La actividad física con perros



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MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)

Un perro akita llamado Hachiko acompaña todos los días a su dueño a la estación de trenes, donde lo despide para luego aguardar su regreso del trabajo y juntos retornar a casa. Esa rutina se repite por años. Una tarde su amo sufre un ataque cardíaco y fallece. El animal queda allí, inmutable, aguardando al profesor. Sus familiares lo rescatan y lo devuelven a casa, pero Hachiko insiste en retornar a la estación. Espera a su amigo durante nueve años, hasta que finalmente muere con la peregrina intención de estar junto a él. Este caso de la vida real, reflejado en la película “Siempre a tu lado”, sucedió en Japón y hoy es recordado con una estatua del can con la que se honra su enorme lealtad, fidelidad que en mayor o menor medida recrean día a día aquellas mascotas que junto a sus dueños recorren parques, paseos y calles. Hay en esta relación una fuerte sinergia en la que el animal escucha y cuida al ser humano y viceversa. En la actualidad los perros están fuertemente humanizados. Saben pedir comida y han aprendido a esperar, a hacerse entender, a dominar sus instintos y, en muchos casos, a comprender nuestros estados de ánimo. Salir a caminar o a correr con el perro –si bien no es para cualquiera– no requiere de mayores misterios. No hace falta establecer citas ni pactar horarios. Tampoco cargar el compromiso en la agenda ni estar demasiado pendiente del estado del tiempo. Tan sólo encontrar el calzado adecuado y hacer un guiño al compinche, que siempre estará dispuesto a brindarse. Es posible que reciba la invitación con un movimiento de cola, con ladridos y hasta en ocasiones acercando el collar o la cadena para salir de recorrida. El perro no lo hará por cuestiones de salud o por verse mejor, tampoco para vivir más, ya que no tiene conciencia de su propio fin. Tan sólo acompañará por el disfrute del movimiento junto a su amo y del salir del lugar donde pasa buena parte de sus días. A esta práctica se la ha dado en llamar “actividad física acompañado de perros” (AFAP) y tiene como objetivo motivar a las personas a la práctica de actividad física a través de una interacción activa con perros, esto es, incluir paseos, juegos y ejercicios que impliquen movilidad para ambos. Sus ventajas son: • De acuerdo con un estudio de investigadores australianos, “los dueños tenían una tensión arterial más baja y su nivel de triglicéridos en plasma era un 20% inferior al de los no dueños”. • Para Fine (2003, página 81), “los animales tienen la capacidad de inspirar y motivar a las personas para que emprendan actividades constructivas que no habrían realizado de otra manera” (…) “el animal es el participante esencial que hace que el esfuerzo voluntario valga la pena”. • La presencia de un perro contribuye a la interacción social entre extraños en lugares públicos, cuestión que difícilmente sea obviada por aquellos autores de manuales de seducción que hoy pululan por los escaparates de las grandes librerías. • La combinación que se genera es inmejorable, ya que favorece los estados de alegría y placer, el conocimiento de uno mismo y un mayor lazo afectivo entre la mascota y su dueño, siendo un buen antídoto contra la depresión. • La disminución de la demanda sanitaria y en el gasto en el ámbito de la salud pública. Habría que tomar debida nota de estos beneficios, ya que en los hogares de nuestro país se calcula que existen unos nueve millones de canes. No debe confundirse la AFAP con la terapia asistida por animales, ya que ésta es una actividad cuyo objetivo es el uso de animales con fines terapéuticos; ellos actúan como coterapeutas en el tratamiento o rehabilitación de patologías físicas y psicológicas llevadas adelante por profesionales de la salud. Para esta modalidad es muy importante el juego, pues desarrolla la inteligencia. El animal, sobre todo para discapacitados motores, genera el movimiento y con ello una empatía única con aquel con quien interactúa. Debo confesar, seguramente por desconocer el oficio y por falta de vocación, mi estrepitoso fracaso en el intento de realizar una actividad física sistemática con perros fuera de casa. Recuerdo sí horas enteras de nuestra infancia buscando a Picho, un perro callejero que ante el menor descuido se hacía de la vereda para gozar a sus anchas de sus propias andanzas. También a Miel, por su gusto por el juego y sus incansables saltos para capturar una pequeña pelota que pendía de un árbol. Supongo que todos tendremos alguna historia sobre perros guardada en nuestra retina. Será por ello que cuando ando en bicicleta o troto por allí observo con cierta admiración esas sociedades únicas entre personas y perros, una alianza cómplice que prescinde de las palabras y donde no hay lugar para la traición. (*) Abogado. Profesor Nacional de Educación Física marceloangriman@ciudad.com.ar


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