La culpa es ajena

Por Redacción

Si sólo fuera cuestión de “algunos incrementos de precios”, como afirma el ministro del Interior, Florencio Randazzo, no habría demasiados motivos para preocuparse, ya que hasta en los países económicamente más estables es normal que a veces suban los precios de productos y servicios determinados, pero sucede que el fenómeno que enfrentamos es mucho más grave de lo que quisiera hacer pensar. No se trata de algunos aumentos puntuales imputables a factores estacionales o al oportunismo de comerciantes inescrupulosos sino de una tendencia generalizada, es decir, de un proceso inflacionario que propende a intensificarse. Aunque la mayoría de los economistas asegura que el país aún no se ve atrapado en una espiral inflacionaria, corre peligro de caer en una. De todos modos, es inútil atribuir lo que está pasando a nada más que la codicia de los empresarios, como han hecho el ministro del Interior y la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont. Si bien no cabe duda de que aquí, como en todos los demás países del mundo salvo Corea del Norte, los empresarios buscan ganar cada vez más y están acostumbrados a aprovechar las oportunidades para conseguirlo, sólo pueden hacerlo remarcando los precios si lo permiten las circunstancias. Puesto que procurar impedir que actúen así echando mano a los métodos draconianos favorecidos por funcionarios como el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, resultaría contraproducente, tarde o temprano el gobierno tendrá que pensar en medidas menos voluntaristas o enfrentar el riesgo de que, antes de celebrarse las próximas elecciones presidenciales, la tasa anual ya haya superado el 40% anual. No se equivocan Randazzo, Marcó del Pont y otros integrantes del gobierno nacional cuando señalan que detrás de la inflación está la falta de oferta, pero sólo se trata de una forma de decir que si la economía fuera más productiva y hubiera más competencia –o sea, si la Argentina fuera otro país– los empresarios no podrían aumentar los precios porque en tal caso sus rivales aprovecharían lo que para ellos sería una oportunidad inmejorable para desplazarlos. Es lo que ocurre en otras partes del mundo en que un nivel muy alto de consumo es compatible con una tasa de inflación anual inferior al uno o dos por ciento. Por desgracia, a pesar del crecimiento macroeconómico, la Argentina aún no cuenta con un “aparato productivo” capaz de proveer bienes y servicios en cantidades suficientes como para frenar la inflación aumentando de golpe la oferta, como quisiera el gobierno, lo que, en vista de la hostilidad de los kirchneristas hacia el empresariado y el campo, el desprecio que manifiestan por la seguridad jurídica y la incertidumbre provocada por la política monetaria, dista de ser sorprendente. Asimismo, a esta altura insistir en que más inversión ayudaría a solucionar los problemas planteados por “algunos incrementos de precios” no sirve para mucho. Por supuesto que los atenuaría, pero para que por fin llegara el alud de inversiones esperado, el gobierno tendría que cambiar radicalmente la estrategia agresivamente confrontacional que eligió en mayo del 2003. Al fin y al cabo, en otras latitudes abundan oportunidades para aquellos inversores dispuestos a arriesgarse en países emergentes. Puede que desde una perspectiva política tenga sentido responsabilizar a los empresarios y a los inversores ausentes por la inflación afirmando que todo es su culpa pero, como terminaron aprendiendo muchos gobiernos anteriores, suelen agotarse muy pronto las ventajas conseguidas ensañándose con chivos expiatorios con el propósito de desviar la atención de quienes ven mermar día a día su poder adquisitivo. A menos que el gobierno reaccione pronto, el impacto de la inflación en los sectores de menores recursos resultará ser tan doloroso que no le será dado continuar atribuyéndola a empresarios resueltos a enriquecerse a costa de la gente porque nadie lo creerá. Antes bien, se tomará la inflación por consecuencia de la debilidad e impericia del equipo económico de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, juicio que, huelga decirlo, no le convendría del todo, ya que a partir de la muerte súbita de su marido le ha sido forzoso brindar la impresión de tener la autoridad personal necesaria para asegurar la gobernabilidad.


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