La delincuencia juvenil y sus implicancias sociales

La familia constituye la matriz de aprendizaje en la cual se producen las primeras experiencias de los sujetos. Es la principal instancia socializadora que transmite la cultura en la que está inserta, permitiéndole al niño incorporar normas que luego va a desplegar en la interacción social.

Habitualmente se observa que la vida de los menores que delinquen se ha organizado en torno a premisas disfuncionales; por consiguiente, es muy común que sus conductas trasvasen el límite de lo socialmente aceptable.

Sus comportamientos revelan las características normativas (afectivas y funcionales) del entorno social en el que se han educado, reflejando los seudo valores internalizados durante el proceso de socialización primaria, manifestando actitudes congruentes con los mismos: despreocupación por la educación formal y no formal, escasa o nula importancia hacia el control de la salud, rechazo hacia todo lo que signifique autoridad, apatía para establecer metas o planificar proyectos de desarrollo personal, aparente desinterés en modificar su estilo de vida y hábitos perniciosos y dificultades para tener consideraciones respecto de la vida y/o la propiedad ajena.

Recurrentemente se detecta en sus historias de vida el padecimiento de situaciones traumáticas no elaboradas que, al conjugarse con variables contextuales, incrementan la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran. En ellas también se observan otras características en común: padres abandónicos, carencia de afecto, influencia nociva del entorno social, desamparo, entre otras.

Dicha particularidad los estructura como sujetos difícilmente predecibles y potencialmente peligrosos.

La conducta delictiva es sintomática, por lo que resulta imprescindible realizar un diagnóstico que le posibilite al profesional comprender la funcionalidad del síntoma y realizar las intervenciones familiares respectivas en forma simultánea al abordaje individual.

El profesional debe asumir un rol de facilitador en el cambio y en este acompañamiento provocar constantemente al sistema familiar con el fin de estructurar un contexto vincular que contribuya en el tratamiento.

Por su parte, la intervención individual debe tener como objetivo principal interrumpir la conducta delictiva y vincular al joven con sus aspectos saludables y capacidades individuales como primera meta del proceso socioeducativo; progresivamente se trabajarán otras particularidades que deberán surgir del diagnóstico realizado.

La delincuencia juvenil es un fenómeno multicausal que se retroalimenta de factores concurrentes, constituyéndose en una problemática compleja tanto para comprenderla como para abordarla.

Por consiguiente, considerar que dicha problemática es consecuencia directa y exclusiva de la pobreza es realizar un análisis tan elemental y erróneo que ni siquiera admite discusión.

No obstante, e independientemente de sus causas, constituye un problema social ante el cual es fundamental dar una respuesta efectiva y urgente a fin de contribuir con el objetivo superior de la convivencia social que es el bien común.

CARLOS A. ÑANCULEO (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Lic. en Servicio Social


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