La escritura como último refugio
Julio Srur vivió las últimas dos décadas entre Bariloche y Finlandia. Volvió a Buenos Aires y publicó “Viaje a la ilusión primaria”, su primer libro. La literatura o pegarse un tiro, dice.
Julio Srur (Buenos Aires, 1980) escribe desde los nueve años. Al principio lo hacía como un juego. Hincha de River, era lector de “El Gráfico”. Imitando lo que leía en la revista deportiva que era furor en esos años ochentas, empezó a recrear en textos para sí mismo lo que pasaba dentro de su habitación. De ahí en más, nunca soltó la escritura, hasta la reciente publicación de “Viaje a la ilusión primaria”, que empieza con el cuento “La indemnización” (Premio Nuevo Sudaca Border 2010/2011, Eloísa Cartonera). Es el primer libro de Srur y está dividido en tres partes: cuentos clásicos, relatos cortos y prosa poética. A través de diferentes textos, el autor problematiza la literatura, desde el mundillo de los premios literarios hasta el mapa simbólico y geográfico de librerías porteñas. En sus ficciones también aborda temas variados como el fútbol o el robo a un banco. Entre aquel comienzo solitario de niño hasta esta actualidad, pasaron muchas cosas en la vida de Srur. Por ejemplo, tres libros lo marcaron y le mostraron una realidad paralela a la que conocía: “Cien años de soledad” (Gabriel García Márquez), “Sobre héroes y tumbas” (Ernesto Sábato) y “La invención de Morel” (de Adolfo Bioy Casares). Empezó a escribir poemas, cuentos y relatos. En esos años, por motivos familiares o elecciones personales, también hubo viajes y mudanzas. De hecho, hace unos meses que volvió a instalarse en Buenos Aires, tras vivir casi una década en Helsinki (Finlandia) donde fue librero, entre otras cosas. Antes vivó en San Carlos de Bariloche, Los Ángeles (Estados Unidos) y las ciudades finlandesas de Tupos y Kempele. “Era un bicho porteño y no pensaba terminar en Finlandia ni en el sur de la Argentina, que no conocía. Fui a Bariloche a ver propiedades por un proyecto para abrir un hostel. Viajé en colectivo y cuando llegué no podía creer lo que veía. Me enamoré del lugar y pasé dos de los mejores años de mi vida”, le cuenta Srur a “Río Negro”, en un bar de Palermo. –De Bariloche a Finlandia, ¿cómo fue eso? –Mi pareja en aquel tiempo era finlandesa. Así que en un momento, como parte del acuerdo de la relación, nos mudamos allá. Después nos separamos. Y me quedé ocho años en Finlandia. Pasé un cuarto de mi vida allá. Fueron muchas cosas, buenas y malas. –Mientras, ¿seguías escribiendo? –Sí. Nunca dejé de escribir, aunque no siempre fui muy constante. Fundamentalmente nunca dejé de leer, que me parece que es lo más importante para mí. Es como el entrenamiento para la escritura. –¿Cómo surge “Viaje a la ilusión primaria”? –Fue en un momento que estaba sin trabajo en Finlandia. Ahí me propuse tener una disciplina literaria y no escribir solo cuando tuviera ganas. Fue un laburo de un año de ir todos los días a escribir a una biblioteca. Desde la ignorancia o el prejuicio, hasta ese momento tenía la idea de que si te imponés una disciplina en la literatura va a surgir algo acartonado o que no es puro. –¿Y qué pasó? –Me sorprendió realmente toda la creación que puede surgir, precisamente, desde la disciplina. Con un horario. Había un mínimo de dos o tres horas en las que me sentaba y me quedaba ahí por más que no me saliera nada. Siempre, en algún momento, surgió algo. Fue un descubrimiento para mí. Igual, no escribía pensando en que iba a salir un libro. –Entonces, ¿cómo llega el libro? –Después trabajé en una librería, que en realidad era un centro cultural. Tuve la suerte de enganchar ese laburo con gente interesante y entablé muy buena relación con el dueño, que se llama Ian Bourgeot. Es una persona muy especial, con una cabeza muy abierta. Y el libro termina siendo una jugada arriesgada de él porque decidió editar a alguien en español en Finlandia. Si te lo ponés a pensar, es un delirio, muy raro. Tal vez sea porque el español es uno de los idiomas más hablados del mundo o porque él antes de Finlandia vivió en ocho países. –Con los relatos del libro, ¿buscás transmitir algo en especial? –Me parece que a veces es como inútil querer transmitir un mensaje. Cada uno recibe las cosas como quiere, más allá de que uno tuviera un mensaje. La lectura de cada uno es válida, más allá de la intención de los autores. –¿Por qué escribís? –No puedo evitarlo. A veces pienso que la escritura es como un manotazo de ahogado. Como el último refugio que te queda para alcanzar algo. También creo que es una disciplina muy desgraciada, en la que estás muy solo. –¿Por qué último refugio? –Capaz es medio volado pero a veces pienso que es como si fuera el último refugio que te queda antes de pegarte un tiro. Una liberación frente al mundo. Creo que la escritura tiene una manera honesta de tratar de entender al hombre.
