“La historia será nuestra”: 40 años del golpe a Salvador Allende
Revolución y democracia. Dos palabras, un abismo entre ellas. La realidad pareciera esforzarse al máximo para hacerlas antagónicas. Sin embargo, en ellas se dio la originalidad de Salvador Allende, lo que se denominó la vía pacífica al socialismo. En plena Guerra Fría, con el aura de la Revolución Cubana todavía candente y los focos guerrilleros creciendo en Latinoamérica, un médico bonachón propuso una vuelta de tuerca más a la lucha por la justicia social. Para Marx y Engels, la violencia constituía la condición sine qua non para la toma del poder. El mismo Friedrich Engels dijo que no hay nada más autoritario que una revolución y que ella implica sí o sí “bastillazos”. La dialéctica histórica que propuso Marx hace de la violencia la acción generadora de los grandes cambios sociales, la única vía posible para la revolución. La violencia fue la que dio nacimiento a la dominación burguesa en la Revolución Francesa y del mismo modo fue ella la que abrió el paso al proletariado para la toma del poder. Nadie había cuestionado esta dialéctica hasta Salvador Allende, y he aquí su originalidad que ha sido callada, especialmente en Chile, durante 40 años. Por más de tres décadas, Allende convenció a la izquierda que la única forma de instaurar el socialismo en Chile era a través de la vía pacífica y democrática. Un proceso único, “el primero en la historia de la humanidad”, dijo Fidel Castro, se dio en el país hermano. El sueño democrático, el de llegar a las transformaciones sociales a través de las instituciones y de manera pacífica, se hacía carne en Chile. El mundo se vislumbraba y tal vez el mismo pueblo chileno, principal hacedor del sueño, no llegó a tomar la suficiente conciencia de lo que encarnaba. Estados Unidos jamás permitiría otra Cuba en América. Nixon y Kissinger se encargarían de ello. En su cuarto intento, Allende logró la presidencia de Chile. Ese mismo día comenzó el golpe de Estado que terminó por derrocarlo tres años más tarde. Días antes de la asunción de Allende, un comando paramilitar asesorado por la CIA acribilló al general René Schneider, principal defensor de la no intervención militar en la política chilena. Se encadenaron a posteriori diferentes hechos, todos dirigidos al solo objetivo de desestabilizar el gobierno constitucional, desde huelgas generales (principalmente en los sectores minero y de transporte) hasta un desabastecimiento sistemático por parte de las cadenas de insumos y alimentos, pasando por un bloqueo comercial y financiero internacional ordenado por Estados Unidos. La elección legislativa de 1973 era la oportunidad que la oposición esperaba para destituir a Allende, debía lograr 2/3 de los escaños. El triunfo de la centro-derecha fue efímero y el apoyo a la Unidad Popular se hizo cada vez más amplio. Nada parecía socavar el gobierno de Allende, que se mantenía incólume en sus convicciones. Sólo quedaba el golpe, la fuerza militar al servicio de intereses totalmente ajenos a los de la patria. La complicidad civil y política sería fundamental, también el apoyo norteamericano. Augusto Pinochet, que apenas dos días antes había jurado su lealtad al gobierno constitucional, encabezó el brutal ataque que tomó Valparaíso con la ayuda de buques norteamericanos y bombardeó La Moneda. La casa presidencial fue atacada y desmantelada aun sabiendo que Allende estaba en Santiago, allí sólo se encontraba la esposa del presidente. El genocidio en el país hermano comenzaba y la dictadura pinochetista se instaló por casi dos décadas. Al día de hoy los delitos de lesa humanidad cometidos son una herida abierta en la sociedad chilena que debe ser cicatrizada. ¿Qué fue lo que causó tanto odio y tanta muerte? ¿Por qué ese ensañamiento con Allende y sus partidarios? La respuesta puede ser sólo una y es el peligroso ejemplo que significaba la vía pacífica y democrática para el imperialismo, el establishment y las clases dominantes chilenas, mucho más que la influencia cubana. La justicia social se realizaba por las vías institucionales, nunca por la fuerza o la violencia y así revocaban el argumento de las intervenciones de los defensores mundiales de la democracia. La furia de Nixon era comprensible, la estatización del cobre, la mejor distribución de la riqueza, el ingreso de los sectores históricamente desplazados a la vida política de Chile, el congelamiento de precios, una incipiente reforma agraria, la igualdad en el acceso a la salud y educación eran logros realizados de manera democrática y pacífica; no se daba lo que ellos llaman una dictadura ni subversión violenta. La profundidad del convencimiento de Allende se traslucía en su último discurso desde La Moneda bombardeada y en llamas. Hegel indica que la historia avanza por su lado malo, de negación en negación. Salvador Allende quiso hacerla avanzar por su lado bueno, tuvo una fe inquebrantable en que la esencia del hombre es buena y por esto nunca se decidió por una resistencia popular armada a pesar de que el golpe de Estado estaba decidido desde el día mismo en que ganó las elecciones, quizás incluso desde antes. Allende creía en que era un devenir necesario, en que la historia la construyen los pueblos y por eso “es nuestra”. Resulta indudable que en algún momento, “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. El proceso social en Chile fue abortado, pero su sacrificio no resultó en vano, Allende y la Unidad Popular encarnaron lo contrario al capitalismo, encarnaron la igualdad para todos. Creyeron en la paz y en que la historia sólo tiene una dirección: la libertad de los pueblos. Llevaron su convicción hasta el final y, por eso, son ejemplo a seguir. Nelson Castro Heredia DNI 33.178.711 Centenario