantizar que cuando finalmente se concreten las medidas necesarias los efectos sobre la población sean aún más penosos. Por cierto, de haberse aprobado el plan oficial hace una semana, los costos sociales hubieran sido menores de los que serían si recibiera el beneplácito del Senado mañana. Lo peor sería que por «solidaridad», cálculos electorales o rencor por los «agravios» sufridos en el curso del último año y medio, los senadores rehusaran avalarlo o insistieran en introducir modificaciones destinadas a desvirtuarla: si el Congreso no cohonesta el ajuste a tiempo, los «mercados» se encargarían de administrarlo de forma acaso muy desprolija si bien muy pero muy contundente.

A menos que los dirigentes actúen como tales, el país podría condenarse a años de indigencia. Para muchos peronistas, la tentación de exigirles a sus adversarios aliancistas actuar con sensatez ha resultado irresistible, lo cual es lógico, pero deberían entender que les convendría anteponer los intereses del país al deseo natural de humillar aún más a sus rivales ya aturdidos. Puesto que entienden perfectamente que reclamarles unidad, coherencia y responsabilidad es pedir peras al olmo, sabrán muy bien que al hacerlo están jugando con el futuro del país, aumentando el riesgo de que caiga en default no tanto por la resistencia de los peronistas a verse acusados de apadrinar el ajuste cuanto por la incapacidad de algunos de aceptar que esté en juego mucho más que la diferencia entre su propia imagen y aquella de los aliancistas. Asimismo, a esta altura sabrán que únicamente los votantes radicales y frepasistas más cautivos tomarían su cooperación por evidencia de que en última instancia los aliancistas son más «solidarios» y por lo tanto merecen su apoyo. Sorprendería que, esta minoría reducida aparte, el país en su conjunto no se haya convencido de que con algunas excepciones los radicales son sencillamente incapaces de gobernar, razón por la que en un momento muy peligroso corresponde a los peronistas con sentido de responsabilidad desempeñar un papel que sea por lo menos semioficialista, dejando a los «disidentes» radicales y frepasistas el privilegio dudoso de obstaculizar a su propio gobierno con la esperanza vana de anotarse un pequeño «triunfo» táctico que, en buena lógica, debería costarles varios millones de votos en las elecciones próximas.