La lenta agonía de los Bosques Andino Patagónicos

Desde que se elevaron las cordilleras de los Andes, las nubes del Pacífico regaron las tierras de Chile y en la montaña, donde las precipitaciones alcanzan los 3.000 milímetros/año. Los vientos siguen hacia el este, pero secos y secantes. Los bosques de la región que llega hasta la Tierra del Fuego, prosperan solamente en una franja angosta de promedio 50 kilómetros de ancho, donde reciben por lo menos 1.000 milímetros de precipitación por año. De ahí en adelante se extiende la enorme estepa patagónica que al final se convierte en desierto. Durante los millones de años de evolución, estos bosques convivían con el huemul y con el pudú pudú, ambos sérvidos. Con la llegada de los europeos las cosas cambiaron terriblemente. Los pioneros trajeron sus animales, caballos, vacunos, ovejas y chivos. Se iniciaron grandes incendios de los bosques para hacer lugar para el pastoreo (Rothkugel, 1916). Tenemos que tratar de entender la situación. La madera no tenía ningún valor. No existían caminos ni rieles para trasportarla, las ciudades aún eran pequeñas, un mercado para madera prácticamente no existía. En cambio la lana tenía muy buenos precios y era muy fácil de trasportar con enormes carretas y como había forraje en abundancia en los bosques quemados y los retoños de los mismos, se inició un intenso sobrepastoreo que terminó en una terrible erosión que cubría grandes campos y faldeos de montaña. Con la construcción de caminos y el crecimiento demográfico, la madera se convirtió en un producto valioso. Los recién fundados Parques Nacionales vendían concesiones para madereros, que instalaron aserraderos por dondequiera. San Martín de los Andes vivía de la madera y había en la región 22 aserraderos. Los concesionarios eran comerciantes, pero no eran forestales, les interesaba la plata de hoy, pero no la riqueza forestal de mañana. Se voltearon los mejores ejemplares de raulí (Nothofagus procera), coihue (Nothofagus dombeyi), roble pellín (Nothofagus obliqua) y lenga (Nothofagus pumilio). Todos los árboles defectuosos, sobre maduros y malformados quedaron en pie. Cuando recién llegué a la región en 1962, recorría esas explotaciones en compañía del muy recordado ingeniero Sergio Schajovskoy, un excelente científico forestal. El daño era increíble. Totalmente mal manejado, quedó una masa forestal que valía a lo sumo para leña. En la década del 70, la administración de Parques Nacionales no renovó las concesiones y los madereros tenían que irse. Los aserraderos cerraban. San Martín empezó a desarrollar su potencial turístico y vive muy bien con él. Cuarenta años después recorrí de nuevo las antiguas concesiones y quedé admirado de la gran fuerza de recuperación de los bosques andino patagónicos. Los renovales ya tenían diámetros de 40 centímetros y más, había renovación por todos lados, también dentro de los cañaverales. Había desde plantitas del año hasta ejemplares de más de cuarenta años. Eso significa que, manejado con criterio científico, serían un recurso renovable con rendimiento sostenido a perpetuidad. Cosechando los maduros y cuidando los renuevos, logrando un muy buen rendimiento. Esa recuperación de los bosques destruidos se explica por el hecho de que Parques Nacionales exigió que se retirara toda la hacienda. Y ése es el punto al cual quiero llegar. El muy recordado ingeniero Ricardo Jungwirt solía nombrar los grandes enemigos de los bosques nativos: “El hacha, el fuego y el diente del ganado”. El hacha, en los Parques, ha desaparecido, por lo menos en la gran escala de antes. El fuego se combate eficazmente. Si bien siempre se vuelve a producir, por lo menos ya no se pone intencionalmente como antes. Queda el enemigo diente del ganado. La vez pasada viajé por el famoso camino de los “Siete Lagos” y gocé como siempre de la gran belleza de estos paisajes. Entre Lago Hermoso y Villa La Angostura conté 47 vacunos. Vaya a saber cuántos más se escondían entre los bosques y montañas que desde la ruta no se ven. De qué viven estos animales, salta a la vista: de los retoños de los árboles autóctonos. Se los ve desde la ruta, las plantas chicas desaparecen y las de 1 ó 2 metros de altura están totalmente ramoneadas. En el camino a Quila Quina, adornado por hermosos ejemplares de roble pellín, con algo de ñire (Nothofagus antarctica) y coihue no se encuentra ninguna renovación, toda está comida y se sigue devorando a medida que brotan. La situanción es dramática. Por algunos pobladores que mantienen su ganado en el Parque Nacional, peligran los hermosos bosques nativos. Parques Nacionales y sus guarparques deberían vigilar este bien que es propiedad de todos los argentinos. Todavía las montañas parecen verdes, pero va a llegar el día cuando se mueran los árboles grandes y si no hay nuevos, estos bosques están condenados a desaparecer. Ojalá que con esta publicación se logre cambiar la situación. Resumen: si no se logra sacar a la hacienda de los Bosques Andino Patagónicos, sean Parques Nacionales o no, esta riqueza forestal está condenada a desaparecer, ya que los animales devoran constantemente toda la regeneración natural. Eberardo Hoepke Director gerente de Meliquina S. A. (R) Bosque Andino S. A. Bosque Patagónico S. A. Casilla de Correo 73 8370 San Martín de Los Andes (Neuquén)


