La guerra contra el dólar
Desde hace varios años, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está librando una batalla tanto económica como cultural contra el dólar estadounidense. Aunque los esfuerzos iniciales por convencer a la población de que ahorrar en dólares es poco patriótico no tuvieron el éxito esperado, últimamente el gobierno se las ha arreglado para que el peso recuperara un poco del terreno perdido durante la gestión como titular del Banco Central de Juan Carlos Fábrega. Para sorpresa de muchos, la cotización del emblemático dólar blue, el más libre de todas las distintas variantes de la divisa, bajó bastante en la primera semana del mes corriente e incluso regresó brevemente al nivel que había ocupado a fines de julio pasado después de dar un salto alarmante que lo llevó a rozar los 16 pesos, un valor que no tuvo nada que ver con el poder de compra. Según los especialistas, la caída reciente fue consecuencia de una combinación de las fuertes presiones policiales en el pequeño mercado paralelo que opera en las inmediaciones de la Casa Rosada con la leve recuperación de las reservas que fue posibilitada por el “swap” con China y por un acuerdo con los exportadores de granos. Ya que las medidas emprendidas por el presidente actual del Banco Central, Alejandro Vanoli, parecieron tener el resultado previsto, el funcionario dijo que “vamos a profundizar las políticas y los instrumentos regulatorios” para “desarmar todas las maniobras que implican una violación de la normativa vigente”, si bien niega tener “un ánimo persecutorio”. Además de querer poner fin al estrellato alcanzado por el dólar blue, Vanoli se afirma resuelto a “desdolarizar el ahorro”, pero para lograr dicho objetivo tendría que no sólo mantener la divisa norteamericana fuera del alcance de quienes tratan de defenderse contra la inflación atesorándola, sino también restaurar la confianza de la población en la fortaleza del maltrecho peso nacional. Como Cristina podría informarle, no le será nada fácil curar a los argentinos de su pasión por la divisa extranjera que para muchos es la única que realmente vale. Aparte de jurar, como hacen todos los presidentes del Banco Central y ministros de Economía del mundo, que nunca se le ocurriría devaluar el peso, Vanoli no podrá hacer mucho para que el dólar deje de ser la moneda de referencia por antonomasia. En este ámbito, las medidas policiales, persecutorias o no, que se han probado tantas veces a través de los años, suelen ser contraproducentes. A lo sumo, servirían para que se difunda la sensación de que procurar conseguir dólares es tan riesgoso que sería mejor no intentarlo, pero a menos que haya buenos motivos para suponer que el gobierno ha logrado frenar la inflación, tarde o temprano se producirá una nueva corrida, una que, después de un período de tranquilidad aparente, podría ser explosiva. Mucho dependerá de la evolución no sólo de la demanda de dólares, que Vanoli parece haber reducido multiplicando las inspecciones en “las cuevas” y sancionando a los infractores encontrados en ellas, motivando lo que algunos han llamado “un feriado cambiario”, sino también de la oferta, que ha aumentado gracias a los ingresos recientes que, se prevé, posibilitarán que a comienzos del año venidero el Banco Central tenga reservas por encima de los 26.000 millones de dólares. Puesto que antes de culminar la transición el gobierno kirchnerista tendrá que afrontar una serie de obligaciones financieras onerosas, dicho monto luce decididamente exiguo, pero en opinión de los economistas, podrá aliviar la situación emitiendo más bonos. Lo ayudará la impresión generalizada de que el próximo gobierno hará un esfuerzo auténtico por manejar la economía con más realismo que el de Cristina y, sobre todo, reconciliarse con los mercados de crédito internacionales. Puede que resulte un tanto exagerado el optimismo limitado ocasionado por la proximidad de un cambio, pero a juicio de muchos ya ha comenzado a incidir de forma positiva en los mercados locales para que los agentes económicos pasen por alto el peligro planteado por la emisión frenética de dinero impulsada por Axel Kicillof, que se dice convencido de que los “monetaristas” que le advierten que así está fogoneando la inflación no entienden nada.
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