La inoperancia al poder

Redacción

Por Redacción

Como aquellos europeos que afirman que la solución de los problemas económicos y sociales del viejo continente tendrá que ser “más Europa”, es decir, un mayor grado de integración, algunos kirchneristas nos aseguran que la mejor forma de superar las dificultades que enfrenta “el modelo” consistiría en “profundizarlo”, planteo éste que asusta a quienes suponen que lo que tienen en mente los que hablan así es emprender una aventura chavista. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece plenamente consciente de que no le convendría en absoluto alejarse demasiado de la ortodoxia económica, en los meses últimos el gobierno ha tomado muchas medidas tan llamativamente heterodoxas que han motivado asombro en el exterior, donde se ha puesto de moda burlarse de sus innovaciones imaginativas, como la supuesta por la prohibición de importar libros “en la era del iPad y el Kindle”. A juicio del economista Guillermo Calvo, se trata de “una manera muy infantil de manejar las cosas” ya que “se hacen daño a ellos mismos, una cosa casi irracional”. Si bien medio centenar de países ha protestado contra los esfuerzos excéntricos del gobierno de Cristina por defender el superávit comercial erigiendo barreras proteccionistas “de facto”, lo más preocupante no es el riesgo de que el país termine aislándose del resto del mundo, sino el hecho ya evidente de que la presidenta se haya rodeado de aficionados improvisados que se han encargado de las tareas administrativas. Por desgracia, los jóvenes de La Cámpora que están ocupando cada vez más “espacio” en el gobierno no se destacan por su capacidad. Puede que algunos hayan conseguido brillar en las partes más politizadas del desprestigiado firmamento académico local, pero no parecen poseer las dotes profesionales que les permitirían manejar con eficiencia empresas como Aerolíneas Argentinas. Esta realidad alarmante puede atribuirse al estado lamentable de las instituciones políticas del país. En el mundo desarrollado, los partidos están organizados de tal forma que, entre otras cosas, sirven de filtros que impiden el ascenso de personajes de talentos inadecuados o inapropiados. Aquí, en cambio, suelen privilegiarse ya “la militancia”, ya los vínculos familiares o de amistad. Combinados con la costumbre de considerar presidenciables a gobernadores de provincias caudillistas, el nepotismo y amiguismo virtualmente garantizan que con cierta frecuencia el gobierno nacional caiga en manos de los miembros de alguno que otro clan; en los años noventa, los puestos clave se vieron ocupados por riojanos; a partir de mayo del 2003, los “pingüinos” leales a la familia Kirchner han podido escalar posiciones con rapidez envidiable. Aunque andando el tiempo personas procedentes de otras partes del país logran sumarse al “proyecto” caudillista, el proceso de selección sigue basándose en factores meramente subjetivos. Las deficiencias estructurales que son atribuibles a la falta de una administración pública profesional y a la sobrevaloración de “la militancia” se han visto agravadas por el personalismo exagerado que es tan característico de la gestión de Cristina. La presidenta no cuenta con equipos de asesores experimentados capaces de ayudarla a gobernar con solvencia, sino que depende de tres o cuatro personas de trayectoria poco impresionante. No sorprende, pues, que día tras día se produzcan episodios raros, como los protagonizados por el desafortunado vicepresidente Amado Boudou, el rocambolesco secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y otros funcionarios, ni que en países menos habituados a tales extravagancias se haya comenzado a mofarse del show extraño que nos están brindando. Tampoco sorprendería que el elenco gobernante se las arreglara para provocar crisis totalmente innecesarias. Como advirtió Calvo: “En el momento en que les vaya mal, yo creo que va a ser serio, porque si cometen errores cuando les va bien, cuando les vaya mal, no sé qué es lo que va a pasar”. Hasta ahora, el país se ha visto beneficiado por una coyuntura internacional insólitamente favorable. Puede que siga la bonanza, pero también es posible que pronto llegue a su fin. En tal caso, pagaríamos un precio muy elevado por depender tanto del accionar de improvisados.


