La advertencia de Lavagna



Es sin duda motivo de alivio saber que no estamos en el 2001, como nos asegura el viceministro de Economía Axel Kicillof, pero no lo es en absoluto enterarse de que, según el ex ministro de Economía Roberto Lavagna, “en algunos cenáculos iluminados aparece el sueño de que este mismo gobierno o algún otro haga un Rodrigazo”. Por desgracia, lo insinuado de este modo un tanto rebuscado dista de ser absurdo. El Rodrigazo de 1975 sobrevino al decidir el gobierno de la presidenta Isabel Perón corregir de golpe las distorsiones acumuladas que hacían inviable un modelo económico armado en base a una cantidad impresionante de medidas arbitrarias, prohibiciones y subsidios de diverso tipo que, como nos recuerda Lavagna, habían dado lugar a un “caos de precios relativos”. En aquella oportunidad, la política de choque elegida por Isabel y su ministro de Economía, Celestino Rodrigo, provocó la reacción airada de buena parte de la sociedad, pero aun cuando el gobierno “nacional y popular” setentista hubiera optado por una estrategia menos contundente, a la larga el resultado no habría sido muy distinto, ya que era insostenible el nivel de bienestar que hasta entonces disfrutaba una parte sustancial de la clase media. Por desgracia, la prosperidad relativa de la primera restauración peronista resultó ser una ilusión, de ahí el ajuste brutal que la borró. ¿Está por repetirse la misma historia? Lavagna parece creer que es por lo menos posible porque la versión actual del modelo populista se ha acercado a su fecha de vencimiento. El gobierno de Cristina tendrá forzosamente que reducir los subsidios que se han acostumbrado a percibir las empresas de transporte y los consumidores de nafta, gas y electricidad, ya que es apremiante la necesidad de invertir mucho más en dichos sectores. Por lo demás, los esfuerzos desesperados por impedir la salida de dólares obstaculizando las importaciones y bloqueando el acceso al mercado cambiario de casi todos están teniendo consecuencias muy negativas. Lo entienda o no el todopoderoso secretario de Comercio, Guillermo Moreno, hoy en día es utópico suponer que un país como el nuestro esté en condiciones de producir todos los insumos que necesita la industria; ni siquiera Estados Unidos sería capaz de hacerlo. Era por lo tanto previsible que las medidas proteccionistas que ha impulsado el gobierno frenaran la producción de una multitud de empresas locales. Asimismo, el efecto principal del cepo cambiario ha consistido en sembrar alarma; la mayoría sabe muy bien lo que significa el desdoblamiento del mercado de divisas. Por cierto, el que Cristina haya afirmado tener tanta confianza en la moneda nacional que pesificará una parte de sus ahorros no será suficiente a esta altura como para convencer a muchos de que no hay ningún riesgo de una devaluación importante en los meses próximos; antes bien, habrá llamado la atención a la magnitud del patrimonio presidencial. Se le ocurrió a Lavagna que podríamos estar en vísperas de un nuevo Rodrigazo, es decir de un intento tardío de sincerar de un día para otro una economía que tiene muy poco en común con lo registrado por el Indec, ya que, lo mismo que hace casi cuatro décadas, el gobierno pronto tendrá que tomar algunas medidas drásticas porque de lo contrario el país experimentaría una crisis de proporciones. Asimismo, entenderá que sería inútil pedirle a un gobierno responsable del desaguisado fenomenal que se ha producido emprender reformas ordenadas a fin de desactivar la bomba de tiempo que, sin habérselo propuesto, se las ha arreglado para armar. Para lograrlo, Cristina tendría que reemplazar a las cuatro o cinco personas que están a cargo de manejar la economía por un equipo coherente encabezado por alguien con la autoridad suficiente como para emprender un rumbo radicalmente distinto al previsto por “el relato” populista con el que el gobierno actual se siente comprometido. Puede que la presidenta opte por un cambio así a pesar de que desde su propio punto de vista, para no hablar de aquel de sus partidarios más fervorosos, se trataría de una alternativa humillante. O puede que siga aferrándose al relato voluntarista del que es protagonista; de ser así, las dificultades económicas continuarán multiplicándose.


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