La lucha equivocada
El objetivo de todos los preocupados por "la gente" debería consistir en congraciarse con los inversores.
Seducidos por su propia retórica, son muchos los políticos, intelectuales y clérigos que han decidido tomar el drama argentino por una lucha entre «lo humano» por un lado y, por el otro, «los mercados», una coalición maligna de fuerzas tenebrosas encarnadas por banqueros, economistas «neoliberales» y especuladores de diverso tipo que, dicen, están resueltos a pulverizar al país. Una vez establecida esta verdad a su juicio patente, les ha sido fácil justificar todas las medidas destinadas a frustrar a estos enemigos de lo bueno ya cortando rutas en el caso de los piqueteros, ya negándose a ajustar el gasto público en aquel de los gobernadores provinciales. Conforme a su punto de vista, se trata de una batalla heroica, si bien un tanto desigual porque a juzgar por lo que ha ocurrido en los días últimos «los mercados» están triunfando en toda la línea, reaccionando frente a los choques entre piqueteros y gendarmes o entre la Nación y las provincias aumentando todavía más el «riesgo país» y de este modo obligando al gobierno a cambiar de bando para militar al lado de los malos, traición que, claro está, indigna sobremanera a los persuadidos de que nos vemos frente a una variante novedosa pero sumamente siniestra del golpismo tradicional.
Los orígenes de esta forma extraña de interpretar la realidad no constituyen un misterio. Es el resultado de la convergencia de tres corrientes -la católica, la izquierdista y la nacionalista-, las cuales, mezcladas según el gusto de cada uno, han dominado buena parte del pensamiento político y social del país durante toda su historia. Mientras que antes estaban en conflicto, a partir de 1989 forman parte de una alianza ad hoc, de ahí la voluntad de medios de difusión ateos de dar la máxima publicidad a «documentos» eclesiásticos, de obispos de aludir a los méritos de sus archienemigos marxistas y de proteccionistas de intentar aprovechar en beneficio propio cualquier tesis ideológica que encuentren a mano. Sin embargo, lo que parece evidente fronteras adentro resulta incomprensible en otras latitudes, entre ellas las más desarrolladas. Es éste un motivo de la incapacidad manifiesta de los analistas del Primer Mundo para entender lo que está sucediendo en el país. Mal que nos pese, por ser productos de una cultura económica y política distinta, las afirmaciones de los muchos que se oponen a los cambios que servirían para tranquilizar a «los mercados» les parecen meramente emotivas, es decir, irracionales.
Puesto que el capitalismo tal y como se lo practica en los Estados Unidos o Europa occidental -hay diferencias entre las variantes, pero en comparación con lo que preferiría el grueso de los «dirigentes» argentinos son menores- ya domina el planeta y es de prever que continuará haciéndolo durante muchos años más, la Argentina tendrá forzosamente que adaptarse a él o resignarse al destino de todas las sociedades que han elegido el atraso por orgullo o por temor al cambio. Así las cosas, la «resistencia» no puede sino resultar contraproducente. Lejos de mejorar las perspectivas frente al país, las presuntas victorias que se anoten los piqueteros, los gobernantes provinciales que se ufanan de su negativa a manejar con sensatez las cuentas de su jurisdicción y los funcionarios «solidarios» del gobierno nacional, sólo sirven para hacer aún menos promisorio el porvenir de la inmensa mayoría de los habitantes del país. Bien que mal, el objetivo principal de todos los preocupados por «la gente» ha de consistir en congraciarse con los inversores, lo cual les requerirá concentrarse en mejorar la calidad de la mano de obra de todas las localidades y en asegurar que el marco jurídico y político sea equiparable con el existente en los países más ricos. Aunque a los acostumbrados a creerse cruzados en una especie de guerra santa contra «los mercados» dichas tareas no resultarían para nada simpáticas, a menos que las emprendan con vigor sin precedentes el gobierno nacional, las provincias y las municipalidades con la cooperación decidida de los demás, no habrá posibilidad alguna de que el país consiga superar los problemas que lo están abrumando.