La libertad bajo ataque
Desde hace aproximadamente veinte años, los islamistas están librando una campaña virulenta contra la libertad de expresión que, no debería ser necesario decirlo, incluye la libertad de ofender a los fieles de los distintos credos religiosos. Además de asesinar a algunos, como el cineasta holandés Theo van Gogh, que se animaron a criticar el islam y amenazar de muerte a otros, forzándolos a exiliarse, ocultarse o convivir con una fuerte custodia policial, los islamistas han logrado asegurarse el apoyo de muchos occidentales que, con el pretexto de que la “islamofobia” es en verdad una forma de racismo, se han sometido voluntariamente a la autocensura y presionado de mil maneras para que los emulen a los reacios a obedecer las reglas de la llamada “corrección política”. De los escasos periódicos europeos que se han negado a dejarse intimidar por los islamistas y por quienes los creen víctimas de la xenofobia y que por lo tanto merecen ser protegidas por la ley, el más célebre es el parisino “Charlie Hebdo”, que acaba de sufrir un ataque brutal en que murieron al menos doce personas, entre ellas el director Stéphane Charbonnier y varios dibujantes. De haberse limitado “Charlie Hebdo” a burlarse de Jesucristo, digamos, virtualmente todos los biempensantes lo hubieran elogiado por su coraje, pero en cuanto optó por publicar caricaturas de Mahoma, yihadistas y otros personajes islámicos, la falta de respeto así supuesta motivó el repudio de muchos que se afirman partidarios resueltos de la libertad de expresión, claro que sí, pero dicen creer que hay que limitarla cuando es cuestión de musulmanes por tratarse de integrantes de una minoría víctima de la agresión occidental. Puede que el ataque salvaje perpetrado por yihadistas contra el semanario marque un punto de inflexión. En países europeos en que hasta entonces casi todos los medios se habían negado a reproducir caricaturas –como las danesas que hace diez años desataron tantos disturbios en el mundo musulmán– que podían molestar a los islamistas, los diarios principales pusieron en sus ediciones on-line las publicadas por “Charlie Hebdo”. Todos los gobiernos occidentales, sin excluir el nuestro, condenaron lo que calificaron de un acto de barbarie. Y en muchas ciudades –comenzando, como corresponde, con París– se celebraron manifestaciones multitudinarias espontáneas en solidaridad con los asesinados por los yihadistas. Para disgusto de los políticos e intelectuales que hoy en día constituyen la clase dirigente, la mayoría de los europeos ya había tomado conciencia de la gravedad de la amenaza planteada por el islam militante antes de producirse el atentado contra “Charlie Hebdo”, pero gobiernos como los de Angela Merkel en Alemania, François Hollande en Francia y David Cameron en el Reino Unido se habían habituado a reaccionar ante las protestas esporádicas como si a su entender el problema principal fuera la xenofobia de los occidentales, no la intolerancia radical de hasta musulmanes considerados relativamente moderados, de los que la mayoría, según las encuestas de opinión, quisiera que sus países de residencia vivieran bajo la despiadada ley islámica. Aunque en la actualidad tal aspiración parece poco realista, ya que solamente en Francia la proporción de musulmanes se acerca al 10% de la población en su conjunto, sucede que en Europa hay decenas de miles de islamistas, como los que están combatiendo en las filas del Estado Islámico en Irak y Siria, que confían en que pronto les será dado concretarla. Es de prever, pues, que en los próximos meses en Europa y otras partes del mundo haya muchos ataques yihadistas más contra entidades como “Charlie Hebdo” que, a su modo, simbolizan principios fundamentales para la cultura occidental. En cambio, no es posible prever cómo reaccionarán aquellos gobiernos que durante años han insistido en que el terrorismo yihadista no tiene nada que ver con el islam que, repiten, es una “religión de la paz” que ha sido secuestrada por una minoría minúscula de extremistas, de tal modo permitiendo que el fenómeno siguiera adquiriendo dimensiones cada vez más alarmantes, además de ampliar la brecha ya enorme que separa a los partidos tradicionales, tanto izquierdistas como centristas o derechistas, de la ciudadanía que supuestamente representan y que, mal que les pese, tendrá la palabra final.
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