Desde que se elevaron las cordilleras de los Andes, las nubes del Pacífico regaron las tierras de Chile y en la montaña, donde las precipitaciones alcanzan los 3.000 milímetros/año. Los vientos siguen hacia el este, pero secos y secantes. Los bosques de la región que llega hasta la Tierra del Fuego, prosperan solamente en una franja angosta de promedio 50 kilómetros de ancho, donde reciben por lo menos 1.000 milímetros de precipitación por año. De ahí en adelante se extiende la enorme estepa patagónica que al final se convierte en desierto. Durante los millones de años de evolución, estos bosques convivían con el huemul y con el pudú pudú, ambos sérvidos. Con la llegada de los europeos las cosas cambiaron terriblemente. Los pioneros trajeron sus animales, caballos, vacunos, ovejas y chivos. Se iniciaron grandes incendios de los bosques para hacer lugar para el pastoreo (Rothkugel, 1916). Tenemos que tratar de entender la situación. La madera no tenía ningún valor. No existían caminos ni rieles para trasportarla, las ciudades aún eran pequeñas, un mercado para madera prácticamente no existía. En cambio la lana tenía muy buenos precios y era muy fácil de trasportar con enormes carretas y como había forraje en abundancia en los bosques quemados y los retoños de los mismos, se inició un intenso sobrepastoreo que terminó en una terrible erosión que cubría grandes campos y faldeos de montaña. Con la construcción de caminos y el crecimiento demográfico, la madera se convirtió en un producto valioso. Los recién fundados Parques Nacionales vendían concesiones para madereros, que instalaron aserraderos por dondequiera. San Martín de los Andes vivía de la madera y había en la región 22 aserraderos. Los concesionarios eran comerciantes, pero no eran forestales, les interesaba la plata de hoy, pero no la riqueza forestal de mañana. Se voltearon los mejores ejemplares de raulí (Nothofagus procera), coihue (Nothofagus dombeyi), roble pellín (Nothofagus obliqua) y lenga (Nothofagus pumilio). Todos los árboles defectuosos, sobre maduros y malformados quedaron en pie. Cuando recién llegué a la región en 1962, recorría esas explotaciones en compañía del muy recordado ingeniero Sergio Schajovskoy, un excelente científico forestal. El daño era increíble. Totalmente mal manejado, quedó una masa forestal que valía a lo sumo para leña. En la década del 70, la administración de Parques Nacionales no renovó las concesiones y los madereros tenían que irse. Los aserraderos cerraban. San Martín empezó a desarrollar su potencial turístico y vive muy bien con él. Cuarenta años después recorrí de nuevo las antiguas concesiones y quedé admirado de la gran fuerza de recuperación de los bosques andino patagónicos. Los renovales ya tenían diámetros de 40 centímetros y más, había renovación por todos lados, también dentro de los cañaverales. Había desde plantitas del año hasta ejemplares de más de cuarenta años. Eso significa que, manejado con criterio científico, serían un recurso renovable con rendimiento sostenido a perpetuidad. Cosechando los maduros y cuidando los renuevos, logrando un muy buen rendimiento. Esa recuperación de los bosques destruidos se explica por el hecho de que Parques Nacionales exigió que se retirara toda la hacienda. Y ése es el punto al cual quiero llegar. El muy recordado ingeniero Ricardo Jungwirt solía nombrar los grandes enemigos de los bosques nativos: “El hacha, el fuego y el diente del ganado”. El hacha, en los Parques, ha desaparecido, por lo menos en la gran escala de antes. El fuego se combate eficazmente. Si bien siempre se vuelve a producir, por lo menos ya no se pone intencionalmente como antes. Queda el enemigo diente del ganado. La vez pasada viajé por el famoso camino de los “Siete Lagos” y gocé como siempre de la gran belleza de estos paisajes. Entre Lago Hermoso y Villa La Angostura conté 47 vacunos. Vaya a saber cuántos más se escondían entre los bosques y montañas que desde la ruta no se ven. De qué viven estos animales, salta a la vista: de los retoños de los árboles autóctonos. Se los ve desde la ruta, las plantas chicas desaparecen y las de 1 ó 2 metros de altura están totalmente ramoneadas. En el camino a Quila Quina, adornado por hermosos ejemplares de roble pellín, con algo de ñire (Nothofagus antarctica) y coihue no se encuentra ninguna renovación, toda está comida y se sigue devorando a medida que brotan. La situanción es dramática. Por algunos pobladores que mantienen su ganado en el Parque Nacional, peligran los hermosos bosques nativos. Parques Nacionales y sus guarparques deberían vigilar este bien que es propiedad de todos los argentinos. Todavía las montañas parecen verdes, pero va a llegar el día cuando se mueran los árboles grandes y si no hay nuevos, estos bosques están condenados a desaparecer. Ojalá que con esta publicación se logre cambiar la situación. Resumen: si no se logra sacar a la hacienda de los Bosques Andino Patagónicos, sean Parques Nacionales o no, esta riqueza forestal está condenada a desaparecer, ya que los animales devoran constantemente toda la regeneración natural. Eberardo Hoepke Director gerente de Meliquina S. A. (R) Bosque Andino S. A. Bosque Patagónico S. A. Casilla de Correo 73 8370 San Martín de Los Andes (Neuquén)

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