La “agenda” de la industria
JAVIER VAN HOUTTE (*)
El 23 de septiembre asistí al Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén a escuchar la presentación del académico Tom Murphy, que llegó con el propósito de mostrar los antecedentes del Estado de Pennsylvania en la gestión de su formación de hidrocarburos no convencionales, que allí se denomina Marcellus y es el equivalente a nuestra mediática Vaca Muerta. Rastreando algunos antecedentes pudimos constatar que lo realizado en aquel Estado merece especial atención por el momento que viven nuestro país y nuestra provincia frente al desafío del autoabastecimiento energético. Entre los antecedentes se destaca la existencia de la Marcellus Coalition, una entidad sin fines de lucro cuyos principales protagonistas son los sectores privados y representantes de los distintos ámbitos de la comunidad que velan por el progreso sustentable de la actividad. Pero Murphy en su disertación no tocó centralmente estos temas, que son claves en lo que el presidente del Instituto Argentino del Petróleo y el Gas (IAPG), Ernesto López Anadón, llamó en ese mismo encuentro “la necesaria sintonía de todos los actores”, desde los ciudadanos hasta las empresas, pasando por los gobiernos. Lo que sí hizo fue mencionar que, entre las varias lecciones aprendidas, ponen mucho cuidado en la necesaria “licencia social”, la transparencia, la adecuada comunicación y el rumbo común. Pero la sorpresa central fue la exposición previa a la de Tom Murphy, a cargo del presidente del prestigioso IAPG, entidad que, entiendo, vincula a las empresas del sector para gestionar temas de interés o preocupación común. Durante su charla el directivo hizo un repaso llano y necesario de aspectos geológicos, históricos y comparativos entre distintas épocas y regiones del mundo. Comparó el potencial de Vaca Muerta en el contexto mundial y nacional, describió aspectos centrales de la gestión de los recursos no convencionales y la fotografía del estado actual de las inversiones y los proyectos en marcha, contrastó la participación relativa de las distintas empresas en “esta nueva ola”, sintetizó como grandes logros las mejoras realizadas en aspectos de seguridad y medioambiente e hizo un repaso pormenorizado de los “desafíos” que a su juicio tiene por delante la industria “para bajar costos, el gran desafío y por lo que debemos trabajar, para que se alineen los planetas en este sentido”. Describió, además, los desafíos de la logística de arena, la logística y el tratamiento de aguas, de comunicación para definir “lo que tienen que entender”, de potencia y de tecnología, entre otros. Asombrado e inquieto, esperaba escuchar qué rol le tocaría jugar a la sociedad en general frente a ese desafío, más allá de ser la pasiva destinataria del plan de comunicación para que “entendamos”. Conociendo los antecedentes cercanos de Chile o Perú, donde más de 30.000 millones de dólares de este tipo de proyectos se encuentran paralizados por distintos tipos de reclamos surgidos de cuestionamientos sociales y ambientales, me parecía importante escuchar de las empresas una síntesis, un panorama o una estrategia al respecto. Pero no hubo nada. Normalmente cuando se habla de estos temas y desafíos con las empresas individuales, la mayoría muestra acciones individuales, disociadas y reactivas. Ponen la responsabilidad en el rol que debería cumplir el Estado y se defienden diciendo que las empresas aisladas no pueden hacer nada. Por esto mismo iba con expectativa de escuchar al IAPG. Pensaba que como las empresas aisladas no pueden hacer demasiado, más allá de los planes tradicionales de responsabilidad social empresaria con los cuales se obtienen cuantiosos informes y reportes pero magros resultados, iba a tener la chance de escuchar una profundización respecto de estos temas, “la opinión de la industria”. Quizás no la solución porque no existe, debemos construirla, pero al menos la incorporación de los vínculos vitales con la sociedad civil a la agenda empresarial. Lamentablemente para mí y para muchos otros interesados –por ejemplo, representantes de pueblos originarios allí presentes– el tema no se tocó ni rozó. Quedó claro, o al menos eso entendí, que la agenda de la industria no pasa por innovar en las cuestiones de gestión de su entorno. Están preocupados por la arena, por el agua, por la seguridad y los costos. Está bien que así sea, pero son todas líneas de base, meros puntos de partida a partir de los cuales comenzar a pensar en las cuestiones que realmente importan, que son las personas. Nunca está de más volver a diferenciar entre el fin y los medios, porque equivocar esta definición nos puede llevar a errores “carísimos”, en el idioma de las empresas. La logística, la tecnología, la seguridad, los costos, son apenas medios. El fin último es lo que la sociedad decida y pueda hacer con los beneficios que sus recursos naturales le brindan, en un marco de equidad y sustentabilidad. La culpa tradicionalmente se le echó al Estado, y sin duda el sector público ha cometido errores y tiene mucho que revisar. Pero de un tiempo a esta parte las fuerzas de la sociedad y las redes sociales y el rol de las organizaciones han cambiado algunas ideas básicas y redefinido los objetivos y las formas de alcanzarlos. Por eso las empresas no pueden esperar a que determinados acuerdos mínimos con la comunidad que rodea un proyecto se realicen de forma automática sin tener ellos la obligación de arremangarse, tomar riesgos y dar los debates necesarios que la sociedad les demanda. Sólo atino a decir que esos vínculos con el entorno (humanos y ambiente) se deben gestionar con igual ímpetu y profesionalismo que los aspectos tecnológicos más duros si es que queremos, entre todos, resucitar sustentablemente la Vaca Muerta. (*) Ingeniero. Funcionario neuquino