La crisis continúa

Sería positivo que los políticos compartieran el planteo de Cavallo: desde ahora el país deberá ocuparse de resolver sus propios problemas.

Por Redacción

Hace un par de semanas, la crisis financiera argentina encabezaba la lista de preocupaciones no sólo de la clase dirigente local, sino también de los financistas del resto del mundo que, según parece, temían que de cometerse un error de más en Buenos Aires se desatara una reacción en cadena sísmica que produciría convulsiones en el sistema internacional. Desde entonces, por motivos dolorosamente evidentes, el espectro de una caída en default de la Argentina se ha visto desplazado por asuntos incomparablemente más graves, lo cual ha inducido a algunos a pensar que en adelante Estados Unidos, obsesionado por su propio drama y por la «guerra mundial contra el terrorismo», estará menos dispuesto que antes a ayudar a que no se produzca un desastre económico aquí, aunque sería razonable suponer que, lejos de permitir que los mercados se encargaran del problema, estaría aún más resuelto a impedir que el país se convierta en el epicentro de una nueva catástrofe internacional. Con todo, sería positivo que la mayoría de los políticos compartiera el planteo formulado por el ministro de Economía Domingo Cavallo de que a partir de ahora el país tendrá que ocuparse de resolver sus propios problemas porque desde hace más de medio año demasiados «dirigentes» han estado actuando como si a su entender todo dependiera de las decisiones ajenas, suposición que aceptaban tanto los comprometidos con el «modelo» como sus adversarios más vehementes.

La sensación difundida de que la Argentina es tan impotente como una hoja en medio de un huracán dio lugar a que durante semanas políticos y funcionarios vivieran pendientes de las noticias financieras del exterior. Si bien la proximidad de las elecciones parlamentarias supuso que algunos candidatos o sus partidarios trataran de aprovechar la crisis hablando de los problemas creados por la convertibilidad y la presunta necesidad de inspirarnos en la experiencia de países como Irlanda o Suecia, sus enfoques parecían más apropiados para teóricos que para hombres y mujeres que un día esperaban tener que impulsar medidas concretas. Sin embargo, aunque era natural que en un primer momento el desconcierto causado por la rapidez con la cual lo que muchos habían tomado por una dificultad menor se transformara en un nubarrón amenazante que parecía presagiar una tormenta económica capaz de incidir profundamente en el futuro nacional haya dejado sin respuestas al grueso de la dirigencia política del país, no lo era que durara tanto tiempo la parálisis anímica así supuesta.

Es de esperar, pues, que el choque administrado por los atentados que destruyeron edificios emblemáticos en Nueva York y el Pentágono -los que, entre otras cosas, mostraron que es una exageración considerar a Estados Unidos un «imperio» todopoderoso que por lo tanto está obligado a solucionar los problemas internos de los países «periféricos»-, haya servido para recordarles a nuestros dirigentes que el futuro de la Argentina depende principalmente de sus propios esfuerzos. Hasta podría afirmarse que la mejor contribución que el país podría hacer a «la guerra» proclamada por la Casa Blanca consistiría en manejar su economía con más sensatez y realismo. De todas maneras, a esta altura los políticos más influyentes deberían entender que ya es un poco tarde para seguir discutiendo distintas «estrategias de desarrollo», actividad sin duda apasionante pero por lo común estéril que ha mantenido ocupados a muchos desde los días ya lejanos de su juventud. Las opciones disponibles no son tan maravillosamente variadas como muchos parecen imaginar y, de todos modos, de elegirse una que fuera radicalmente distinta de la vigente, ponerla en marcha requeriría muchos años de preparación previa. Mal que les pese a los que prefieren limitarse a planteos abstractos contundentes, «las alternativas» frente al país y a sus líderes consisten en obrar con eficacia, honestidad y seriedad por un lado y hacerlo de forma incompetente, corrupta y superficial por el otro. Huelga decir que la mayoría de los dirigentes políticos ha estado firmemente comprometida con la segunda alternativa, de ahí el estado nada satisfactorio no sólo de la economía, sino también de todo lo relacionado con el sector público.