La estafa del Indec

Desde enero del 2007, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner optó por mejorar las estadísticas a su juicio desalentadoras que confeccionaba el Indec, acaso por suponer que la inflación era en el fondo un fenómeno psicológico que se alimentaba de las expectativas de los agentes económicos, de suerte que minimizar su incidencia contribuiría a eliminarla, los interesados en la evolución de la economía nacional están preguntándose si el gobierno toma en serio los números que difunde o si entiende muy bien que se trata de un relato desvinculado de la realidad. Hay una tercera posibilidad: con toda probabilidad los funcionarios más politizados y los intelectuales que simpatizan con el movimiento gobernante se esfuerzan por creer que la inflación es un cuco neoliberal de escasa importancia y que, merced al crecimiento, tarde o temprano dejará de constituir un problema, actitud ésta que según parece comparte la jefa del Banco Central Mercedes Marcó del Pont, que en diversas oportunidades ha opinado que la forma más eficaz de mantener bajo control los precios consistiría en aumentar la oferta. Sea como fuere, si bien no sería demasiado sorprendente que los comprometidos con “el proyecto” kirchnerista hubieran procurado convencerse de que en cierto modo las estadísticas oficiales reflejan una realidad más real que la percibida por los demás, extraña que durante mucho tiempo organismos como el Fondo Monetario Internacional fueran reacios a criticar a los responsables de transformar el Indec en una mera usina propagandística y que hasta la semana pasada un medio especializado tan prestigioso como la revista londinense “The Economist” haya publicado estadísticas claramente fraudulentas como si fueran verosímiles. Pues bien: “The Economist” acaba de informar a sus lectores, los que incluyen a virtualmente todos los funcionarios, empresarios y financistas importantes del planeta, que en adelante reemplazará las estadísticas suministradas por el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por otras procedentes de una consultora norteamericana PriceStats, que está “fuera del alcance del gobierno argentino”. Aunque reconoce que las cifras de otros países, como China, distan de ser confiables y que Grecia manipuló las suyas “con consecuencias desastrosas”, la revista se afirma asombrada por la conducta del gobierno de Cristina y la persecución de los economistas por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, que califica de “un extraordinario abuso de poder”. Tiene razón, pero parecería que nos hemos acostumbrado tanto a las extravagancias de personajes como Moreno que sus ataques contra las consultoras privadas por intentar calcular la tasa mensual de inflación no motivaron muchas protestas. Con todo, “The Economist” se equivoca si cree que el gobierno, además de “estafar a los inversores”, ha intentado de manera deliberada “engañar a los votantes”. No existen motivos para creer que en octubre pasado el 54% del electorado confiara ciegamente en las estadísticas producidas por el Indec. Es factible que algunos –el 2 ó 3%, digamos– sí se hayan dejado convencer por los números económicos oficiales según los cuales el costo de vida subía a un ritmo que, conforme a las pautas nacionales, podría considerarse lento, pero la inmensa mayoría habrá tratado el asunto como una picardía sin mucha importancia que, de todos modos, no justificaría correr el riesgo que le supondría votar por alguno que otro candidato opositor. En Europa, América del Norte o el Japón, un gobierno que manipulara las estadísticas tal y como han hecho los kirchneristas se vería repudiado por el grueso del electorado, pero sucede que en este sentido, como en muchos otros, la Argentina es diferente. Según parece, la mayoría da por descontado que las estadísticas, tanto las oficiales como las confeccionadas por entidades privadas, tienen más que ver con la literatura fantástica que con lo que efectivamente ocurre, razón por la que los aportes al género del Indec de Moreno ocasionan más inquietud en el exterior que en el país mismo, algo que debería preocupar a Cristina la próxima vez que se reúna con sus homólogos de otras latitudes, ya que, con escasas excepciones, ellos o sus asesores más influyentes se encontrarán entre los lectores fieles de “The Economist”.


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