La clase media frente al progreso

SEGÚN LO VEO

Todos los gobiernos del mundo, incluyendo los más conservadores, se afirman resueltos a luchar contra la desigualdad, aunque sólo fuera porque entienden que les conviene congraciarse con la parte sustancial del electorado que se siente postergada. En su mundo ideal, la población entera, con la eventual excepción de un puñado de emprendedores superdotados y políticos debidamente privilegiados, pertenecería a la clase media. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por ayudar a los rezagados a abrirse camino, y de tal modo acercarse al sueño universal de la “justicia social”, la brecha que los separa de los relativamente acomodados, para no hablar de los ricos, sigue ampliándose. La razón es sencilla. Tiene menos que ver con el sistema económico vigente que con una revolución tecnológica que apenas ha comenzado pero que ya ha tenido un impacto muy fuerte en la vida de virtualmente todos. Los beneficios posibilitados por la internet y por la profusión de adminículos electrónicos como los teléfonos celulares han sido enormes, pero algunas consecuencias de lo que se inició en algunos garajes ya míticos de California no han sido tan positivas. Gracias al progreso tecnológico, son cada vez más las personas que en otros tiempos hubieran podido desempeñar tareas útiles en la economía formal pero que en la actualidad no están en condiciones de aportar lo suficiente como para cubrir los costos de emplearlas. Hasta hace poco, los dirigentes políticos del mundo desarrollado y sus asesores daban por descontado que los descolocados conseguirían reubicarse sin demasiadas dificultades que, si bien algunos trabajos tradicionales desaparecerían, otros novedosos tomarían su lugar. Después de todo, es lo que sucedió cuando el automóvil reemplazó al caballo como el medio de transporte más utilizado. Así, pues, para hacer frente a un problema que, para su desconcierto, adquiría dimensiones alarmantes, aquellos gobiernos que contaban con recursos abundantes invirtieron cantidades ingentes de dinero público en programas destinados a asegurar que todos, salvo los congénitamente incapaces, lograran adaptarse a las exigencias cambiantes del mercado laboral. En algunos países como Holanda, Alemania y Suecia, tales esfuerzos han brindado frutos aceptables, pero en otros fracasaron; lejos de achicarse, el “núcleo duro” de los desocupados continuaba creciendo. La Argentina no ha sido totalmente ajena a este fenómeno ominoso. Aunque el atraso ha mitigado el impacto de la revolución tecnológica, poco a poco la “economía del conocimiento” está instalándose en el país, con las consecuencias previsibles. Según un informe realizado por la Universidad Católica Argentina cuyo contenido acaba de difundirse, entre el 2004 y el 2011 se crearon 719.000 nuevos empleos para quienes habían terminado el ciclo secundario y 919.000 para quienes consiguieron diplomas universitarios, pero se eliminaron 98.000 puestos de trabajo aptos para los que no completaron el ciclo escolar. Si bien en este sentido el panorama es menos desalentador que en países más desarrollados como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, aquí también son sombrías las perspectivas laborales que enfrentan los muchos que no cuentan con cierto nivel educativo. ¿Ayudará el crecimiento macroeconómico a mejorar la situación de los integrantes de esta minoría desafortunada? Es poco probable. A juzgar por la experiencia de países más prósperos y económicamente más avanzados, se da el peligro de que dicha minoría crezca hasta convertirse en una mayoría al incorporar sucesivamente a sus filas a quienes sólo hayan completado el ciclo secundario y, más tarde, a universitarios que, desgraciadamente para ellos, se hayan equivocado de carrera. Al hacerse más sofisticada y más productiva la economía, se multiplicarán las oportunidades para los integrantes de una elite, pero muchos otros –siempre y cuando consigan un trabajo– se verán obligados a cumplir tareas rutinarias y mal remuneradas que, desde luego, les parecerán humillantes. En Estados Unidos, país que cuando del desarrollo económico se trata suele servir de pionero, lo que está ocurriendo en la industria y también en el sector heterogéneo de “los servicios” se asemeja mucho a lo que sucedió hace tiempo en el campo. Un siglo y medio atrás, más del 70% de los norteamericanos “activos” trabajaban como agricultores; en la actualidad, aproximadamente el 2% está ocupado en menesteres rurales aunque, es innecesario decirlo, producen muchísimo más. Quienes dejaron de trabajar en las granjas migraron a las fábricas y oficinas donde les esperaban empleos por lo común menos arduos pero mucho mejor remunerados y más prestigiosos. Ahora, las fábricas que aún quedan están mudándose a China y las oficinas están llenándose de computadoras, descolocando a decenas de millones de personas que han tenido que conformarse con empleos que hasta hace poco hubieran considerados indignos. En Estados Unidos y Europa, la eliminación progresiva de empleos aptos para el grueso de los productos del sistema educativo local plantea una amenaza acaso mortal a la clase media. Se teme que comparta el destino de su equivalente en la Argentina que se vio diezmada una y otra vez por una serie de crisis devastadoras. En los países desarrollados, la expansión de la clase media fue posibilitada por la proliferación de empleos del tipo que los avances vertiginosos de la informática y la robótica, combinados con la globalización, están eliminando a una velocidad desconcertante. No sólo los contrarios al sistema capitalista prevén que en adelante será mucho más difícil para una persona sin talentos muy especiales mantenerse en la clase media. Comparten su pesimismo millones de personas que en España y otros países europeos votan por partidos políticos comprometidos con idearios netamente “liberales” y en Estados Unidos simpatizan con los republicanos. Apuestan a que lo que algunos llamarían “el capitalismo en serio” permitirá el regreso de los empleos que se han ido, pero es probable que sólo se trate de una ilusión, ya que su desaparición no es obra de especuladores codiciosos como dicen izquierdistas y populistas, o de los gobiernos despilfarradores criticados por liberales amantes de la rectitud fiscal, sino del progreso al parecer inexorable de las ciencias aplicadas.

JAMES NEILSON


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