La desigualdad que el coronavirus deja a la vista

El aislamiento obligatorio puso a la vista el hacinamiento en miles de hogares y las dificultades de millones de personas para acceder a los servicios básicos.



Al margen. Miles de personas deben enfrentar la cuarentena en condiciones de hacinamiento y sin acceso a servicios básicos.

A diferencia de lo que sucede a menudo en las relaciones sociales y económicas, el Covid-19 ha demostrado que todavía pueden existir ocasiones en que exista la igualdad absoluta. No estamos habituados a convivir en un mundo donde un factor afecta absolutamente a todos por igual, sin importar su raza, credo, ideología, color, y principalmente su poder adquisitivo. Eso ha logrado el coronavirus. En un punto, en un momento, en un lugar, se reunieron los que más tienen y los más desposeídos, en igualdad de condiciones ante el peligro inminente: la pandemia ataca a la raza humana como una sola, sin distinciones.
El virus dejó a la vista además, la fragilidad de los sistemas de salud en todo el mundo, y lo escasos que pueden ser los recursos, aun en los países donde el PBI per cápita es de los más altos de La Tierra. La falta de herramientas no es solo material. Lo cierto es que nadie sabe todavía como detener el deterioro que genera la enfermedad en el cuerpo humano. Es decir, existe carencia de conocimiento.
Ante tal panorama y dada la velocidad a la que crecen los contagios, los gobiernos del mundo en su mayoría, han aceptado el consejo de los especialistas respecto a que la mejor estrategia para lograr que al menos la velocidad de los contagios disminuya, es decretar un confinamiento obligatorio de toda la población.
El desafío para quién debe tomar decisiones, es enorme. La decisión del encierro pone delante suyo un resultado incierto y otro seguro. El incierto porque nadie puede afirmar que la cuarentena será realmente efectiva para detener el avance del virus. El seguro porque si hay algo cierto, es que la economía quedará severamente golpeada. Allí es donde las diferencias vuelven a aflorar.

Contención. El gobierno intenta aliviar la situación de los sectores más vulnerables.


El punto es ‘dónde y cómo’ encuentra la cuarentena a quien debe cumplir con el encierro obligatorio. No es lo mismo “quedarse en casa” en un barrio residencial, que hacerlo en alguno de los miles de asentamientos precarios que existen en todo el país. No es lo mismo parar la economía mientras la economía está creciendo, que hacerlo cuando ya la actividad había comenzado a frenar desde hace dos años. No es lo mismo establecer el confinamiento cuando en la media todos tienen sus necesidades satisfechas, que hacerlo en un contexto donde el 40% de la población es pobre y el 9% es indigente.
El resultado de al menos ocho años de estanflación, las recurrentes devaluaciones del tipo de cambio, el hiper endeudamiento registrado desde 2016, y el ajuste resultante para equilibrar las cuentas fiscales, generó en Argentina el peor de los escenarios para recibir al coronavirus.
Habiendo transcurrido ya 16 días de confinamiento, uno de los mayores riesgos por delante es la potencial ruptura de la cadena de pago. Ciertamente, existe un grupo de empresas de diverso tamaño y rubro, cuya principal preocupación es hoy poder pagar los salarios de sus empleados, al tiempo que intentan idear la forma de seguir facturando, algo que para un gran número de ellas es directamente imposible. La situación implica que de extenderse el encierro, las dificultades alcanzarán a una buena porción de los hogares de ingresos medios y medios altos. Trabajadores registrados de buen poder adquisitivo, que de la noche a la mañana verán caer sus ingresos, y tendrán serias dificultades para pagar la cuota del colegio, la prepaga o la tarjeta de crédito. De allí el reclamo de los sectores empresarios, ante la ausencia concreta de medidas de sostén, que permitan evitar que miles de puestos de trabajo se vean afectados.
No obstante, el sector empresario solicita rebaja impositiva, asistencia financiera, y auxilio para contener el empleo, existen miles de personas que necesitan asistencia para cumplir la cuarentena, en tanto no solo peligran sus ingresos, sino que las condiciones en las que viven, impiden llevar a cabo un encierro en condiciones mínimas de salubridad.
De ello se ocupa un extenso informe titulado “Desigualdades sociales en tiempos de pandemia”, publicado esta semana por el Observatorio de la Deuda Social (ODSA) de la Universidad Católica Argentina.

El estudio aborda las características del dañado tejido social en el que se implementa la cuarentena. El foco está puesto en la realidad de miles de personas que se desempeñan en en oficios autónomos, en pequeñas y medianas empresas, o en el sector informal, y que literalmente se ven impedidos de generar ingresos en medio del encierro. A ello agrega los datos respecto a la precariedad del hábitat en que el encierro debe desarrollarse, muchas veces, sin acceso a los servicios más básicos como cloacas o agua corriente.
El primer gráfico que acompaña esta nota, representa la realidad de hábitat, salud y acceso a la información del promedio de los hogares urbanos de Argentina. Los números son verdaderamente alarmantes.

Lo primero que surge del gráfico, es que hay un 13,3% de los hogares que no cuenta con acceso las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICS) en la vivienda. Implica no solo que es imposible la estrategia del home office. Significa también que se dificulta notablemente el acceso de los niños a la educación mediante las plataformas virtuales. Llamativamente, el acceso a la salud también es limitado para una enorme porción de la población: el 21,1% de los hogares no tiene acceso adecuado a la atención médica, y el 18,9% no logra acceder a los medicamentos. No obstante, los datos más crudos se observan en relación al hábitat. El 28,6% de los hogares urbanos aun no cuenta con acceso a las cloacas, un 14,3% habita una vivienda precaria, y un 7,7% que directamente padece hacinamiento.
El panorama de la desigualdad frente a la cuarentena, se aclara todavía un poco más cuando estos datos se desagregan según los distintos tipos de trabajo.
El segundo gráfico muestra que solo el 1,4% de los hogares donde hay un profesional medio, no tiene acceso a las TICS. En contraste, el acceso es limitado en el 12,4% de los hogares de obreros integrados (registrados) y en el 16,9% de los hogares de los obreros marginales.

En cuanto a la ausencia de cloacas, alcanza a solo el 4,4% de las casas de los profesionales medios, pero afecta al 35,8% de los obreros integrados y al 42,1% de los obreros marginales.
De la misma forma, el hacinamiento es padecido solo por el 0,5% de los profesionales medios, pero alcanza al 10,4% de los obreros integrados y al 14,4% de los obreros marginales.


Los números indican que para gran parte de la población, el problema no solo es generar ingresos o pagar deudas, sino sencillamente poder cumplir con el encierro, dado que el lugar en que deben encerrarse no los contiene adecuadamente.
Semejante grado de desigualdad, permite por un lado comprender el esfuerzo por generar paliativos, al menos temporales, que habiliten a los más postergados a contar al menos con lo necesario para el consumo básico durante la cuarentena. El Ingreso Familiar de Emergencia, los bonos especiales para jubilados y AUH, regulación de precios, asistencia a las pymes para pago de salarios, y rebaja en las contribuciones patronales.
Por el otro, obliga a preguntarse los mecanismos con los cuales se intentará más tarde reparar el incremento en estas mismas desigualdades, a raíz de los efectos negativos que la cuarentena provocará al conjunto de la economía.

En números

16,9%
El porcentaje de los hogares de obreros marginales, donde no existe acceso a las Tecnologías de Información y Conocimiento.
7,7%
La proporción del total de los hogares urbanos, que vive en condiciones de hacinamiento.

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