“La muerte de un escritor”
Toda muerte de un escritor impulsa naturalmente un repaso de su obra literaria. Si es un gran escritor, la ocasión redobla la apuesta. Gabriel García Márquez fue uno de los más importantes escritores del siglo XX, siglo que lo definió y del que no pudo escapar, al punto tal que entrado el XXI casi dejó de escribir. De una vasta obra –más de 40 libros publicados, innumerables artículos de exquisitez periodística–, una revisión de sus escritos no deja de ser tan ardua como apasionante, ya que su estilo literario como sus fantasiosos relatos impiden una neutralidad en cualquier lector. Pero “puesto a elegir” aparece en esta oportunidad una joya del discurso literario como es el pronunciado en la aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1982, y de tal modo que tres décadas después sigue tan vital como vigente. Su discurso refleja un relato inmenso, descomunal e impiadoso de pasajes de nuestra América Ibérica pero donde, además, le endilga a la civilizada Europa (la Suecia de los Nobel, entre otros) la imposibilidad de medir a Latinoamérica con la misma vara con que se forjara tras más de 20 siglos de construcción histórica del Viejo Mundo. Siglos que por otra parte no son precisamente un canto de humanismo pletórico. Este discurso no es contemplativo con la propia historia de hispanoamérica, como tampoco admite los parámetros del juzgamiento del llamado racionalismo occidental. Como en un tango rioplatense, afirmó que en nuestra realidad americana “poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestras vidas. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.” Una definición política y a la vez literaria sobre el material de sus escritos: la exhuberancia de esta tierra, enmarcada en ese realismo mágico que definieran Uslar Pietri y Alejo Carpentier. Un discurso donde García Márquez rescata a la poesía como la única prueba concreta de la existencia del hombre. Y donde nos lega poéticamente a los latinoamericanos una nueva y arrasadora utopía de vida, “donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre, una segunda oportunidad sobre la tierra”. Gracias, Gabo. Te vamos a extrañar. Juan L. Gardes, DNI 8.002.229 Viedma
Juan L. Gardes, DNI 8.002.229 Viedma
Toda muerte de un escritor impulsa naturalmente un repaso de su obra literaria. Si es un gran escritor, la ocasión redobla la apuesta. Gabriel García Márquez fue uno de los más importantes escritores del siglo XX, siglo que lo definió y del que no pudo escapar, al punto tal que entrado el XXI casi dejó de escribir. De una vasta obra –más de 40 libros publicados, innumerables artículos de exquisitez periodística–, una revisión de sus escritos no deja de ser tan ardua como apasionante, ya que su estilo literario como sus fantasiosos relatos impiden una neutralidad en cualquier lector. Pero “puesto a elegir” aparece en esta oportunidad una joya del discurso literario como es el pronunciado en la aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1982, y de tal modo que tres décadas después sigue tan vital como vigente. Su discurso refleja un relato inmenso, descomunal e impiadoso de pasajes de nuestra América Ibérica pero donde, además, le endilga a la civilizada Europa (la Suecia de los Nobel, entre otros) la imposibilidad de medir a Latinoamérica con la misma vara con que se forjara tras más de 20 siglos de construcción histórica del Viejo Mundo. Siglos que por otra parte no son precisamente un canto de humanismo pletórico. Este discurso no es contemplativo con la propia historia de hispanoamérica, como tampoco admite los parámetros del juzgamiento del llamado racionalismo occidental. Como en un tango rioplatense, afirmó que en nuestra realidad americana “poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestras vidas. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.” Una definición política y a la vez literaria sobre el material de sus escritos: la exhuberancia de esta tierra, enmarcada en ese realismo mágico que definieran Uslar Pietri y Alejo Carpentier. Un discurso donde García Márquez rescata a la poesía como la única prueba concreta de la existencia del hombre. Y donde nos lega poéticamente a los latinoamericanos una nueva y arrasadora utopía de vida, “donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre, una segunda oportunidad sobre la tierra”. Gracias, Gabo. Te vamos a extrañar. Juan L. Gardes, DNI 8.002.229 Viedma
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