La campaña interminable
Los políticos suelen asegurarnos que entienden muy bien que estar siempre en campaña es malo porque les corresponde dedicarse plenamente a gobernar o legislar sin preocuparse a cada momento por lo que dicen las encuestas de opinión, pero la verdad es que muy pocos pueden resistirse a la tentación de tomar su oficio por una actividad cuasi deportiva, una en que no les convendría dejar pasar una sola oportunidad para arañar algunos votos. Aun cuando no esté en marcha una campaña formal, con escasas excepciones los dirigentes se concentran en prepararse para la próxima contienda, descuidando menesteres que en teoría son mucho más importantes pero que a su juicio sólo tienen valor si les permiten conseguir el apoyo de otra franja del electorado. Así las cosas, no es del todo sorprendente que a diez meses de las elecciones presidenciales previstas para octubre hayan comenzado a proliferar afiches que nos informan de las aspiraciones, y en algunos casos de los presuntos méritos, de quienes esperan suceder a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como ocupante principal de la Casa Rosada. Como algunos han señalado, muchos políticos están violando de manera flagrante la severa ley electoral que prohíbe los esfuerzos proselitistas hasta apenas cinco semanas antes de la jornada electoral, pero sucede que la posibilidad de que prestaran atención a dicha norma siempre fue nula. Por lo demás, a pesar de que Cristina no ha transgredido la ley porque aún no ha confirmado que buscará la reelección, nadie ignora que ha subordinado la política económica a la campaña electoral hasta tal punto que, según sus adversarios, está impulsando un boom de consumo inflacionario que, advierten, podría tener efectos explosivos. En algunos países, entre ellos el Reino Unido, las campañas formales sí suelen ser muy breves, pero así y todos muchos candidatos a escaños parlamentarios se las arreglan para mofarse del espíritu de las reglas vigentes aunque no necesariamente de la letra. Es comprensible. En todas partes los políticos dependen cada vez más de sus respectivas imágenes y menos de su eficiencia administrativa, su formación intelectual o su capacidad para organizar alianzas con otros de ideas compatibles, de ahí la tiranía de las encuestas de opinión que influyen, a menudo de modo decisivo, en lo que hacen o dicen. Hoy en día, todo político que se precie cuenta con un “asesor de imagen” cuyos consejos se siente obligado a seguir. Por lo demás, muchos han contratado los servicios de especialistas cosmopolitas en organizar campañas electorales como el norteamericano James Carville que trabaja para el gobernador bonaerense e hipotético candidato oficialista si Cristina opta por dar un paso al costado, Daniel Scioli. Carville es mundialmente famoso por haber acuñado el eslogan “es la economía, estúpido”, cuando estaba a cargo de la campaña presidencial exitosa de su compatriota Bill Clinton, lo que, por motivos no muy claros, es considerado una auténtica proeza en el mundillo político. Asimismo, el jefe del Gobierno porteño y presidenciable putativo Mauricio Macri se enorgullece de tener como principal asesor a un ecuatoriano, Jaime Durán Barba. Puede que la influencia de tales personajes sea positiva, pero lo más probable es que la suya sirva para hacer más populista, por no decir demagógica, la gestión de quienes los emplean. En Estados Unidos, las campañas son igualmente largas, ya que suelen ponerse en marcha a un año de las elecciones presidenciales, pero resultan menos anárquicas que en nuestro país merced al poder absorbente de los dos grandes partidos, el Demócrata y el Republicano, lo que favorece los enfrentamientos directos de dos candidatos o, a veces, tres, que se miden en una serie de debates cuidadosamente reglamentados para que los participantes se vean constreñidos a contestar preguntas puntuales, brindando al público una oportunidad para saber lo que piensan y lo que han hecho en el pasado. Aquí, en cambio, los debates no son tan comunes y, cuando se celebran, suelen ser confusos, sobre todo si participa media docena de personajes o más. Se trata de una consecuencia inevitable de la existencia de una cantidad desconcertante de partidos o fracciones, la mayoría ubicada en la superpoblada zona “centroizquierda” del mapa ideológico.