La campaña más triste

editorial

Por Redacción

Pocos, muy pocos, recordarán con orgullo la campaña electoral que por fortuna está a punto de culminar. Puede que algunos candidatos dignos hayan logrado resistirse a la tentación de intentar ganar votos entregándose a la demagogia más irresponsable, a los insultos personales o al juego patéticamente fácil de ensañarse con el gobierno del presidente Fernando de la Rúa, atribuyéndole todas las lacras habidas y por haber del país, pero tales excepciones no pudieron hacer oír sus voces en medio de la cacofonía generalizada. En efecto, tan deprimente ha sido el espectáculo brindado por «la clase política», que en vísperas de la jornada electoral parecería que el único resultado que le interesa a la mayoría de los argentinos será el supuesto por la cantidad de votos en blanco o impugnados. Lo demás, si en la provincia de Buenos Aires el ex presidente Raúl Alfonsín logra distanciarse mucho de personajes como el cura Luis Farinello y el ex comisario Luis Patti o si Eduardo Duhalde triunfa a pesar de conseguir menos votos que Herminio Iglesias en 1993, o si en la Capital Federal la UCR antidelarruista se las arregla para superar a las huestes de Elisa Carrió parecerá anecdótico.

Las deficiencias manifiestas de esta campaña -y por lo tanto de la cultura política nacional- tienen su raíz en la resistencia terca de demasiados «dirigentes» a hacer frente a la realidad del país. No han querido pensar en ella porque entonces podrían tener que modificar opiniones que a su entender forman parte de su imagen. Puesto que casi todos se han convencido de que la mejor forma de hacerse populares hoy en día consiste en protestar, denunciar y hablar pestes no sólo del estado de la economía sino también de la perversidad a su juicio congénita del capitalismo «liberal», no ha habido ningún eje en torno del cual podría producirse un debate coherente. Si todos son «opositores», nadie lo es. Tampoco se han formulado propuestas que fueran por lo menos medianamente sensatas, porque intentarlo supondría la voluntad de tomar en cuenta la existencia de límites insuperables, o sea, de asumir la realidad en vez de hacer gala de la indignación que uno siente despotricando contra ella. Para colmo, los candidatos «oficialistas» han brillado por su ausencia, anomalía que a juzgar por las encuestas de opinión la ciudadanía no imputa al heroísmo principista de radicales «disidentes» como Raúl Alfonsín y Rodolfo Terragno, sino a su oportunismo proselitista. Por cierto, los ataques virulentos de los operadores radicales contra el ministro de Economía y, por lo tanto, el presidente, no les han granjeado la admiración de nadie. Antes bien, han servido para que consolidara la idea de que «los políticos» dirán o harán cualquier cosa a cambio de un titular en los diarios o algunos segundos de publicidad televisiva gratuita.

Es en tiempos de crisis que la importancia del liderazgo político se hace fundamental. Frente a una recesión que rehúsa irse y el riesgo de que el país caiga en bancarrota, lo cual le provocaría daños permanentes, la ciudadanía tiene derecho a exigirles a sus «dirigentes» que actúen con la eficacia tranquila de personas que entiendan muy bien la situación y que confíen en su capacidad para mejorarla. Sin embargo, lejos de desempeñarse como miembros de una dirigencia auténtica, muchos políticos, entre ellos algunos de los más eminentes, se han concentrado en intentar hacer creer que no comparten ninguna responsabilidad por lo que ha sucedido en el curso de los años últimos. Huelga decir que la sensación de pánico que han transmitido estos «dirigentes» no ha contribuido en absoluto a ayudar a que la ciudadanía recupere confianza en el futuro nacional. Por el contrario, al multiplicarse las declaraciones de Alfonsín, Terragno, Duhalde y tanto otros sobre calamidades inminentes, el «malhumor» imperante se ha hecho cada vez peor, lo cual, como es natural, ha incidido de forma sumamente negativa en el funcionamiento del país. Así las cosas, es lógico que al acercarse la campaña a su fase final el índice «riesgo país» haya alcanzado niveles estratosféricos y que el estado de la economía haya empeorado por momentos, haciendo inevitables nuevos «ajustes».