La amenaza extremista

Redacción

Por Redacción

Para capturar o, como sucedió, matar a los terroristas que al grito de “Alá Akhbar” asesinaron a 12 personas en la redacción de la revista satírica “Charlie Hebdo”, el gobierno francés movilizó casi 90.000 policías y militares. Según dicen, se trataba del operativo policial más grande de la historia moderna del país. También tuvo que poner fin a la toma de rehenes, en un supermercado judío ubicado en París, por sujetos vinculados con los islamistas que mataron a periodistas del semanario y policías que los custodiaban; según se informa, al menos tres rehenes murieron antes de irrumpir la policía en el supermercado. Aunque el presidente François Hollande y otros líderes políticos franceses pudieron sentirse legítimamente orgullosos del profesionalismo de las fuerzas de seguridad de su país, el que para hacer frente a un puñado de fanáticos hayan tenido que movilizar a tantos efectivos es de por sí preocupante. Si sólo fuera cuestión de episodios aislados atribuibles a psicópatas o “lobos solitarios”, como muchos decían al multiplicarse incidentes a primera vista menores en vísperas del ataque a “Charlie Hebdo”, las autoridades francesas podrían considerar terminada la emergencia pero, claro está, se ven frente a algo que es mucho más alarmante. No es cuestión de un brote de criminalidad común sino lo que bien podría ser el comienzo de una ofensiva por parte de individuos y organizaciones que comparten una ideología determinada. Se estima que hay por lo menos mil individuos con pasaportes franceses que luchan en las filas del Estado Islámico y que cuentan con la simpatía, y a menudo con el apoyo, de una proporción, por suerte minoritaria pero así y todo sustancial, de los seis millones de musulmanes de origen mayormente norafricano que viven en Francia. Puesto que los islamistas no temen morir, en cualquier momento podrían producirse más atentados y tomas de rehenes, aun cuando los participantes entiendan que la reacción policial sería contundente. Puesto que no existen motivos para suponer que los yihadistas estén por deponer las armas, el gobierno de Hollande tendrá que mantener su país bajo vigilancia policial y militar por mucho tiempo. En otras partes de Europa, como el Reino Unido, donde los servicios de inteligencia dicen haber desbaratado docenas de conspiraciones terroristas, también están en alerta constante las fuerzas de seguridad: temen que su propio país sea el próximo blanco de la ira islamista. Todos los gobiernos europeos están esforzándose por discriminar entre los islamistas violentos por un lado y los demás musulmanes por el otro. No lo dicen, pero parecería que están convencidos de que, si tratan con más dureza a los fanáticos, como los “predicadores del odio”, éstos contarían con la solidaridad de la mayoría de sus correligionarios. El dilema que enfrentan no es del todo sencillo, ya que no le convendría a nadie que se ampliara todavía más la brecha entre la minoría musulmana y el resto de la sociedad, pero puede que estén cometiendo un error muy grave. Al brindar la impresión de sentirse intimidados por los extremistas, los prestigian a ojos de muchos jóvenes desarraigados del tipo que, en otras circunstancias, se sumaría a pandillas o, de tratarse de personas instruidas, adoptaría actitudes contestatarias extremistas. De tal modo, sin habérselo propuesto contribuyen a fortalecer al movimiento contra el cual están luchando. Por desgracia, no cabe duda de que, para muchos musulmanes europeos, el islamismo militante ha resultado ser muy atractivo. Además de los miles que ya están combatiendo en Siria e Irak, hay un número desconocido, pero con toda seguridad elevado, de otros que gracias a las redes sociales informáticas se sienten soldados de un movimiento que ya es lo bastante fuerte como para desafiar a Europa y Estados Unidos. En vista de que no hay forma de negociar con ellos –lo que significaría ofrecerles concesiones que ningún gobierno democrático juzgaría aceptables– y ha resultado inútil tratar de apaciguarlos insistiendo en que todos los europeos –con la excepción de algunos xenófobos poco representativos– sienten mucho respeto por el islam, los países amenazados por el islamismo militante no tienen más opción que rezar para que el profesionalismo de las fuerzas de seguridad resulte estar a la altura de los muchos desafíos que les aguardan.


