Jugada suicida

Aunque los han bautizado "los superpoderes de Cavallo", quien los tiene es el presidente de la República, o sea, el Poder Ejecutivo.

Por Redacción

Hasta ahora cuando menos, a nadie se le ha ocurrido criticar al presidente Fernando de la Rúa por su hambre de poder o por sus ambiciones hegemónicas. Por el contrario, los más lo acusan de ser un mandatario demasiado vacilante que está demasiado dispuesto a respetar al pie de la letra las reglas, sobre todo para un período como el actual en el que a menudo convendría que tomara decisiones importantes con rapidez. Para colmo, a esta altura es evidente que a pesar de sus méritos teóricos, el orden político nacional dista de ser el más apropiado para un país de las características de la Argentina: el sistema sólo funciona de manera adecuada cuando no queda ninguna duda en cuanto a la capacidad del presidente de turno de imponer su voluntad, lo cual, huelga decirlo, a su vez plantea muchos peligros. Si por el contrario el Poder Ejecutivo es débil, empero, las maniobras del ala política oficial, los enfrentamientos de éste con el gobierno y con una oposición dispersa y el letargo judicial más las actividades de jueces de ideas económicas contundentes suelen llevar al país a la parálisis. Así las cosas, sería difícil concebir una jugada menos oportuna que la emprendida por el PJ que, en un esfuerzo por hacer valer los resultados a su juicio positivos de las elecciones más recientes, se ha propuesto derogar los poderes extraordinarios cedidos al gobierno para reaccionar frente a los desafíos constantes que plantea una crisis en evolución constante que amenaza con hundirnos a todos. De haberlo logrado los legisladores peronistas, el gobierno, cuya fragilidad es notoria, apenas estaría en condiciones de continuar manejando las finanzas del país.

Aunque los han bautizado «los superpoderes de Cavallo», quien los tiene es el presidente de la República, o sea, el Poder Ejecutivo, de suerte que es absurdo tratar de hacer pensar que sirven para hacer del ministro de Economía una especie de dictador absoluto: si Domingo Cavallo renuncia, su sucesor heredará las mismas facultades que con toda seguridad necesitaría porque, tal como están las cosas, en los meses próximos el gobierno -cualquier gobierno- tendrá forzosamente que ordenar medidas de urgencia que difícilmente sobrevivirían a debates prolongados celebrados en cámaras dominadas por legisladores resueltos a hacer gala de su fervor opositor. Lo que es peor, en vista de la propensión de muchos diputados y senadores a demorar los trámites bajo distintos pretextos, incluso si finalmente resultan aprobadas sin modificaciones excesivas los días, acaso semanas, que se pierdan podrían obligar al país a pagar costos sumamente exagerados.

Desde luego que muchos políticos -en verdad, casi todos- se afirman totalmente contrarios a la gestión económica del gobierno, razón por la que podría considerarse lógico el deseo de los peronistas de quitarle los poderes extraordinarios que puede usar a fin de seguir por un «rumbo» que en su opinión debería abandonarse ya. Sin embargo, aparte del consenso negativo así supuesto, no hay ningún acuerdo sobre «la alternativa» que podríamos ensayar en el caso de que se descartara el «rumbo» actual: si no fuera por este pequeño detalle tan molesto, Cavallo ya no estaría al timón y, tal vez, De la Rúa mismo habría abandonado el barco. De todos modos, aunque la oposición, que incluye a buena parte de la ex Alianza, quisiera «cambiar el rumbo» con tanta intensidad que sus distintos jefes decidieran que por estar en danza el destino nacional sería preciso formar un nuevo gobierno, desplazando al encabezado por De la Rúa después de una etapa de constitucionalidad discutible, los nuevos responsables de la economía también se encontrarían frente a los límites supuestos por la falta de crédito que, con inflación o sin ella, los obligarían a aferrarse a la política del «déficit cero». Y, como si esto ya no fuera más que suficiente, el nuevo presidente también tendría que dotarse de poderes aún más extraordinarios que los vigentes: por lamentable que sea la conducta tan imprevisible como errátil de los «mercados» internacionales, abolirlos es imposible y negarles importancia sería suicida.