La muerte de Nisman y sus efectos políticos: el cadáver de siempre…

La muerte, o mejor dicho el asesinato, ha sido una constante en la historia política argentina. Como desencadenante o punto final de diversos procesos. Y no sólo la muerte, sino el control y manejo del cadáver y su efecto simbólico se han convertido en “asunto de Estado” en distintas épocas, como bien señaló en su momento Tomás Eloy Martínez, quien reflejó como pocos en su literatura la pasión necrofílica argentina.

Redacción

Por Redacción

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Fue en el 2002. Mario Vargas Llosa había vuelto a leer “Evita”, de su amigo Tomás Eloy Martínez. El libro -algo más que literatura- vuelve a calar hondo en el autor de la magistral “Conversación en la Catedral”. Y en “El país” estampa, quizá con dolor, una de las tantas miradas que acumuló sobre un país que lo seduce: Argentina. “Le debo a su literatura introducirme sin complejidades en la necrofilia”, escribió. Semanas después, “Río Negro” llamó a Eloy Martínez, que vivía en EE. UU. “Y sí, los argentinos siempre tenemos cadáveres con historia. Cadáveres con ese extremo, el ocultamiento. El robo del cadáver… El cadáver que parte en dos a la sociedad del cadáver. El cadáver que se venera a entrega total. O el cadáver que se lo viola, se le teme, que alimenta odios. Y que, según quien gane el entrevero, es la gloria. O el desprecio… Siempre un cadáver entre nosotros”, reflexionó Tomás Eloy Martínez.

Y acotó el autor de “La novela de Perón” y de “La pasión según Trelew”:

-Y el poder siempre en la naciente de la violencia que pone el cadáver. Tanto cadáver a la rastra que con cadáveres y violencia política nace la literatura argentina.

Sí, es así. Ese origen se remite a tres libros.

• “Amalia”, la formidable novela de José Mármol. Una sociedad cuya cotidianidad controlada por Rosas y “La Mazorca”. Degolladores de madrugada. Antecedente de los Grupos de Tareas de la ESMA, sentencia José Pablo Feimann. Y con “Amalia”, el primer desaparecido de la historia argentina: el joven Eduardo Belgrano.

• “El Matadero”, de Esteban Echeverría. Con el joven unitario degollado entre risotadas de los despostadores de vacas. Y un siglo después, referenciándose en ese poema, Bioy y Borges en “La fiesta del monstruo” en estéril esfuerzo de querer comparar la violencia rosista con la violencia del primer régimen peronista.

• Y “Facundo”, el colosal aporte sociológico de Sarmiento. Inició sin eufemismos. “Sombra terrible Facundo, vengo a evocarte…”. Cero mediación: “Civilización y barbarie”.

Pero entre ficciones y realidades sobre aquel país atormentado por desencuentro a todo o nada, el unitario y talentoso José María Paz. “Ese ‘Manco’ Paz” de la atrapante novela de Andrés Rivera. Paz, poniendo orden a más y más degüello en cada metro de la siempre políticamente veleidosa Córdoba.

De Dorrego a la dictadura

Y un puñado de años antes, esa “Espada sin cabeza”, según definición de Echeverría sobre Lavalle, fusilando a Manuel Dorrego. Una muerte instigada que abrió paso a la dictadura rosista (tema en estas páginas comentado por el escritor Juan Chaneton).

¿Y el Plan de Operaciones de Mariano Moreno en el temprano 1810? ¿Qué era sino un manual de procedimiento de control social de aquel país todavía sin nombre, manual cuya lectura remite a lo protostalinista?

Claro, con un ideal más generoso que el ideario del georgiano: consolidar Mayo. Pero para consolidarlo, el plan proponía parecerse a lo peor en materia de aquel ideario de libertad.

O de derechos humanos, se reflexionaría hoy.

Y aunque peque de arbitrario por todo lo que deja de lado, un salto en este rastrillar de poder político y muerte.

En el porteño barrio porteño de “Abasto”, en su generosamente amplio y desordenado espacio, un hombre pasa sus días leyendo. Reflexionando. Está empequeñecido por su inmenso vagón de años. Cerca suyo guarda una caja de cartón rústico.

-Acá están -le dijo tiempo atrás a este diario-. Cada vez que asume un nuevo presidente del Partido Radical, le envío una carta. Ya tengo un modelo de carta, sólo cambio el nombre del destinatario. Y siempre les hago la misma pregunta: “¿El Comité Nacional que preside investigará las responsabilidades del presidente Yrigoyen y del Partido Radical vía sus representaciones en el Congreso de la Nación de aquel tiempo, en los asesinatos de cientos de obreros en la Patagonia y en la Semana Trágica, para este caso muchos de ellos judíos?” ¡Nunca me contestan! ¡Minga me van a contestar!… ¡Hipócritas, tienen las manos llenas de sangre! -dice Osvaldo Bayer y al sonreír se le achican los ojos ya achinados de tanta historia vivida e investigada…

Y siempre en este rastrillar, el peronismo. El original, en todo caso. Con la violencia discursiva que lo definió desde su parto. Con la práctica violenta con que se ganó espacio. Con el 5 por uno, con los rollos de alambre listos para ahorcar a opositores.

Con aquel médico rosarino comunista -Ingallinela-, detenido. Torturado. Desaparecido a semanas que la Libertadora pusiera en fuga a Perón. Una muerte que se hunde en la historia signada por una liviana detención de los asesinos: policías…

Y está claro, la Libertadora. No sólo con el peso de gestores asesinando a más de 300 inocentes en el bombardeo de Plaza de Mayo en junio de aquel terrible 55. El año de dos países mirándose a cara de perro, como la España del ‘36.

Sino la que llegó con Aramburu y Rojas. La Libertadora que echó a Ernesto Sabato de su programa en una radio oficial cuando tras la masacre de León Suárez denunció que la Libertadora torturaba a peronistas detenidos en la Penitenciaría Nacional de Av. La Heras.

La Libertadora, cuyos agentes de la SIDE y el SIE (Servicio de Informaciones del Ejército) asesinaron al abogado Satanowsky a balazos disparados por un tal Pérez Gris. El abogado se negaba a entregarles un inmenso paquete de acciones del diario “La Razón” que tenía en su poder. Un asesinato que la Justicia mandó a vía muerta,

Pero que muchos años después puso en claro Rodolfo Walsh en impecable investigación.

Y huelga aquí reflexionar sobre la sangre y muerte que en nombre del Estado generó el partido cívico-militar bajo el formato de dictadura.

Cadáveres y más cadáveres. Poder político e impunidad. Historia con huella escalofriante cuando se la recorre…

Ahora, Alberto Nisman en esa huella…

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

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