La invasión

A inicios de 1900, granjeros de EE. UU. vinieron a buscar estos roedores a Sudamérica por su piel. Es porque no había más nutrias ni visones. Años después, alguien liberó una docena de coipos y hoy son una plaga que no se sabe cómo combatir.

Un verdadero ejército adquirió proporciones colosales: invadió los Estados Unidos desde Sudamérica; muy probablemente desde la Patagonia. Sólo en Louisiana desplegó 20 millones de seres. Rodeó por el oeste Portland, en Oregón, y por el este Chesepeake. Ya hay huestes que asediaron Nueva York.

Desconcertados, los invadidos vienen desplegando toda serie de tácticas para detenerlos. Pero no han tenido éxito. El problema es que deben enfrentar a seres diminutos, sagaces para el ocultamiento, sumamente dañinos y –por si fuera poco– dispuestos a multiplicarse.

¿Quiénes son estos colonizadores? ¿De dónde vienen?

Son los coipos (Myocastor coypus), roedores robustos y de gran tamaño, de cuerpo arqueado y cabeza triangular.

Su pelaje es casi tan envidiable como el de la nutria y, en buena medida, explica este derrotero invasor.

La historia comienza a mediados de 1900, cuando conocedores de esta especie endémica sudamericana, se promovió su crianza en granjas, considerando su valor peletero y su utilidad como agente de control biológico de malezas. Y sobre todo al ver que las nutrias, castores y visones comenzaban a escasear.

Los investigadores tenían determinado el hábitat natural de los coipos: el este de Argentina (sobre todo la Patagonia, incluidos parte de los valles Alto y Medio rionegrinos donde hay muchos ejemplares, la zona costera y el río Colorado), gran porción patagónica de Chile y áreas de países limítrofes.

Esta atracción por las pieles del roedor y la intuición de que adquirirían alto precio, animaron a la introducción de la especie a Estados Unidos. La idea de traerlos desde estos lares fue compartida por muchos productores, de modo que rápidamente se produjo el establecimiento de poblaciones en cautiverio en varios estados norteamericanos. Es que la sobreexplotación de nutrias y de visones por la fuerte demanda de pieles, llevó a esas especies carnívoras al borde de la extinción. Así comenzó a producirse la sustitución por los herbívoros coipos, roedores sociales y prolíficos (si bien no son gregarios, viven en parejas y en promedio tienen cinco crías, que pueden llegar a 13). A los coipos directamente se los rebautizó “nutrias”, al compás de las leyes del mercado.

Tenía una ventaja criar coipos por sobre nutrias y visones: era mucho más fácil y de menor costo pues los coipos son dóciles y se alimentan de vegetales.

¿Qué hay de su carne? En realidad, pese a ser comestible, suele ser despreciada por su aspecto de rata gigante.

En definitiva, en Estados Unidos los coipos se transformaron en sujetos de la historia económica.

Pero en la década del ´30 empezaron los problemas.

Al parecer, a algunos granjeros se les ocurrió la idea de experimentar la complementación de poblaciones de animales peleteros nativos con otras especies. Y liberaron por lo menos una docena de ejemplares. Fue en Maryland, en la costa oriental de la Bahía de Chesepeake, condado de Dorchester.

Hay también registros de una liberación de coipos en un criadero del ejido de Sierra de Juárez, Ensenada, Baja California.

Hasta la década del ´60, pocos notaban el aumento de las poblaciones silvestres. Pero sí en los ´70. Los crudos inviernos de 1977/78 pusieron algún freno al crecimiento de esta población. Sin embargo, en los ´80 y en los ´90, las legiones de coipos alcanzaron altísimos niveles en Maryland; luego en la Bahía de Chesepeake, en los pantanos de Louisiana, en Texas, Washington, Nueva York…

Hoy son una plaga.

Para dar un ejemplo que permita entender la magnitud del problema, sólo en el Estado de Louisiana, había 20 millones de seres y otro tanto en Washington.

