La cocina de Fasinpat en Neuquén, donde los hornos jamás se apagan

En el Parque Industrial conocimos a Aída Guayquimil, quien trabaja en Fasinpat desde hace 38 años. Aprendió a cocinar en la carpa que instalaron afuera de la por entonces Zanón. Ahora comparte los ingredientes de la resistencia.



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Fotos: Victoria Rodríguez Rey

Por Victoria Rodríguez Rey

En una fábrica con dimensiones industriales, mimetizada con el color de la arcilla de barda, con un constante sonido a motor, donde la ropa de grafa, es fundamental, hay un lugar donde el sol siempre da de frente. Es uno de los pocos espacios que se alumbra con luz natural y se calienta por el calor de las hornallas: la cocina de Fasinpat.

Entre mates y tortas fritas

La movilidad laboral producto de la flexibilización es una característica de esta realidad económica sin embargo hay casos como el de Aída Guayquimil que trabaja en Fasinpat desde hace 38 años, y unos 19 en el sector de la cocina. Tiene la experiencia marcada a fuego de haber transitado por instancias significativas de la fábrica: la patronal, la transición a la gestión obrera y la expropiación. Aída aprendió a cocinar en la carpa que instalaron afuera, de la por entonces Zanón, durante cinco meses. Los empresarios habían cerrado la fábrica. Comenzó ayudando, por su espíritu inquieto. Por ese tiempo, donde a un nutrido colectivo de trabajadores los contenía una carpa grande, los alentaban los bocinazos de los vecinos, y los guiaba la necesidad de recuperar su fuente laboral, se elaboraban comidas de olla. A la intemperie en periodo invernal y con fuego alimentado de pallets se cocinaba para los 400 obreros y a sus familias con el aporte de ingredientes que hacía el pueblo. Siempre de cerca y alimentando la fogata, entre mates y tortas fritas, Aída comenzó a involucrarse con los tiempos del leudado, las cocciones largas y cantidades rendidoras para una numerosa familia obrera. Reconoce que al principio no le fue fácil entender el reclamo del conjunto de trabajadores hasta que comprendió que el pedido era genuino, que venían sufriendo situaciones de explotación laboral y que como trabajadora tenía derechos. Se sumó a la lucha que no abandonó.

Luego de un arduo proceso de lucha obrera al recuperar sus puestos de trabajo y reorganizarse por comisiones, Aída aprovechó la instancia para garantizar calor y alimento para la comunidad trabajadora. Así fue que armó un grupo de mujeres que se haría cargo del sector de la cocina: Blanca, María, Ana y Aída. Se organizaron por turnos. El comedor se unifica, ya no diferencia al personal jerárquico de la clase trabajadora. Comenzaron haciendo pan y tortas amasando a mano. Por momentos se asustaban con el cálculo de las cantidades, sin embargo entendieron que “todo era cuestión de multiplicar”, aunque el amasado seguía siendo a sangre. Aída cuenta que siempre fue de carácter pero ya está más tranquila. Combinando antigüedad y compromiso es elegida coordinadora del sector. Junto con Antonia y Alda conforman un equipo de trabajo que desde hace 16 años, hasta esta parte, logró un formato de convivencia de esos en el que sólo basta una mirada o una sonrisa para comunicar.

En Fasinpat no se apagan los hornos que cocinan cerámicos y porcelanato. En los buenos tiempos bajo gestión obrera, llegaron a cocinar 80 porciones de comida para el turno central. Qué cocinar, cómo y con qué, era decisión y responsabilidad del equipo de trabajo de ese sector. Lasagna, ñoquis, zapallitos rellenos, hamburguesas, sándwiches de milanesas, tartas, guisos, pastel de papas, niños envueltos, empanadas eran algunas de las propuestas para calentar el cuerpo de quienes trabajan en una fábrica a puerta abierta.

La cocina hoy

El ritmo de producción es fiel a la situación económica del país. Se sabe que el trabajo en la fábrica peligra por los desmesurados aumentos del costo de su principal insumo, el gas. Ya hace dos años decidieron apagar uno de los tres hornos de la fábrica. Eso se traduce en menos empleados, en menos porciones de comida. Actualmente sólo se elaboran refrigerios a base de harina: tortas fritas, sándwiches y pizzas. Desde esa cocina soleada además se prepara pan para otra cerámica cercana.

Aida hace más de 35 años se levanta a las 4.45 de la mañana. Con nostalgia cuenta que el ritmo ahora es más lento. Con convicción imagina recuperar la adrenalina que se vive en una cocina activa. Lo dice con la tranquilidad que le da la experiencia. Sabe que con los ingredientes de la resistencia y la constancia lograron, este grupo de mujeres, sostener su sector, un espacio tan vital para los obreros, para la fábrica. Aída dice que ya tiene “su edad”, que en unos pocos años se jubila, sin embargo no flaquea al transmitir lo que el trabajo y lucha colectiva le mostró. No puede imaginar la fábrica sin la cocina. “Es un mi segunda casa. Es un lugar donde muchos vienen a refugiarse, a conversar, a tomar algo calentito. Siempre dejo la puerta abierta para eso.”, sostiene. Y entiende que esa es una manera de alimentar la comunicación y la organización.


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