La (de)generación del 86

<b>Grondona, Bilardo, Maradona, Batista y Cía.: héroes en el pasado, culpablesen el presente.</b>

Por Redacción

Nada es serio desde hace años en el seleccionado argentino. Y queda claro que los papelones, más cuando se repiten y multiplican, jamás serán casuales. Hay que aguzar la memoria para encontrar momentos felices: campeones de la Copa América en la mayor a mediados de los 90, los mejores representantes a nivel mundial en juveniles hace algunos años. Imágenes amarillentas y lejanas. Mucho tiempo ha pasado y sólo se repiten las frustraciones.

El trabajo y los proyectos se acabaron cuando las personas idóneas desaparecieron. Bielsa renunció después del oro en Atenas (no dispuesto a transar), Pekerman pegó el portazo tras la eliminación en Alemania 2006 y Tocalli, el último exponente de una labor concienzuda y exitosa, siguió el mismo camino en octubre del 2007, después de obtener la última consagración: el Mundial sub 20 de Canadá, con Sergio Agüero como figura y Sergio Romero, Ever Banega y Ángel Di María en un gran nivel.

Pekerman, Tocalli y Ferraro se marcharon del predio de Ezeiza tras concretar un histórico ciclo, nada menos que con un pentacampeonato mundial: Qatar 95, Malasia 97, Argentina 01, Holanda 05 y Canadá 07. Y arribó la generación del 86, tan añorada para intentar terminar con décadas de sequía en mundiales mayores. El sueño era que Bilardo, Maradona, Batista, Garré, Enrique y Cía repitieran la hazaña que los convirtió en héroes en el estadio Azteca. Esta vez todos como orientadores. Hay que recuperar la mística, se golpeaban el pecho los hipócritas de siempre.

Pero los proyectos nunca existieron y sólo hubo improvisación. Toda una cadena de incoherencias que producen en serie noches como las del sábado en Santa Fe. Julio Grondona hace muchísimo tiempo que no da en la tecla. Tuvo aciertos en el pasado, como defender a capa y espada el ciclo de Bilardo antes de México 86, cuando el gobierno de Ricardo Alfonsín quería eyectarlo del cargo; renovarle el contrato a Bielsa; y hacer jugar a Messi de urgencia para allanar la movida española para nacionalizarlo. Nada de eso sucede hoy.

En su largo retiro de la presidencia afista, el ‘vicepresidente del mundo’ intenta desde hace años construir la casa comenzando por el techo. Y los resultados están a la vista.

Esa es la línea que se baja. Entonces, el trabajo de base deja de ser la piedra fundamental. Y como eso tan básico no existe, el modelo de juego no aparece y menos se amoldan los jugadores para interpretarlo. El naufragio ha sido casi filosófico desde hace años. Porque un equipo sólo juega bien cuando sabe y conoce cómo hay que hacerlo y cuando sus jugadores interpretan la idea, se convencen de ella y son los indicados para llevarla adelante.

Ver pasar sin penas ni glorias a generaciones enteras de buenas jugadores se ha vuelto una dolorosa costumbre. También que los multimedios insistan con la liviandad que lo hacen con que las estrellas que ganan millones de euros por mes no juegan “con el hambre suficiente”, se niegan cantar el himno y carecen de la garra de tiempos pasados.

Las últimas eliminaciones fueron duros cachetazos de los que nada se aprende. Es más, casi como una cuestión bíblica se sigue colocando la otra mejilla. Está claro que la enfermedad no es superficial, que es medular. Las cosas en el fondo no se solucionan y lo que está claro es que la raíz está resentida. El análisis decanta en que siempre se quitan del medio los personajes de segunda o tercera línea, pero pasan las décadas y el poder es de los mismos.

El fútbol es más que un simple deporte, es un gigantezco negocio que lucra con la pasión. Una maquinaria que se fagocita todo. Por eso entrenadores como Batista se desesperan por la selección. Es un lugar irresistible. Eso lo sabe mejor que nadie la generación del 86.

(Sebastián Busader)

Archivo

Maradona y Batista, ayer juntos y hoy enfrentados. Ninguno de los dos con proyectos.


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