La competencia es antipática
Los empresarios chinos y coreanos ya están acostumbrados a ser acusados de prácticas "desleales". En realidad, parece molestar la competencia.
Entre las muchas causas del desempeño sumamente decepcionante de la economía nacional está la convicción muy difundida de que la competencia es intrínsecamente mala -a juicio de los perdedores, siempre es «desleal»- y que por lo tanto es necesario aplicar reglas encaminadas a asegurar que todos convivan en un clima de armonía. He aquí uno de los motivos, el más respetable, por los que el Concejo Deliberante de la capital bonaerense, La Plata, ha aprobado normas cuyo propósito consiste en hacerles la vida imposible a los deseosos de establecer nuevos autoservicios que «no posean más de dos años de residencia continua en la Argentina». Otro motivo, que no es respetable en absoluto, tiene que ver con la xenofobia. Ocurre que casi todos los dueños de los autoservicios que tanto preocupan a los ediles platenses de todos los bloques partidarios son inmigrantes chinos y coreanos, detalle que les ha permitido suponer que si venden a precios similares a los corrientes en las grandes cadenas de supermercados será porque están lavando dinero y vendiendo mercadería robada o porque reciben subsidios desde Pekín. Con el fin de proteger a los bonaerenses de los graves peligros supuestos por una hipotética alianza de comunistas asiáticos, narcotraficantes, ladrones y banqueros apátridas, los políticos platenses han decidido erigir una serie de barreras burocráticas: dicen que antes de otorgar a los asiáticos recién llegados los documentos habilitantes investigarán la procedencia de sus capitales, empresa que, es de prever, los mantendrá ocupados durante años sin que descubran nada.
Como es natural, la actitud de los políticos platenses y de los comerciantes locales que están detrás de la medida ha indignado sobremanera a los representantes chinos en nuestro país, que han protestado contra la discriminación de la que sus compatriotas son víctimas. Con todo, aunque han señalado que a la Argentina le benefician las inversiones extranjeras y que, de todos modos, los comerciantes chinos tienen la costumbre de pagar sus impuestos, es poco probable que sus planteos incidan en la forma de pensar de los concejales. Si bien es de suponer que a esta altura éstos, lo mismo que los demás miembros de la clase política nacional, entenderán que las inversiones procedentes del exterior son necesarias para el futuro del país, no quieren que perjudiquen a ningún empresario local. Sin embargo, tal pretensión, que a primera vista parece muy razonable, es tan absurda como lo es la idea de que la competencia, es decir, la característica fundamental de todo orden capitalista, sea perversa porque castiga a los menos eficaces. Si los autoservicios que están instalando inmigrantes coreanos y chinos no lograran vender productos a precios inferiores a los exigidos por otros comerciantes, no podrían sobrevivir mucho tiempo, pero si lo hacen, prosperarán a costa de los incapaces de emularlos. Puede que para muchos almaceneros dicha realidad sea desagradable e incluso desastrosa, pero no lo es para los consumidores que se ven beneficiados por estas «guerras comerciales».
De todos modos, los empresarios chinos y coreanos ya están acostumbrados a ser acusados de prácticas «desleales». Han tenido que enfrentarse con las mismas denuncias motivadas por la misma combinación de oportunismo con prejuicios raciales o culturales en los Estados Unidos, Europa, Australia, Indonesia, Malasia, Perú y otros lugares en los que la primera generación de inmigrantes asiáticos ha optado por el comercio y casi siempre ha prosperado debido a su inteligencia, disciplina y capacidad de trabajo, cualidades que, claro está, en ninguna parte han servido para hacerlos populares entre los comerciantes nativos que se han visto obligados a reducir sus propios precios o cerrar el negocio. Huelga decir que sólo en contados casos han resultado ser ciertas las acusaciones dirigidas contra ellos, lo cual no es del todo sorprendente por tratarse de personas que saben muy bien que sus rivales comerciales, a menudo respaldados por los políticos locales, siempre procurarán mantenerlas a raya aprovechando cualquier pretexto, de suerte que no les convendría cometer infracciones que les brindarían las «pruebas» que buscan.