Como aquellos europeos que afirman que la solución de los problemas económicos y sociales del viejo continente tendrá que ser “más Europa”, es decir, un mayor grado de integración, algunos kirchneristas nos aseguran que la mejor forma de superar las dificultades que enfrenta “el modelo” consistiría en “profundizarlo”, planteo éste que asusta a quienes suponen que lo que tienen en mente los que hablan así es emprender una aventura chavista. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece plenamente consciente de que no le convendría en absoluto alejarse demasiado de la ortodoxia económica, en los meses últimos el gobierno ha tomado muchas medidas tan llamativamente heterodoxas que han motivado asombro en el exterior, donde se ha puesto de moda burlarse de sus innovaciones imaginativas, como la supuesta por la prohibición de importar libros “en la era del iPad y el Kindle”. A juicio del economista Guillermo Calvo, se trata de “una manera muy infantil de manejar las cosas” ya que “se hacen daño a ellos mismos, una cosa casi irracional”. Si bien medio centenar de países ha protestado contra los esfuerzos excéntricos del gobierno de Cristina por defender el superávit comercial erigiendo barreras proteccionistas “de facto”, lo más preocupante no es el riesgo de que el país termine aislándose del resto del mundo, sino el hecho ya evidente de que la presidenta se haya rodeado de aficionados improvisados que se han encargado de las tareas administrativas. Por desgracia, los jóvenes de La Cámpora que están ocupando cada vez más “espacio” en el gobierno no se destacan por su capacidad. Puede que algunos hayan conseguido brillar en las partes más politizadas del desprestigiado firmamento académico local, pero no parecen poseer las dotes profesionales que les permitirían manejar con eficiencia empresas como Aerolíneas Argentinas. Esta realidad alarmante puede atribuirse al estado lamentable de las instituciones políticas del país. En el mundo desarrollado, los partidos están organizados de tal forma que, entre otras cosas, sirven de filtros que impiden el ascenso de personajes de talentos inadecuados o inapropiados. Aquí, en cambio, suelen privilegiarse ya “la militancia”, ya los vínculos familiares o de amistad. Combinados con la costumbre de considerar presidenciables a gobernadores de provincias caudillistas, el nepotismo y amiguismo virtualmente garantizan que con cierta frecuencia el gobierno nacional caiga en manos de los miembros de alguno que otro clan; en los años noventa, los puestos clave se vieron ocupados por riojanos; a partir de mayo del 2003, los “pingüinos” leales a la familia Kirchner han podido escalar posiciones con rapidez envidiable. Aunque andando el tiempo personas procedentes de otras partes del país logran sumarse al “proyecto” caudillista, el proceso de selección sigue basándose en factores meramente subjetivos. Las deficiencias estructurales que son atribuibles a la falta de una administración pública profesional y a la sobrevaloración de “la militancia” se han visto agravadas por el personalismo exagerado que es tan característico de la gestión de Cristina. La presidenta no cuenta con equipos de asesores experimentados capaces de ayudarla a gobernar con solvencia, sino que depende de tres o cuatro personas de trayectoria poco impresionante. No sorprende, pues, que día tras día se produzcan episodios raros, como los protagonizados por el desafortunado vicepresidente Amado Boudou, el rocambolesco secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y otros funcionarios, ni que en países menos habituados a tales extravagancias se haya comenzado a mofarse del show extraño que nos están brindando. Tampoco sorprendería que el elenco gobernante se las arreglara para provocar crisis totalmente innecesarias. Como advirtió Calvo: “En el momento en que les vaya mal, yo creo que va a ser serio, porque si cometen errores cuando les va bien, cuando les vaya mal, no sé qué es lo que va a pasar”. Hasta ahora, el país se ha visto beneficiado por una coyuntura internacional insólitamente favorable. Puede que siga la bonanza, pero también es posible que pronto llegue a su fin. En tal caso, pagaríamos un precio muy elevado por depender tanto del accionar de improvisados.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora