La gente

Redacción

Por Redacción

MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Pocas expresiones han triunfado en la comunicación con tan paupérrimo, ubicuo contendido, como ésta: “la gente”. En otra expresión que es un poco más antigua y de mayor densidad interna, diría que sirve tanto para un roto como para un descosido, es decir, sirve para lo que usted quiera. La detesto. A pesar, o por, haberse convertido también en mi expresión, cosa que me rebela cada vez que mi lengua la usa: cuando mi cerebro dice no, ya no hay tiempo. Lo hizo. ¡La gente lo hizo otra vez! ¿Cómo empezó? ¿En qué tiempo histórico reciente toda el habla castellana y más empezó esta generalización tan banal, tan boba, y tan peligrosamente rasante? A esta altura, quizás usted se esté preguntando: ¿y qué? ¿Qué tiene de malo? Si es tan útil. Efectivamente, es muy útil, y esto mismo debería disparar todas las alarmas sociales de la comunicación. ¿Por qué? Porque “la gente” no existe. No hay manera de meter en una generalización absolutamente vaga, la variedad, la simultaneidad, la contradicción de puntos de vista, sentimientos, acciones, y cuanta conducta humana se le ocurra. Cuando hacemos esto, cuando generalizamos y le atribuimos a “la gente” lo que es, en realidad, la característica de un segmento acotado de la sociedad, nos zambullimos en una pileta vacía. Me parece que el periodismo tiene mucha responsabilidad en esta tarea de hacer de la riqueza del lenguaje, y de la vida, una simplificación que me resisto a creer inocente. Usado con este fin, o con otro opuesto; para desacreditar a alguien, o para elevarlo al pedestal; y, a la vez, para decir lo contrario dos días después, porque “la gente” cambió de opinión, la palabreja se ha convertido en un arma devastadora. Esto, a pesar de que hay tanto en el periodismo como en lo que se conoce como programas de entretenimiento, quienes intentan poner algo de objetividad. Me resulta penoso asistir a entrevistas, o leerlas, que es peor, porque, permítame la digresión, pertenezco a la generación que hace de los libros, de la lectura en general, una herramienta vital, entrevistas, le decía, en la que una persona integrante o conductora de una agencia especializada en estadísticas trata de proponer, sin éxito, la variedad y riqueza de tal o cual sector; que inste en que es el 28, 4% de la población, o el 41%, o el 50% de ese segmento que a la vez era una parte de… Inútil. Absolutamente inútil. Quien conduzca el programa, o titule, es más que probable que elija lo que le convenga, o le indiquen, y convierta tanta “complejidad” en el sencillo, mortífero “la gente”. Mortífero de la riqueza de la realidad, del lenguaje. Tabla rasa del pensamiento diverso. Mal que les pese a quienes usan, y abusan, de la palabra, vivimos en un mundo de diversidades a veces complementarias, a veces antagónicas. Ese es el mundo real. Claro que exige de nosotras, las personas, ciudadanos y ciudadanas, niños y niñas, el esfuerzo de hacerse cargo de esta complejidad, que tendría una enorme ventaja: una no menor cuota de comprensión, de intento de integrar, que para eso tenemos cerebro de sobra. Y me devuelve el valor que he intentado instalar, para mí y para usted, en esta columna, que no se llama “En clave de Y” por casualidad. Razonar, vivir, en “Y” es usar esta sencilla, magnífica conjunción que integra. Razonar, vivir, en “O” excluye, propone un mundo de opuestos donde se anula al otro. Al excluir, al convertir la complejidad en monotonía generalizadora, aparece su majestad “la gente”. No es menor el esfuerzo para devolver a los demás, a usted, a mí, la jerarquía de la diversidad. Vale la pena, como punto de partida para el respeto que nos debemos. Se pueden votar todas las leyes imaginables sobre la inclusión, que serán diluidas en el mar vacío de “la gente”, a menos que desandemos, en el cotidiano trajinar, esta peligrosa comodidad.

en clave de y


MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

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