La escritura es “una liberación frente al mundo” para Julio Srur.
Martin Heer
Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)
Julio Srur (Buenos Aires, 1980) escribe desde los nueve años. Al principio lo hacía como un juego. Hincha de River, era lector de “El Gráfico”. Imitando lo que leía en la revista deportiva que era furor en esos años ochentas, empezó a recrear en textos para sí mismo lo que pasaba dentro de su habitación. De ahí en más, nunca soltó la escritura, hasta la reciente publicación de “Viaje a la ilusión primaria”, que empieza con el cuento “La indemnización” (Premio Nuevo Sudaca Border 2010/2011, Eloísa Cartonera). Es el primer libro de Srur y está dividido en tres partes: cuentos clásicos, relatos cortos y prosa poética. A través de diferentes textos, el autor problematiza la literatura, desde el mundillo de los premios literarios hasta el mapa simbólico y geográfico de librerías porteñas. En sus ficciones también aborda temas variados como el fútbol o el robo a un banco. Entre aquel comienzo solitario de niño hasta esta actualidad, pasaron muchas cosas en la vida de Srur. Por ejemplo, tres libros lo marcaron y le mostraron una realidad paralela a la que conocía: “Cien años de soledad” (Gabriel García Márquez), “Sobre héroes y tumbas” (Ernesto Sábato) y “La invención de Morel” (de Adolfo Bioy Casares). Empezó a escribir poemas, cuentos y relatos. En esos años, por motivos familiares o elecciones personales, también hubo viajes y mudanzas. De hecho, hace unos meses que volvió a instalarse en Buenos Aires, tras vivir casi una década en Helsinki (Finlandia) donde fue librero, entre otras cosas. Antes vivó en San Carlos de Bariloche, Los Ángeles (Estados Unidos) y las ciudades finlandesas de Tupos y Kempele. “Era un bicho porteño y no pensaba terminar en Finlandia ni en el sur de la Argentina, que no conocía. Fui a Bariloche a ver propiedades por un proyecto para abrir un hostel. Viajé en colectivo y cuando llegué no podía creer lo que veía. Me enamoré del lugar y pasé dos de los mejores años de mi vida”, le cuenta Srur a “Río Negro”, en un bar de Palermo. –De Bariloche a Finlandia, ¿cómo fue eso? –Mi pareja en aquel tiempo era finlandesa. Así que en un momento, como parte del acuerdo de la relación, nos mudamos allá. Después nos separamos. Y me quedé ocho años en Finlandia. Pasé un cuarto de mi vida allá. Fueron muchas cosas, buenas y malas. –Mientras, ¿seguías escribiendo? –Sí. Nunca dejé de escribir, aunque no siempre fui muy constante. Fundamentalmente nunca dejé de leer, que me parece que es lo más importante para mí. Es como el entrenamiento para la escritura. –¿Cómo surge “Viaje a la ilusión primaria”? –Fue en un momento que estaba sin trabajo en Finlandia. Ahí me propuse tener una disciplina literaria y no escribir solo cuando tuviera ganas. Fue un laburo de un año de ir todos los días a escribir a una biblioteca. Desde la ignorancia o el prejuicio, hasta ese momento tenía la idea de que si te imponés una disciplina en la literatura va a surgir algo acartonado o que no es puro. –¿Y qué pasó? –Me sorprendió realmente toda la creación que puede surgir, precisamente, desde la disciplina. Con un horario. Había un mínimo de dos o tres horas en las que me sentaba y me quedaba ahí por más que no me saliera nada. Siempre, en algún momento, surgió algo. Fue un descubrimiento para mí. Igual, no escribía pensando en que iba a salir un libro. –Entonces, ¿cómo llega el libro? –Después trabajé en una librería, que en realidad era un centro cultural. Tuve la suerte de enganchar ese laburo con gente interesante y entablé muy buena relación con el dueño, que se llama Ian Bourgeot. Es una persona muy especial, con una cabeza muy abierta. Y el libro termina siendo una jugada arriesgada de él porque decidió editar a alguien en español en Finlandia. Si te lo ponés a pensar, es un delirio, muy raro. Tal vez sea porque el español es uno de los idiomas más hablados del mundo o porque él antes de Finlandia vivió en ocho países. –Con los relatos del libro, ¿buscás transmitir algo en especial? –Me parece que a veces es como inútil querer transmitir un mensaje. Cada uno recibe las cosas como quiere, más allá de que uno tuviera un mensaje. La lectura de cada uno es válida, más allá de la intención de los autores. –¿Por qué escribís? –No puedo evitarlo. A veces pienso que la escritura es como un manotazo de ahogado. Como el último refugio que te queda para alcanzar algo. También creo que es una disciplina muy desgraciada, en la que estás muy solo. –¿Por qué último refugio? –Capaz es medio volado pero a veces pienso que es como si fuera el último refugio que te queda antes de pegarte un tiro. Una liberación frente al mundo. Creo que la escritura tiene una manera honesta de tratar de entender al hombre.
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