Desde hace varios años, la obsesión es, sino controlarlos, erradicarlos.

Es que, lejos de ser unos simpáticos animalitos, son realmente dañinos: sus túneles rompen diques e instalaciones de irrigación; afectan las cosechas de arroz, maíz, alfalfa y avena, y -por si fuera poco- son transmisoras de enfermedades (la encefalitis equina, la leptospirosis, pasteulerosis, paratifoidea y salmonelosis), además de males parasitarios como nemátodos, giardiasis y tenias, transmisibles a otros animales nativos, al ganado y al propio ser humano. Están diezmando poblaciones de peces catanes en México. Aves, nutrias, castores, crustáceos, moluscos… todas estas especies están en peligro por el coipo.

Por ello, se ha definido a este roedor como “invasor de alto impacto en la biodiversidad”, un serio peligro para la estabilidad del ecosistema.

Cuestión de Estado

La necesidad de terminar con ellos es, incluso, una cuestión de Estado desde hace años. El entonces presidente Bill Clinton firmó en octubre de 1998 la ley 105-322, que autorizaba al Departamento del Interior a asignar 2,9 millones de dólares a la investigación y control del coipo. Dos meses después, se firmó una Orden Ejecutiva Presidencial sobre Especies Invasoras con instrucciones precisas de control y exterminio dirigidas a las agencias federales.

Los programas de control son significativos. Una veintena de investigadores desarrollan desde el 2000 el Proyecto Coipo de Maryland. La desesperación por frenar estos animalitos animó a debatir dos posibilidades: un sistema de recompensas a cazadores que capturen coipos o la contratación de cazadores a sueldo. La primera opción fue desechada porque advirtieron que las recompensas podían incentivar a los cazadores a acaparar coipos, especulando con la suba del precio. Se optó entonces por la segunda alternativa, aun cuando la tasa de presas capturadas fuera más decepcionante.

En Chesepeake, por ejemplo, pagaban u$s 1,50 por cada cola de coipo atrapada. Antes de que Clinton se ocupara del asunto, en 1997 se realizó en Maryland una reunión cumbre sobre el control del coipo y se creó una alianza compuesta por seis agencias federales, cinco estatales, once organizaciones no gubernamentales y un representante del Congreso. Desarrollaron una profusa campaña de control.

La pérdida de pantanos era la gran preocupación de todos. Si la propagación era inevitable (recordemos que los coipos son prolíficos), al menos se buscaba una barrera de contención contra la dispersión de poblaciones alrededor de diques, pantanos y las reservas de animales que era necesario proteger.

Diseñadores, libres de culpa

La imaginación frente a la magnitud del problema, permitió un regreso a la fuentes.

Aun cuando la conciencia ecologista ciudadana ha calado también en los peleteros, hay una camada de ellos que estudian cómo aprovechar el abundante sacrificio de estas “ratas de pantano” que hacen los cazadores. Uno de ellos es Cree McRee, diseñador de ropa de Nueva Orleans, Louisiana. Es un fervoroso defensor de los animales, pero la plaga de coipos lo ha convertido en uno de los estimuladores de la creación de moda con este animal. De hecho, realizó una exhibición de alto nivel en las pasarelas de Nueva York, llamada “Coipo palooza”.

Es más, el “New York Times” informó que prestigiosos diseñadores como Oscar de la Renta y Billy Reid están probando la piel “justa” del coipo. Seducidos por el pelaje marrón suave del roedor de los pantanos, han asumido que la plaga los habilita a trabajar –como en antaño– una “piel libre de culpa”.

Fuentes: Conabio (Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad), México; R.M Nowak (“Mamíferos caminadores del mundo”); “Actas del Taller Internacional para el Control de Castores en el Archipiélago de Tierra del Fuego” (gobierno de Chile); María Laura Guichón: “Distribución espacial, comportamiento y estructura de poblaciones del coipo en la cuenca del Río Luján”, y Animal Planet.


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