Para capturar o, como sucedió, matar a los terroristas que al grito de “Alá Akhbar” asesinaron a 12 personas en la redacción de la revista satírica “Charlie Hebdo”, el gobierno francés movilizó casi 90.000 policías y militares. Según dicen, se trataba del operativo policial más grande de la historia moderna del país. También tuvo que poner fin a la toma de rehenes, en un supermercado judío ubicado en París, por sujetos vinculados con los islamistas que mataron a periodistas del semanario y policías que los custodiaban; según se informa, al menos tres rehenes murieron antes de irrumpir la policía en el supermercado. Aunque el presidente François Hollande y otros líderes políticos franceses pudieron sentirse legítimamente orgullosos del profesionalismo de las fuerzas de seguridad de su país, el que para hacer frente a un puñado de fanáticos hayan tenido que movilizar a tantos efectivos es de por sí preocupante. Si sólo fuera cuestión de episodios aislados atribuibles a psicópatas o “lobos solitarios”, como muchos decían al multiplicarse incidentes a primera vista menores en vísperas del ataque a “Charlie Hebdo”, las autoridades francesas podrían considerar terminada la emergencia pero, claro está, se ven frente a algo que es mucho más alarmante. No es cuestión de un brote de criminalidad común sino lo que bien podría ser el comienzo de una ofensiva por parte de individuos y organizaciones que comparten una ideología determinada. Se estima que hay por lo menos mil individuos con pasaportes franceses que luchan en las filas del Estado Islámico y que cuentan con la simpatía, y a menudo con el apoyo, de una proporción, por suerte minoritaria pero así y todo sustancial, de los seis millones de musulmanes de origen mayormente norafricano que viven en Francia. Puesto que los islamistas no temen morir, en cualquier momento podrían producirse más atentados y tomas de rehenes, aun cuando los participantes entiendan que la reacción policial sería contundente. Puesto que no existen motivos para suponer que los yihadistas estén por deponer las armas, el gobierno de Hollande tendrá que mantener su país bajo vigilancia policial y militar por mucho tiempo. En otras partes de Europa, como el Reino Unido, donde los servicios de inteligencia dicen haber desbaratado docenas de conspiraciones terroristas, también están en alerta constante las fuerzas de seguridad: temen que su propio país sea el próximo blanco de la ira islamista. Todos los gobiernos europeos están esforzándose por discriminar entre los islamistas violentos por un lado y los demás musulmanes por el otro. No lo dicen, pero parecería que están convencidos de que, si tratan con más dureza a los fanáticos, como los “predicadores del odio”, éstos contarían con la solidaridad de la mayoría de sus correligionarios. El dilema que enfrentan no es del todo sencillo, ya que no le convendría a nadie que se ampliara todavía más la brecha entre la minoría musulmana y el resto de la sociedad, pero puede que estén cometiendo un error muy grave. Al brindar la impresión de sentirse intimidados por los extremistas, los prestigian a ojos de muchos jóvenes desarraigados del tipo que, en otras circunstancias, se sumaría a pandillas o, de tratarse de personas instruidas, adoptaría actitudes contestatarias extremistas. De tal modo, sin habérselo propuesto contribuyen a fortalecer al movimiento contra el cual están luchando. Por desgracia, no cabe duda de que, para muchos musulmanes europeos, el islamismo militante ha resultado ser muy atractivo. Además de los miles que ya están combatiendo en Siria e Irak, hay un número desconocido, pero con toda seguridad elevado, de otros que gracias a las redes sociales informáticas se sienten soldados de un movimiento que ya es lo bastante fuerte como para desafiar a Europa y Estados Unidos. En vista de que no hay forma de negociar con ellos –lo que significaría ofrecerles concesiones que ningún gobierno democrático juzgaría aceptables– y ha resultado inútil tratar de apaciguarlos insistiendo en que todos los europeos –con la excepción de algunos xenófobos poco representativos– sienten mucho respeto por el islam, los países amenazados por el islamismo militante no tienen más opción que rezar para que el profesionalismo de las fuerzas de seguridad resulte estar a la altura de los muchos desafíos que les aguardan.

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